Ahora sabía cómo se llamaba su enemigo. Y dónde vivía. Sabía dónde encontrar las respuestas que buscaba. Y esperaba con toda su alma que esas respuestas lo llevasen hasta Federico.
«Voy a por ti, desgraciado.»
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Cuando Peter entró en su casa, encontró a Paula caminando impaciente de un lado a otro del vestíbulo. La joven se detuvo nada más verlo y lo miró de arriba abajo como para cerciorarse de que seguía entero.
-Peter: Estoy bien —dijo, entregándole su sombrero a Jasper.
Ella exhaló un suspiro de alivio. Dirigió la vista al mayordomo y luego la posó de nuevo en su marido.
-Paula: ¿Podemos hablar en privado?
Peter titubeó. Dios sabía que no quería estar a solas con ella, pero desde luego no podía relatarle su encuentro con el marinero allí en el vestíbulo. Indicándole con un movimiento de cabeza que lo siguiese, echó a andar por el pasillo hacia su estudio particular. Una vez dentro cerró la puerta, y el silencio los rodeó de inmediato.
Ella estaba de pie en el centro de la habitación, con las manos enlazadas y los ojos clavados en él. Un montón de recuerdos se arremolinaron en la mente de Peter. Paula sonriéndole. Paula con los brazos abiertos para él. Alzando la cara para besarlo. Acostada debajo de él, trémula de deseo. Dormida entre sus brazos. Intentó ahuyentar esas imágenes, pero volvían a asaltarlo, a desarmarlo con su implacable nitidez. Bajó la vista a la alfombra que se extendía bajo sus pies. Habían hecho el amor justo en el lugar donde ella se encontraba ahora, la noche que él le había enseñado a bailar el vals y le había mostrado dónde había colgado el retrato que ella le había dibujado.
Se obligó a mirar ese espacio, ahora vacío, en la pared revestida de madera, delante de su escritorio. Había retirado el bosquejo porque no soportaba verlo, pues le hacía revivir mil recuerdos cada vez que entraba en el estudio. Cuando devolvió su atención a Paula, advirtió que ella tenía la mirada fija en el hueco que había dejado su esbozo en la pared. Le pareció percibir un destello de dolor en sus ojos, pero se esforzó por no dejarse enternecer. Ella había hecho su elección. Y no lo había escogido a él.
-Peter: ¿Querías hablar conmigo en privado? —preguntó.
Ella apartó la vista de la pared y la posó en él, con una expresión tan serena que lo sacó de quicio.
-Paula: ¿Qué ha ocurrido en el muelle?
-Peter: Ah, ¿es que no lo sabes? —dijo él arqueando una ceja.
Ella palideció al oír esta pregunta sarcástica, y negó con la cabeza.
-Paula: Percibo que has encontrado las respuestas que buscabas, pero eso es todo.
Con la esperanza de que una copa aliviaría la tensión que le agarrotaba los hombros, Peter se acercó a la mesita donde estaban los frascos de licor. Después de tomar un buen trago de brandy, le comunicó la información que le había dado el marinero. Ella escuchó con atención, con el entrecejo fruncido debido a la concentración.
-Paula: Supongo que ahora estarás planeando viajar a Francia —dijo cuando él hubo terminado.
-Peter: Así es. De hecho, si me disculpas, debo pedirle a Jasper que haga mi maleta.
-Paula: ¿Partirás pronto?
-Peter: De inmediato. El viaje a Dover me llevará al menos cinco horas. Quiero embarcar en el buque que zarpará con la marea alta de la mañana.
Se quedó quieto, incapaz de apartar la vista de ella, consciente de que no podría marcharse sin antes decirle algo.
-Peter: Paula —Tosió para aclararse la garganta— Te estoy muy agradecido por ayudarme a encontrar a Gaspard. Siempre estaré en deuda contigo. Gracias.
-Paula: De nada —Paula contempló su hermoso y adusto rostro, y el corazón se le rompió en mil pedazos. Dios, cuánto lo amaba— Yo... haría cualquier cosa por ti.
Estas palabras se le escaparon casi sin darse cuenta, pero se encogió al ver que el atisbo de expresión cariñosa en el semblante de Peter cedía el paso a la frialdad.
-Peter: ¿Cualquier cosa? —El soltó una carcajada desprovista de humor— Si no fuera una mentira tan descarada, tal vez me resultaría divertido.
Se acercó a la puerta y la abrió. Vaciló, intentando decidir si añadir algo más, pero al cabo de unos segundos salió al pasillo y cerró la puerta tras sí.
Paula respiró profundamente y se llevó las manos al estómago, que tenía revuelto. Estaba claro que su marido pensaba que ya no tenía más asuntos que tratar con ella. Alzó la barbilla con determinación. Estaba claro que su marido no sabía toda la verdad.
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Peter salió a grandes zancadas de la casa, felicitándose en su fuero interno por marcharse tan deprisa. Había garabateado unas notas a su madre y a Nan, informándoles de que unos asuntos reclamaban su atención en Francia. Le remordía la conciencia por el modo en que había dejado a Paula, pero no tenía elección. Si se hubiese quedado en el estudio con ella un segundo más, habría dicho o hecho algo de lo que se habría arrepentido, como postrarse de rodillas y suplicarle que lo amara.
Soltó un gruñido de impaciencia y se obligó a desechar esos pensamientos. Tenía que concentrarse en el asunto que traía entre manos: viajar a Francia, encontrar a Gaspard y, con un poco de suerte, también a Federico. Tenía que dejar de pensar en Paula.
El criado le abrió la portezuela del carruaje. Peter puso un pie dentro y se quedó helado.
Paula, ataviada con su traje de viaje azul verdoso, estaba sentada dentro del coche.
-Peter: ¿Qué demonios haces aquí? —preguntó.
Ella enarcó las cejas.
-Paula: Estaba esperándote.
-Peter: Si quieres hablar conmigo tendrás que esperar a que vuelva. Tengo que irme ahora mismo.
-Paula: Lo sé. Y cuanto antes te acomodes en el asiento, antes nos pondremos en marcha.
-Peter: ¿«Nos»? —Una risotada de incredulidad escapó de sus labios— «Nosotros» no vamos a ninguna parte.
Ella lo miró con gesto desafiante.
-Paula: Lamento discrepar. «Nosotros» vamos a Francia.
La ira se adueñó de él. Con un gesto seco de la cabeza despidió al criado. Después se inclinó hacia el interior del carruaje y dijo con una voz tensa pero controlada:
-Peter: El único sitio al que tú vas a ir es a la casa. Ahora mismo.
-Paula: ¿De verdad crees que es lo más conveniente?
-Peter: Sí.
Ella asintió con la cabeza, pensativa.
-Paula: Me parece una terrible pérdida de tiempo. Piénsalo: si me obligas a salir del coche te retrasarás más aún descargando mi equipaje. Y entonces yo tendré que agenciarme otro medio de transporte para ir a Dover.
Peter apretó los labios hasta que quedaron reducidos a una línea muy fina.
-Peter: No harás nada por el estilo.
La determinación relampagueó en los ojos de Paula.
-Paula: Claro que lo haré.
-Peter: Y un cuerno. Te lo prohíbo.
-Paula: Iré de todas maneras.
-Peter: Paula —dijo, conteniendo a duras penas una palabrota— tú no vas...
-Paula: ¿Cómo está tu francés?
Peter se quedó desconcertado.
-Peter: ¿Mi francés?
-Paula: Según Lu, entiendes el idioma, pero no lo hablas de forma inteligible.
Aunque mentalmente dedicó a su hermana un par de lindezas, no podía negar que esas palabras eran ciertas. Su francés era lamentable.
-Peter: Y ahora me dirás que tú lo hablas con fluidez, ¿no? —comentó con sarcasmo.
Ella le dirigió una sonrisa radiante.
-Paula: Oui. Naturellement.
-Peter: ¿Y quién te enseñó?
-Paula: Mi madre, estudió el idioma como todas las damas de Inglaterra —Su sonrisa se desvaneció, y una expresión a la vez implorante y decidida asomó a sus ojos— Por favor, entiéndelo. No puedo dejar que te marches solo. Prometí ayudarte y eso es lo que haré. Si rehúsas llevarme contigo, me veré obligada a viajar a Dover por mi cuenta.
Por el ángulo de su barbilla y la determinación de su mirada, Peter concluyó que ella cumpliría su amenaza a menos que él la atara a una silla. Y aunque lo hiciese, no le cabía la menor duda de que Martín, Hernán, Luciana o incluso su propia madre la desatarían. Maldición, seguro que la familia entera la acompañaría a Francia.
Consciente de su derrota, aunque no le gustaba un pelo, subió al carruaje. Sin esperar al criado, cerró de un portazo y le indicó al cochero que se pusiera en camino.
cuando tendremos maraton?? me encanta!
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