martes, 30 de julio de 2013

Capítulo 4

Abrió la boca para decírselo, se cruzó de brazos para darle a entender que no tenía ninguna intención de cambiar de idea, pero Brian le puso la mano en el hombro y le hizo un gesto para que fuera con él un poco más allá y que Pedro no los escuchara.


–Señorita Chaves. Paula –le dijo–. Piénsalo, por favor. Sé que el señor Alfonso es tu ex esposo, aunque cuando organicé la reunión de hoy no tenía ni idea. Jamás le habría pedido que viniera si lo hubiese sabido, pero quiere invertir en La Cabaña de Azúcar, quiere ser tu asesor financiero. Y tengo que aconsejarte que consideres seriamente su oferta. Ahora te va bien. La panadería está funcionando sola, pero no podrás avanzar ni expandir el negocio sin capital externo, y si tuvieras una mala temporada, hasta podría ser el fin.

Paula no quería escucharlo, no quería creer que Brian tenía razón, pero, en el fondo, sabía que era así. Miró por encima de su hombro para asegurarse de que Pedro no los podía oír.

–No sólo está en juego la panadería, Brian. Lo dejaré entrar. Hablen ustedes, pero sea cual sea el acuerdo al que lleguen, no puedo prometerte que vaya a aceptarlo. Lo siento.

Brian no parecía demasiado contento, pero asintió.

Luego volvió a acercarse a Pedro y le informó de la decisión de Paula antes de decirle que podían entrar en la panadería. Al acercarse, el aire olía deliciosamente, a pan y pasteles. Como siempre, a Paula le rugió el estómago y se le hizo la boca agua, y le apeteció comerse un rollito de canela o un plato de galletas de chocolate. Ése debía de ser el motivo por el que todavía no había recuperado su peso desde que había tenido al bebé.
En la puerta, Paula se detuvo de repente y se giró hacia ellos.

–Esperen aquí –les pidió–. Tengo que contarle a mi tía que están aquí y el motivo. Nunca le caíste demasiado bien –añadió, mirando a Pedro–, así que no te sorprendas si se niega a salir a saludarte.
Él sonrió irónico.

–Esconderé los cuernos y el rabo si me cruzo con ella.
Paula no se molestó en contestarle. En su lugar, se dio la vuelta y entró a la panadería.

Saludó con una sonrisa a los clientes que estaban tomando café, chocolate y disfrutando de los pasteles, y se apresuró en entrar en la cocina. Como siempre, Helena iba y venía de un lado al otro, sin parar. Tenía setenta años, pero la energía de una veinteañera. Se levantaba todos los días al amanecer y siempre se ponía a trabajar inmediatamente.

Paula era una buena panadera, pero sabía que no estaba a la altura de su tía. Helena, además de preparar pan y pasteles, ayudaba a su esposo en la barra y cuidaba de Benja, así que Paula no sabía qué habría hecho sin ella.

Helena escuchó la puerta de la cocina abrirse y supo que había llegado.

–Volviste –le dijo, sin levantar la mirada de las galletas que estaba preparando.

–Sí, pero tenemos un problema –le anunció Paula.
Al escuchar eso, Helena levantó la cabeza.

–¿No has conseguido el dinero? –le preguntó decepcionada.
Paula negó con la cabeza.

–Algo peor. El inversor de Brian es Pedro.
A Helena se le cayó el recipiente que tenía en la mano.

–¿Es una broma? –le dijo con voz temblorosa. Paula negó con la cabeza y fue hacia donde estaba su tía.

–Por desgracia, no lo es. Pedro está afuera, esperando a que le enseñe la panadería, así que necesito que subas a Benja y te quedes allí con él hasta que te avise.
Le desató el delantal a su tía, que se lo quitó por la cabeza y después se llevó las manos a la cabeza para asegurarse de que iba bien peinada.

Paula se dirigió a la puerta, deteniéndose sólo un momento a ver a su adorable hijo, que estaba en su moisés, intentando meterse los dedos de los pies en la boca. Benja sonrió de oreja a oreja al verla y empezó a hacer sonidos. Y Paula sintió tanto amor por él que se quedó sin respiración.

Lo cargó y deseó tener tiempo para jugar un poco con él. Le encantaba la panadería, pero Benjamín era su mayor orgullo y alegría. Sus momentos favoritos del día eran los que pasaba a solas con él, alimentándolo, bañándolo o haciéndolo reír.

–Hasta luego, cariño –le susurró y besó su cabeza.

Volvería con él en cuanto se deshiciera de Pedro y de Brian. Luego se giró hacia su tía, que estaba detrás de ella, y le dio al bebé.

–Apúrate –le dijo–. E intenta que esté callado. Si se pone a llorar, enciende la televisión o la radio. Me desharé de ellos en cuanto pueda.

–Está bien, pero revisa los hornos. Las galletas en espiral estarán listas en cinco minutos. Y las tortas de nueces y la pie de limón tardarán un poco más. He puesto las alarmas.

Paula asintió y, mientras su tía subía con Benjamín, ella empujó la cunita para meterla en el almacén que tenían en la parte trasera y lo tapó con un mantel azul y amarillo.

Luego salió del almacén y miró a su alrededor, para comprobar que no quedara nada que pusiera en evidencia la presencia de Benja. Había un sonajero, pero diría que un cliente se lo había olvidado. Y, con respecto a los pañales, podría explicar que los tenía allí porque a veces cuidaba al bebé de una amiga.
Sí, sonaba creíble.

Utilizó un paño húmedo para limpiar la encimera en la que había estado trabajando su tía y sacó las galletas en espiral del horno, para que no se quemen. El resto lo dejó como lo había encontrado. Luego volvió a empujar las puertas dobles de la cocina y… se encontró cara a cara con Pedro.

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Me imagino sus caras cuando dejo picando el final jajajajajajajaja hoy les dejo dos capítulos porque el primero fue muy cortito, espero sus comentarios.
Gracias!

2 comentarios:

  1. No lo podes dejar asiiiiiiii! NO NO NO!! Espero el proximo!! :)

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  2. noooooo.. xq nos dejas con esta intriga???? jajaja me encantaron!

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