miércoles, 17 de julio de 2013

Capítulo 49

Esa noche, Peter, sentado a la mesa de madera, intentaba calentarse las manos sujetando una taza de té. El fuego que ardía en la chimenea bañaba el interior de la cabaña con una suave claridad. Paula aún no había despertado, pero su respiración se mantenía regular y no mostraba señales de fiebre. Rose dormía en el camastro del otro rincón, con Federico y María arrodillados junto a ella, hablando entre sí en voz baja.

Mientras tomaba un sorbo de té, Peter observó a María. Era una mujer menuda, muy bonita, de cabello rubio y grandes ojos color avellana. Daba la impresión de ser una persona competente y discreta. Peter reparó en que tenía callos en las manos y trajinaba por la casa con la agilidad de una mujer acostumbrada a las labores domésticas. Evidentemente no era una dama adinerada ni de alcurnia.

Vio a su hermano acariciar con delicadeza la magulladura que María tenía en la mejilla; Federico tenía los labios tan apretados que habían quedado reducidos a una delgada línea. María le atrapó la mano y le plantó un beso amoroso en la palma. El brillo de amor en sus ojos era inconfundible.

Federico ayudó a María a tumbarse junto a Rose y, cuando vio que estaba cómoda, él fue a sentarse a la mesa frente a Peter. Éste miró a su hermano, fijándose en su cojera pronunciada y en los cambios que había sufrido su aspecto. Tenía la cara más delgada, y unas arrugas profundas le enmarcaban la boca y le surcaban la frente. No vio en ese hombre tan serio el menor rastro del muchacho travieso que había conocido, y se le encogió el corazón al pensar en todas las vicisitudes que sin duda había padecido. Peter tenía tanto que decir, tantas preguntas que hacer, que no sabía por dónde empezar. Carraspeó y dijo al fin:
-Peter: Rose se te parece mucho.
-Federico: Sí, es verdad.
-Peter: ¿Cuántos años tiene?
-Federico: Dos —lo miró directamente a los ojos— Tu mujer le ha salvado la vida. Siempre estaré en deuda con ella por eso.
-Peter: Y tu mujer ha contribuido a salvarle la vida a Paula. Siempre estaré en deuda con ella por eso —se inclinó sobre la mesa para apretarle los antebrazos y se sintió gratificado al ver que su hermano correspondía a su gesto— No puedo creer que esté sentado aquí delante de ti, hablando contigo. No puedo creer que estés vivo. Dios mío, madre, Martín y Luciana se pondrán...
-Federico: ¿Cómo están?
-Peter: Bien. Se llevarán una enorme sorpresa... y se pondrán eufóricos cuando te vean —Respiró hondo— Oí a Gaspard hablar con Paula y yo mismo hablé con él, así que ya sé más o menos lo que ocurrió, pero ¿por qué nos has hecho creer todo este tiempo que estabas muerto?
-Federico: No me quedaba otro remedio. No podía arriesgarme a que Gaspard encontrase a María y a Rose. Ponerme en contacto contigo, dar señales de vida, habría entrañado un gran riesgo para mí y para ellas. Y también habría significado ponerte en peligro a ti y a la familia.
-Peter: Unos soldados de tu regimiento declararon haberte visto caer en la batalla.
-Federico: Y es verdad que caí. Una bala alcanzó a mi caballo y los dos nos vinimos abajo, pero, a diferencia de muchos otros, mi montura no me aplastó bajo su peso. Después de la batalla de Waterloo reinaba una gran confusión, con miles de soldados muertos y heridos desperdigados por doquier. Logré liberarme y deslicé mi reloj bajo el cadáver de un soldado muerto, un soldado que sabía que nadie identificaría.
Dio un apretón a los brazos de Peter y luego se reclinó en la silla.
-Federico: Volví a casa con María y Rose —prosiguió— Sabía que Gaspard estaría buscándolas para vengarse de mi traición... si es que había sobrevivido. Tuvimos que ocultarnos mientras yo averiguaba si estaba vivo o no. Pronto descubrí que lo estaba.
-Peter: ¿Cómo conociste a María?
-Federico: Me salvó la vida dos años atrás. Me habían clavado una bayoneta en la pierna. Lo siguiente que recuerdo es que cuando recobré el sentido tenía ante mí los ojos más bondadosos y amables que jamás hubiese visto. Ella me explicó que me había encontrado en el bosque, a unos tres kilómetros del escenario de la batalla. Supongo que me arrastré hasta allí, aunque no recuerdo haberlo hecho. Ella me cuidó hasta que me recuperé.
-Peter: ¿Por qué ayudó a un soldado británico?
-Federico: Me contó que su hermano menor acababa de morir en la guerra y que, aunque yo era inglés, no quería que nadie más sufriera la pérdida de un ser amado ni quería tampoco que mi muerte pesara sobre su conciencia. Decidió hacer lo posible por ayudarme a restablecerme, y luego dejarme marchar —Enlazó las manos sobre la mesa y continuó— No teníamos la menor intención de enamorarnos, pero ocurrió. Después de dos semanas yo estaba lo bastante repuesto para reincorporarme a mi regimiento, pero no fui capaz de dejarla. Se negaba a casarse conmigo, pues temía que tener una esposa francesa me pondría en peligro, pero yo me empeciné. Viajamos hasta un pueblo que quedaba a varias horas de camino y nos casamos allí. Después de eso, me establecí en otra localidad, con un nombre falso. Quería alejarla de Gaspard, cuyo odio enfermizo a los británicos se había convertido en una manía peligrosa después de la muerte de Julien. La necesidad de mantener a María a salvo se volvió aún más crucial para mí cuando supe que estaba embarazada —Miró durante unos segundos a su mujer e hija, que dormían plácidamente— Gaspard encontró la iglesia donde nos casamos y salió en mi busca. Quería matarme, y después localizar a María y acabar con ella también. Logré convencerlo de que había abrazado la causa francesa, pues, después de todo, mi esposa lo era. ¿Cómo iba a ser fiel a Inglaterra? Para probarle mi lealtad, le prometí conseguir armas para él y para sus hombres.
-Peter: Y eso es lo que estabas haciendo aquella noche en el muelle —dijo— Pero las armas eran defectuosas.
-Federico: Sí, salvo las que había colocado encima del todo en cada caja, por si se le ocurría probarlas, cosa que hizo —Se pasó las manos por la cara— Cuando te vi allí me entró el pánico. No podía explicarte la situación, ni dejar que Gaspard te viese; nuestra vida estaba en juego.
-Peter: Quiero que sepas cuánto me arrepiento del modo en que me comporté ese día, Federico. Te taché de traidor y renegué de ti como hermano...
-Federico: No podías saberlo, Peter.
-Peter: Hubiera debido confiar en ti, saber que tú nunca traicionarías a tu patria.
-Federico: Creíste lo que yo quise que creyeras. Podría haberte revelado qué estaba ocurriendo en realidad, pero no quise arriesgarme a que alguien me oyese o te interrogase después. Yo habría dicho cualquier cosa, te juro que cualquier cosa, con tal de proteger a María y Rose, aunque ello significara fingir ante mi hermano que yo era un traidor.
Peter posó la vista en Paula. Sí, él podía entender que el amor llegase a ser tan profundo.
-Federico: Siento que por mi culpa, tú, madre, Martín y Lu pasaran este último año de luto —murmuró— pero mientras no me ocupase de Gaspard no podía arriesgarme a regresar con la familia. Al matarlo me has liberado.
Peter se estremeció.
-Peter: Ese bastardo casi acaba con mi mujer —declaró— Lo mataría de nuevo si pudiera.
-Federico: Tu esposa es muy valiente. ¿Llevan mucho tiempo casados?
-Peter: No, pero ella me ha cambiado la vida por completo —Levantó los ojos hacia Federico y ambos intercambiaron una mirada de comprensión— Lo entiendes, ¿verdad?
-Federico: Perfectamente. María ha cambiado la mía.
Guardaron silencio durante unos segundos, y entonces Peter dijo:
-Peter: La noche que conocí a Paula me dijo que estabas vivo. Pero no la creí.
Federico frunció el entrecejo.
-Federico: ¿Cómo demonios sabía que estaba vivo?

Peter contempló el catre junto al fuego en el que yacía la mujer que le había robado el corazón y el alma. No tenía intención de restarle mérito a todo lo que Paula había hecho por él y su familia manteniendo en secreto su don de clarividencia... Porque eso es lo que era: un don. Se volvió de nuevo hacia Federico y le contó lo verdaderamente extraordinaria que era su esposa.
Cuando hubo terminado, Federico sencillamente se quedó mirándolo.
-Federico: Eso es increíble.
Una vez más, la mirada de Peter se desvió hacia Paula.
-Peter: Sí, hermano, la has descrito perfectamente. Mi mujer es increíble.

Y en cuanto ella volviese en sí, él se dedicaría a convencerla de que lo era.

Y de que su sitio estaba junto a él.

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