Aquello era tener tan mala suerte como que el avión que te llevara de luna de miel se cayese por el camino o que te atropellase un autobús después de que te hubiese tocado la lotería.
Qué ironía…
Soltó una carcajada y por fin dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde hacía unos minutos.
Estaba recién divorciada de un hombre que le había parecido el hombre de sus sueños, en un hotel del centro de Pittsburgh porque no sabía qué hacer con su vida después de que la hubiesen dejado tirada. Y, por si fuese poco, estaba embarazada.
Embarazada. De su exmarido, después de no haber conseguido tener un hijo con él en los tres años que habían estado casados, a pesar de haberlo intentado… o, al menos, de no haber intentado evitarlo.
¿Qué iba a hacer?
Se puso de pie, fue con piernas temblorosas hasta el escritorio que había en la otra punta de la habitación y se dejó caer en la silla. Le tembló la mano al dejar el test de embarazo encima de la mesa para tomar el teléfono.
Respiró hondo y se dijo a sí misma que podía hacerlo.
Se dijo que era lo que debía hacer, reaccionase como reaccionase él.
No era un intento de volver a estar juntos. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo, ni aunque fuese a tener un bebé, pero él se merecía saber que iba a ser padre.
Marcó el número de teléfono sabiendo que sería su secretario quien respondiese. Tomás Silva nunca le había caído bien. Era un hombre rastrero y adulador, que a ella la había tratado siempre como si fuese un fastidio, y no la mujer del director general de una empresa multimillonaria y de su jefe. Tomás respondió al primer tono con su voz chillona.
–Alfonso Corporation, despacho del señor Pedro Alfonso. ¿En qué puedo ayudarlo?
–Soy Paula –le dijo ella sin más preámbulos, la conocía de sobra–. Necesito hablar con Pedro.
–Lo siento, señorita Chaves, el señor Alfonso no está disponible.
A Paula le chocó que la llamase por su apellido de soltera, y que utilizase la palabra señorita. Seguro que lo había hecho a propósito.
–Es importante –le contestó, sin molestarse en corregirlo o discutir con él.
–Lo siento –insistió Silva–, pero el señor Alfonso me ha pedido que le diga que no tiene nada de qué hablar con usted. Que tenga un buen día.
Y luego colgó, dejando a Paula boquiabierta.
Sabía que Pedro estaba enfadado con ella. Su separación no había sido precisamente amistosa, pero jamás habría esperado que la tratase con tanta dureza.
En el pasado la había querido, ¿o no? Ella estaba segura de haberlo querido a él. Y aun así habían llegado a aquello, a ser como dos extraños, incapaces de hablarse de manera civilizada.
Pero eso respondía a la pregunta de qué iba a hacer.
Iba a ser madre soltera, y sin el dinero y el apoyo de Pedro, que no habría aceptado aunque no hubiese firmado el acuerdo prenupcial. Así que iba a tener que cuidar de sí misma, y del bebé, sola.
Un año después…
Pedro Alfonso agarró con fuerza el cuero caliente del volante de su Mercedes negro para tomar las curvas de entrada a Summerville. Iba más rápido de lo debido.
Summerville era un pequeño pueblo de Pensilvania que estaba sólo a tres horas de su casa, en Pittsburgh, pero era como si estuviesen en dos planetas distintos.
Pittsburgh era todo asfalto y luces de neón, mientras que Summerville era todo bosques, praderas, casas pintorescas y una pequeña zona comercial.
Redujo la velocidad y observó los escaparates al pasar.
Una farmacia, una oficina de correos, un bar restaurante, una tienda de regalos… y una panadería.
Levantó el pie del acelerador y redujo la velocidad todavía más para estudiar la marquesina amarilla chillona y las letras negras que decían: La Cabaña de Azúcar. El cartel luminoso de color rojo anunciaba que estaba abierta… y en su interior había varios clientes, disfrutando de las facturas recién hechas.
Le apetecía entrar, algo muy importante en el sector alimenticio. Hasta se sintió tentado a bajar la ventanilla para ver si el aire olía a delicioso pan, a galletas y a pasteles.
Pero para que un negocio funcionase hacía falta algo más que un nombre gracioso y un bonito escaparate, y si él iba a invertir en La Cabaña de Azúcar, antes tenía que saber que merecía la pena.
Al llegar a la esquina giró a la izquierda y continuó por una calle lateral, siguiendo las indicaciones que le habían dado para llegar a las oficinas de Blake and Fetzer, asesores financieros. Ya había trabajado antes con Brian Blake, aunque nunca había invertido tan lejos de su casa ni tan cerca de las oficinas de Blake. No obstante, el hombre nunca lo había asesorado mal, por eso había accedido a hacer el viaje.
Unos pocos metros por delante de él vio a una mujer sola, subida a unos tacones y andando con dificultad por la acera. También parecía distraída, buscando algo en su enorme bolso, sin mirar por donde andaba.
Pedro se sintió incómodo. Le recordaba a su exmujer.
Aunque aquélla era más curvilínea, tenía el pelo más corto. Pero su manera de andar y de ir vestida era parecida. Vestía una camisa blanca y una falda negra con una raja en la parte trasera que dejaba ver sus largas y bonitas piernas. No llevaba chaqueta ni accesorios, lo que también se ceñía al estilo de Paula.
Pedro volvió a fijar la vista en la carretera e intentó contener la emoción.
¿Era culpa? ¿Pesar? ¿O era simple sentimentalismo? No estaba seguro y prefería no darle más vueltas.
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¡¡¡¡ Ganó "Sin dejar de Amar" !!!!
Después de esta novela subo "Rosas Rojas" y después de esa "Propuesta Arriesgada" obvio que esto quedó por orden de sus votos, que me sorprendieron por ser tantos :)
Avísenme si quieren que les avise por twitter. Soy @Love_Pauliter. Gracias!
GENIAL!! ME ENCANTO!!!
ResponderEliminarQue linda nove!
ResponderEliminarMe encantaaaaaaaaaaa!!
ResponderEliminarYa te digo que me encanta!!!!!!
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