miércoles, 31 de julio de 2013

Capítulo 5

Pedro abrió los brazos para agarrar a Paula, que había salido rápidamente por las puertas de la cocina y había ido a aterrizar a su pecho. No fue un golpe fuerte, pero lo tomó desprevenido. Cuando la tuvo agarrada, con su cuerpo pegado al de él, no quiso dejarla ir.

Estaba más rellena de lo que él recordaba, pero seguía oliendo a fresas y a vainilla, así que debía de seguir usando su shampoo favorito. Y a pesar de haberse cortado el pelo a la altura de los hombros, seguía teniendo el pelo suave como la seda.

Estuvo a punto de levantar la mano para acariciarlo, con los ojos clavados en los de ella, pero se contuvo. La soltó e inmediatamente extrañó su calor.

–Te dije he dicho que esperases afuera –comentó ella, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua. Y acomodándose la ajustada camisa.

Pedro pensó que, tratándose de su exmujer, no debería fijarse en esas cosas. Aunque, al fin y al cabo, estaba divorciado, no muerto.

–Has tardado mucho. Además, es un establecimiento público. El cartel de la puerta dice que está abierto. Así que, si tanto te molesto, considérame un cliente.
Pedro se metió una mano en el bolsillo y sacó un par de billetes.

–Quiero un café solo y algo dulce. Lo que tú elijas.
Ella frunció el ceño y lo miró con desdén.

–Te he dicho que no quería tu dinero –le advirtió.

–Como quieras –respondió él, metiéndose el dinero otra vez en el bolsillo–. ¿Por qué no me muestras la panadería? Que me haga una idea de lo que haces aquí, de cómo empezaste y cómo están tus cuentas.
Paula resopló.

–¿Dónde está Brian? –le preguntó, mirando hacia la puerta del establecimiento.

–Le dije que vuelva a su despacho –respondió Pedro–. Dado que ya conoce tu negocio, no creo que necesite estar aquí. Pasaré a verlo, o lo llamaré, cuando hayamos terminado.
Paula frunció el ceño otra vez y lo miró, aunque no a los ojos.
–¿Qué pasa? –le preguntó él en tono de broma–. ¿Te da miedo estar a solas conmigo, Pau?
Ella frunció el ceño todavía más.

–Por supuesto que no –respondió, cruzándose de brazos, lo que hizo que se le marcara el pecho todavía más–, pero no te emociones, porque no vamos a estar solos. Nunca.

Y Pedro, por mucho que lo intentó, no pudo evitar sonreír. Se había olvidado del carácter que tenía su mujer, y lo había extrañado. Si fuera por él, estarían a solas muy pronto, pero no se molestó en decírselo, ya que no quería verla explotar delante de sus clientes.

–¿Por dónde quieres que empecemos? –le preguntó Paula con resignación.

–Por donde tú prefieras –respondió él.

No tardó mucho en enseñarle la parte delantera de la panadería, que era pequeña, pero le explicó a cuántos clientes servían allí y cuántos se llevaban cosas para consumirlas fuera de la panadería. Y cuando él le preguntó qué había en cada vitrina, Paula le describió cada uno de los productos que trabajaban.

A pesar de estar incómoda con él allí, Pedro nunca la había visto hablar de algo con tanta pasión. Durante su matrimonio, había sido apasionada con él, en lo que respectaba a la intimidad, pero fuera del dormitorio, había estado mucho más contenida. Se había dedicado a pasar tiempo en el club de campo con su madre, o trabajando en alguna obra social, también con la madre de Pedro.

Se habían conocido en la universidad y Pedro tenía que admitir que él había sido el motivo por el que Paula no se había graduado. Había tenido demasiado apuro en casarse con ella, por que fuese suya en cuerpo y alma.

Pedro siempre había esperado que algún día volviera a estudiar, y la habría apoyado, pero Paula se había conformado con ser su mujer, estar guapa y ayudar a recaudar fondos para causas importantes. En esos momentos, Pedro se preguntó si era eso lo que ella había querido, o si había tenido otras aspiraciones.
Porque nunca la había escuchado hablar con tanto entusiasmo de las obras benéficas.

También se preguntó si conocía de verdad a su exmujer, porque nunca había sabido que fuese tan buena cocinera. No obstante, después de haber probado un par de sus creaciones, decidió que aquel negocio podía tener éxito, que podía ser incluso una mina de oro.
Terminó el último trozo de magdalena de plátano que Paula le había dado a probar y se chupó los dedos.

–Delicioso –admitió–. ¿Por qué nunca preparabas cosas así cuando estábamos casados?

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Uhhh... que palo jajajaja
Gracias a todas y cada una que lee esta nove, de verdad. 
Que terminen lindo el miércoles.
COMENTEN. Besos!

martes, 30 de julio de 2013

Capítulo 4

Abrió la boca para decírselo, se cruzó de brazos para darle a entender que no tenía ninguna intención de cambiar de idea, pero Brian le puso la mano en el hombro y le hizo un gesto para que fuera con él un poco más allá y que Pedro no los escuchara.


–Señorita Chaves. Paula –le dijo–. Piénsalo, por favor. Sé que el señor Alfonso es tu ex esposo, aunque cuando organicé la reunión de hoy no tenía ni idea. Jamás le habría pedido que viniera si lo hubiese sabido, pero quiere invertir en La Cabaña de Azúcar, quiere ser tu asesor financiero. Y tengo que aconsejarte que consideres seriamente su oferta. Ahora te va bien. La panadería está funcionando sola, pero no podrás avanzar ni expandir el negocio sin capital externo, y si tuvieras una mala temporada, hasta podría ser el fin.

Paula no quería escucharlo, no quería creer que Brian tenía razón, pero, en el fondo, sabía que era así. Miró por encima de su hombro para asegurarse de que Pedro no los podía oír.

–No sólo está en juego la panadería, Brian. Lo dejaré entrar. Hablen ustedes, pero sea cual sea el acuerdo al que lleguen, no puedo prometerte que vaya a aceptarlo. Lo siento.

Brian no parecía demasiado contento, pero asintió.

Luego volvió a acercarse a Pedro y le informó de la decisión de Paula antes de decirle que podían entrar en la panadería. Al acercarse, el aire olía deliciosamente, a pan y pasteles. Como siempre, a Paula le rugió el estómago y se le hizo la boca agua, y le apeteció comerse un rollito de canela o un plato de galletas de chocolate. Ése debía de ser el motivo por el que todavía no había recuperado su peso desde que había tenido al bebé.
En la puerta, Paula se detuvo de repente y se giró hacia ellos.

–Esperen aquí –les pidió–. Tengo que contarle a mi tía que están aquí y el motivo. Nunca le caíste demasiado bien –añadió, mirando a Pedro–, así que no te sorprendas si se niega a salir a saludarte.
Él sonrió irónico.

–Esconderé los cuernos y el rabo si me cruzo con ella.
Paula no se molestó en contestarle. En su lugar, se dio la vuelta y entró a la panadería.

Saludó con una sonrisa a los clientes que estaban tomando café, chocolate y disfrutando de los pasteles, y se apresuró en entrar en la cocina. Como siempre, Helena iba y venía de un lado al otro, sin parar. Tenía setenta años, pero la energía de una veinteañera. Se levantaba todos los días al amanecer y siempre se ponía a trabajar inmediatamente.

Paula era una buena panadera, pero sabía que no estaba a la altura de su tía. Helena, además de preparar pan y pasteles, ayudaba a su esposo en la barra y cuidaba de Benja, así que Paula no sabía qué habría hecho sin ella.

Helena escuchó la puerta de la cocina abrirse y supo que había llegado.

–Volviste –le dijo, sin levantar la mirada de las galletas que estaba preparando.

–Sí, pero tenemos un problema –le anunció Paula.
Al escuchar eso, Helena levantó la cabeza.

–¿No has conseguido el dinero? –le preguntó decepcionada.
Paula negó con la cabeza.

–Algo peor. El inversor de Brian es Pedro.
A Helena se le cayó el recipiente que tenía en la mano.

–¿Es una broma? –le dijo con voz temblorosa. Paula negó con la cabeza y fue hacia donde estaba su tía.

–Por desgracia, no lo es. Pedro está afuera, esperando a que le enseñe la panadería, así que necesito que subas a Benja y te quedes allí con él hasta que te avise.
Le desató el delantal a su tía, que se lo quitó por la cabeza y después se llevó las manos a la cabeza para asegurarse de que iba bien peinada.

Paula se dirigió a la puerta, deteniéndose sólo un momento a ver a su adorable hijo, que estaba en su moisés, intentando meterse los dedos de los pies en la boca. Benja sonrió de oreja a oreja al verla y empezó a hacer sonidos. Y Paula sintió tanto amor por él que se quedó sin respiración.

Lo cargó y deseó tener tiempo para jugar un poco con él. Le encantaba la panadería, pero Benjamín era su mayor orgullo y alegría. Sus momentos favoritos del día eran los que pasaba a solas con él, alimentándolo, bañándolo o haciéndolo reír.

–Hasta luego, cariño –le susurró y besó su cabeza.

Volvería con él en cuanto se deshiciera de Pedro y de Brian. Luego se giró hacia su tía, que estaba detrás de ella, y le dio al bebé.

–Apúrate –le dijo–. E intenta que esté callado. Si se pone a llorar, enciende la televisión o la radio. Me desharé de ellos en cuanto pueda.

–Está bien, pero revisa los hornos. Las galletas en espiral estarán listas en cinco minutos. Y las tortas de nueces y la pie de limón tardarán un poco más. He puesto las alarmas.

Paula asintió y, mientras su tía subía con Benjamín, ella empujó la cunita para meterla en el almacén que tenían en la parte trasera y lo tapó con un mantel azul y amarillo.

Luego salió del almacén y miró a su alrededor, para comprobar que no quedara nada que pusiera en evidencia la presencia de Benja. Había un sonajero, pero diría que un cliente se lo había olvidado. Y, con respecto a los pañales, podría explicar que los tenía allí porque a veces cuidaba al bebé de una amiga.
Sí, sonaba creíble.

Utilizó un paño húmedo para limpiar la encimera en la que había estado trabajando su tía y sacó las galletas en espiral del horno, para que no se quemen. El resto lo dejó como lo había encontrado. Luego volvió a empujar las puertas dobles de la cocina y… se encontró cara a cara con Pedro.

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Me imagino sus caras cuando dejo picando el final jajajajajajajaja hoy les dejo dos capítulos porque el primero fue muy cortito, espero sus comentarios.
Gracias!

Capítulo 3


Se maldijo por no haber hecho más preguntas y por no haber insistido en que le diesen más detalles acerca de aquella reunión. Lo cierto era que no le había importado quién iba a ser el inversor, sólo le había importado que fuese rico y quisiese ayudarla con su negocio.

Se había convencido a sí misma de que estaba desesperada y necesitaba una rápida inyección de efectivo si quería mantener abierta La Cabaña de Azúcar, pero no tan desesperada como para aceptar la caridad del hombre que le había roto el corazón y le había dado la espalda cuando más lo había necesitado.

No se molestó en contestar a Pedro, miró directamente a Brian

–Lo siento, pero esto no va a funcionar –le dijo, antes de darse la vuelta y volver a salir del edificio.

Estaba bajando las escaleras cuando oyó que la llamaban:

–¡Paula! ¡Paula, espera!

Pero ella sólo quería alejarse lo antes posible de Pedro, de sus ojos brillantes y de la arrogante inclinación de su barbilla. Le daba igual que la estuviese llamando y que estuviese corriendo tras de ella.

–¡Paula!

Giró la esquina que daba casi a La Cabaña de Azúcar y notó cómo le temblaban las piernas. Tenía el corazón a punto de salírsele del pecho.

Se había enfadado tanto, había deseado tanto alejarse de su exmarido, escapar y refugiarse en la panadería, que se le había olvidado que allí estaba Benjamín. Y si había algo que tenía que proteger todavía más que su salud mental, era a su hijo.

De repente, no pudo seguir andando y se detuvo a tan sólo unos pasos de la puerta de la panadería. Pedro giró la esquina en ese momento y se detuvo también al verla allí parada como un maniquí.

Respiraba con dificultad y eso alegró a Paula.

Pedro siempre estaba tranquilo, frío y controlado.

–Por fin –murmuró él–. ¿Por qué has salido corriendo? 
Que estemos divorciados no significa que no podamos sentarnos y mantener una conversación civilizada.

–No tengo nada que decirte –replicó ella.

Recordó lo importante que era mantenerlo alejado de su hijo.

–¿Y tu negocio? –le preguntó él, pasándose una mano por el pelo antes de alisarse y abrocharse la chaqueta del traje–. Te vendría bien el capital y yo siempre estoy dispuesto a hacer una buena inversión.

–No quiero tu dinero.

Él inclinó la cabeza, reconociendo la sinceridad de sus palabras.

–Pero, ¿lo necesitas?

Hizo la pregunta en voz baja, sin rastro de condescendencia, sólo parecía querer ayudarla.

Y Paula necesitaba ayuda, claro que sí, pero no de su frío e insensible marido.

Contuvo las ganas de aceptar el dinero. Se recordó que le estaba yendo bien sola. No necesitaba que ningún hombre la rescatase.

–La panadería va bastante bien, gracias –le respondió–. Y aunque no fuese así, no necesitaría nada de de ti.

Pedro abrió la boca, posiblemente para contestarle e intentar convencerla, y entonces fue cuando Brian Blake dobló la esquina. Se paró en seco al verlos y se quedó allí, respirando con dificultad, mirándolos a los dos. Sacudió la cabeza, confundido.

–Señor Alfonso… Paula…

Respiró hondo antes de continuar.

–La reunión no ha salido como había planeado –se disculpó–. ¿Por qué no volvemos a mi despacho? Vamos a sentarnos, a ver si podemos llegar a un acuerdo.

Paula se sintió culpable. Brian era un buen tipo. No se merecía estar en aquella situación tan incómoda.

–Lo siento, Brian –le dijo–. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero esto no va a funcionar.

Brian la miró como si fuese a contradecirla, pero luego asintió y dijo en tono resignado:

–Lo comprendo.

–Lo cierto es que yo sigo interesado en saber más acerca de la panadería 
intervino Pedro.

Brian abrió mucho los ojos, aliviado, pero Paula se puso tensa al instante.

–Podría ser una buena inversión, Pau –añadió Pedro, llamándola como lo llamaba cuando estuvieron casados, y desequilibrándola–. He conducido tres horas para llegar aquí y no me gustaría tener que marcharme con las manos vacías. Al menos, enséñame la panadería.

«Oh, no», pensó ella.

No podía dejarlo entrar, era todavía más peligroso que tenerlo en el pueblo.

lunes, 29 de julio de 2013

Capítulo 2


Llevaba más de un año divorciado, así que lo mejor era no mirar atrás y seguir con su vida, como seguro que había hecho Paula.

Vio el edificio de Blake and Fetzer y entró en el diminuto aparcamiento con espacio para tres coches, apagó el motor y salió a la calle, hacía un cálido día de primavera. Con un poco de suerte la reunión y la visita a La Cabaña de Azúcar sólo le llevarían un par de horas y después podría volver a casa. A algunas personas les gustaba la vida de pueblo, pero Pedro era feliz en la gran ciudad.


Paula se detuvo delante de las oficinas de Brian Blake, se tomó un momento para alisarse la blusa y la falda, pasarse una mano por el pelo corto y retocarse el pintalabios. Hacía mucho tiempo que no se arreglaba tanto y había perdido la práctica.


Además, la ropa más bonita que tenía, comprada cuando estuvo casada con Pedro, le quedaba al menos una talla pequeña. Lo que significaba que la camisa se le pegaba demasiado al pecho y que la falda le quedaba unos centímetros más corta de lo que le hubiese gustado y le cortaba la respiración.


Por suerte, en Summerville no tenía que arreglarse tanto, ni siquiera para ir a misa los domingos, porque en esos momentos estaba luchando por mantener su negocio a flote y no podía permitirse el lujo de comprarse ropa nueva.


Decidió que no podía hacer nada más por mejorar su imagen, respiró hondo y empujó la puerta. La recepcionista la saludó con una amplia sonrisa y le informó de que Brian y el posible inversor estaban esperándola en su despacho, que entrase.


Paula volvió a respirar hondo antes de entrar y alzó una breve plegaria al cielo para que el rico empresario que Brian había encontrado quisiese invertir en La Cabaña de Azúcar.


Lo primero que vio fue a Brian sentado detrás de su escritorio, sonriendo mientras charlaba con el visitante, que daba la espalda a la puerta. El hombre era morocho y con el pelo corto, llevaba una chaqueta de traje gris oscura y estaba golpeando el brazo del sillón con los largos dedos de su mano, parecía impaciente por hacer negocios.


En cuanto Brian la vio, su sonrisa creció y se puso de pie.


–Paula –la saludó–, llegas justo a tiempo. Permite que te presente al hombre que espero quiera invertir en tu maravillosa panadería. Pedro Alfonso, ésta es Paula Chaves. Paula, éste es…


–Ya nos conocemos.


La voz de Pedro la golpeó como un mazo, aunque con sólo oír pronunciar el nombre de su exmarido ya se le había encogido el estómago. Al mismo tiempo, Pedro se había levantado y se había girado a mirarla, haciendo que se le acelerase el corazón.


–Hola, Paula –murmuró.


Y luego se metió las manos en los bolsillos delanteros de los pantalones, adoptando una postura negligente.


Parecía cómodo e incluso divertido, mientras que ella no podía sentirse peor.

¿Cómo podía haber ocurrido algo así? ¿Cómo era posible que Brian no se hubiese dado cuenta de que Pedro era su exmarido?
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Me siento mala, no es muy largo pero bueno, algo es algo jajajajaja.
COMENTEN! Mañana voy a intentar subir dos capítulos pero no prometo nada.
Gracias por todo!

domingo, 28 de julio de 2013

Capítulo 1


Paula Alfonso, que pronto volvería a ser Paula Chaves otra vez, estaba sentada a los pies de la cama del hotel, mirando el bastoncito de plástico que tenía en la mano. Parpadeó, notó cómo se le aceleraba el corazón, le daba un vuelco el estómago y se le nublaba la vista.

Aquello era tener tan mala suerte como que el avión que te llevara de luna de miel se cayese por el camino o que te atropellase un autobús después de que te hubiese tocado la lotería.

Qué ironía…

Soltó una carcajada y por fin dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde hacía unos minutos.

Estaba recién divorciada de un hombre que le había parecido el hombre de sus sueños, en un hotel del centro de Pittsburgh porque no sabía qué hacer con su vida después de que la hubiesen dejado tirada. Y, por si fuese poco, estaba embarazada.

Embarazada. De su exmarido, después de no haber conseguido tener un hijo con él en los tres años que habían estado casados, a pesar de haberlo intentado… o, al menos, de no haber intentado evitarlo.

¿Qué iba a hacer?

Se puso de pie, fue con piernas temblorosas hasta el escritorio que había en la otra punta de la habitación y se dejó caer en la silla. Le tembló la mano al dejar el test de embarazo encima de la mesa para tomar el teléfono.

Respiró hondo y se dijo a sí misma que podía hacerlo.

Se dijo que era lo que debía hacer, reaccionase como reaccionase él.

No era un intento de volver a estar juntos. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo, ni aunque fuese a tener un bebé, pero él se merecía saber que iba a ser padre.

Marcó el número de teléfono sabiendo que sería su secretario quien respondiese. Tomás Silva nunca le había caído bien. Era un hombre rastrero y adulador, que a ella la había tratado siempre como si fuese un fastidio, y no la mujer del director general de una empresa multimillonaria y de su jefe. Tomás respondió al primer tono con su voz chillona.

–Alfonso Corporation, despacho del señor Pedro Alfonso. 
¿En qué puedo ayudarlo?


–Soy Paula –le dijo ella sin más preámbulos, la conocía de sobra–. Necesito hablar con Pedro.

–Lo siento, señorita Chaves, el señor Alfonso no está disponible.

A Paula le chocó que la llamase por su apellido de soltera, y que utilizase la palabra señorita. Seguro que lo había hecho a propósito.

–Es importante –le contestó, sin molestarse en corregirlo o discutir con él.

–Lo siento –insistió Silva–, pero el señor Alfonso me ha pedido que le diga que no tiene nada de qué hablar con usted. Que tenga un buen día.

Y luego colgó, dejando a Paula boquiabierta.

Sabía que Pedro estaba enfadado con ella. Su separación no había sido precisamente amistosa, pero jamás habría esperado que la tratase con tanta dureza.

En el pasado la había querido, ¿o no? Ella estaba segura de haberlo querido a él. Y aun así habían llegado a aquello, a ser como dos extraños, incapaces de hablarse de manera civilizada.

Pero eso respondía a la pregunta de qué iba a hacer.

Iba a ser madre soltera, y sin el dinero y el apoyo de Pedro, que no habría aceptado aunque no hubiese firmado el acuerdo prenupcial. Así que iba a tener que cuidar de sí misma, y del bebé, sola.



Un año después…

Pedro Alfonso agarró con fuerza el cuero caliente del volante de su Mercedes negro para tomar las curvas de entrada a Summerville. Iba más rápido de lo debido.

Summerville era un pequeño pueblo de Pensilvania que estaba sólo a tres horas de su casa, en Pittsburgh, pero era como si estuviesen en dos planetas distintos.

Pittsburgh era todo asfalto y luces de neón, mientras que Summerville era todo bosques, praderas, casas pintorescas y una pequeña zona comercial.

Redujo la velocidad y observó los escaparates al pasar.

Una farmacia, una oficina de correos, un bar restaurante, una tienda de regalos… y una panadería.

Levantó el pie del acelerador y redujo la velocidad todavía más para estudiar la marquesina amarilla chillona y las letras negras que decían: La Cabaña de Azúcar. El cartel luminoso de color rojo anunciaba que estaba abierta… y en su interior había varios clientes, disfrutando de las facturas recién hechas.

Le apetecía entrar, algo muy importante en el sector alimenticio. Hasta se sintió tentado a bajar la ventanilla para ver si el aire olía a delicioso pan, a galletas y a pasteles.

Pero para que un negocio funcionase hacía falta algo más que un nombre gracioso y un bonito escaparate, y si él iba a invertir en La Cabaña de Azúcar, antes tenía que saber que merecía la pena.

Al llegar a la esquina giró a la izquierda y continuó por una calle lateral, siguiendo las indicaciones que le habían dado para llegar a las oficinas de Blake and Fetzer, asesores financieros. Ya había trabajado antes con Brian Blake, aunque nunca había invertido tan lejos de su casa ni tan cerca de las oficinas de Blake. No obstante, el hombre nunca lo había asesorado mal, por eso había accedido a hacer el viaje.

Unos pocos metros por delante de él vio a una mujer sola, subida a unos tacones y andando con dificultad por la
acera. También parecía distraída, buscando algo en su enorme bolso, sin mirar por donde andaba.

Pedro se sintió incómodo. Le recordaba a su exmujer.

Aunque aquélla era más curvilínea, tenía el pelo más corto. Pero su manera de andar y de ir vestida era parecida. Vestía una camisa blanca y una falda negra con una raja en la parte trasera que dejaba ver sus largas y bonitas piernas. No llevaba chaqueta ni accesorios, lo que también se ceñía al estilo de Paula.

Pedro volvió a fijar la vista en la carretera e intentó contener la emoción.

¿Era culpa? ¿Pesar? ¿O era simple sentimentalismo? No estaba seguro y prefería no darle más vueltas.


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¡¡¡¡ Ganó "Sin dejar de Amar" !!!!
 Después de esta novela subo "Rosas Rojas" y después de esa "Propuesta Arriesgada" obvio que esto quedó por orden de sus votos, que me sorprendieron por ser tantos :)
Avísenme si quieren que les avise por twitter. Soy @Love_Pauliter. Gracias!

sábado, 27 de julio de 2013

¡Elijan!




Les dejo los argumentos de un par de novelas y ustedes voten cual quieren que suba!




Sin dejar de Amar 

Mentiras y nanas.

Al encontrarse de nuevo con su ex esposa, el millonario Pedro Alfonso no sólo descubrió que se seguía sintiendo profundamente atraído por ella: también que era padre. Paula estaba embarazada cuando se divorciaron, tuvo al bebé y lo mantuvo en secreto. Era una traición que no le podía perdonar.

De ninguna manera iba a alejarse de su hijo y heredero. Pondría todo su empeño en ser educado con aquella encantadora panadera, que era una mujer dura de roer. Sin embargo, ¿habría sólo negocios entre ellos o Pedro cedería a su deseo de hacerla suya de nuevo... de una vez por todas?
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(A mí personalmente esta novela me gustó muchísimo, es muy muy linda)


Rosas Rojas

Huérfana y abandonada por su prometido, Paula Chaves estaba decidida a cuidar de sus hermanos pequeños aunque por ello debiera renunciar a sus sueños. No esperaba encontrar el amor ni casarse. Pero una noche de luna llena salva la vida de un desconocido. Se trata de Lord Pedro Alfonso, quien consigue liberarse del asesino que le asechaba. Está muy agradecido a Paula Chaves, pero no quiere influir sobre sus sentimientos y decide actuar con prudencia. El lord posee sin embargo un aire de inocencia que supone un arma de pura seducción para cualquier mujer. Tocar a Pedro es pues una dulce tentación para Paula. Y de repente, el hombre que siempre actuaba con prudencia está dispuesto a arriesgarlo todo por una mujer que no tiene nada más que ofrecer que su corazón.
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(Esta novela también es muy linda, la autora es la misma que la novela anterior que subí, Jacquie D' Alessandro, y tiene el mismo estilo "anticuon" que la otra novela, que por lo que ví a varias les gustó)


Propuesta Arriesgada

Paula Chaves soñaba con tener un hijo, pero no una relación. La experiencia con su ex marido la había hecho llegar a la conclusión de que los hombres sobraban, salvo para algo muy básico...
Necesitaba un hombre con el cual tener un hijo.

Pedro Alfonso tenía sus propios motivos para evitar las relaciones. ¡Pero hacer el amor con ella no había más que aumentar su deseo! Él no quería algo de solo una noche. ¡Él quería a Paula para siempre!
Sólo les llevó una noche concebir un hijo. ¡Pero ahora Pedro tendrá nueve meses para conseguir una esposa!
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(Esta también esta buenísima, solo que yo la encontré ya adaptada y no puedo encontrar la original pero bueno, quiero compartirla con ustedes)



Bueno... Acá les dejé tres opciones, ahora solo queda que ustedes elijan cual quieren que suba. O también si les gusta las tres novelas las subo pero por orden de votación.
Recomienden el blog y en twitter me dicen si quieren que les avise cuando subo, soy @Love_Pauliter 

GRACIAS!

jueves, 25 de julio de 2013

Epílogo

Peter iba y venía por el salón, pasándose los dedos por el cabello. El médico llevaba más de una hora con Paula. ¿Cuánto rato necesitaba para quitarle el vendaje del hombro y determinar si la herida se había cerrado del todo? Habían vuelto a casa hacía un mes. Sin duda era tiempo más que suficiente para que se curase por completo.

Unas risas lo arrancaron de su ensimismamiento. Se acercó a la ventana: toda su familia, menos Luciana y Hernán, que estaban de viaje de novios en Brighton, estaba sentada en torno a la mesa redonda de la terraza. Su madre miraba con una sonrisa radiante a Federico, que hacía saltar sobre sus rodillas a una Rose muy divertida. María y tía Julia conversaban animadamente, mientras Martí  intentaba sacar de su taza de té la punta de la boa que esta última llevaba al cuello. Debajo de la mesa, Diantre y sus numerosos hermanos jugaban con el cachorrito que Peter había adquirido hacía poco. Tuvo que recorrer casi toda Inglaterra en busca de un perro idéntico al bosquejo de Parche que Paula había dibujado, pero al final lo consiguió.

Paula se había echado a reír y a llorar a la vez cuando él le había depositado el animalito al que llamó Moro en los brazos. El brillo de gozo en los ojos de su esposa lo había conmovido... y le había tocado esa fibra a la que sólo ella tenía acceso. 

Alguien llamó a la puerta.
-Peter: Adelante —dijo, apartando su mirada de la ventana. Paula entró en el salón, y él fue a su encuentro rápidamente —¿Cómo te encuentras?
-Paula: El médico ha dicho que estoy bien —respondió con una sonrisa.
Un enorme suspiro de alivio salió de sus pulmones.
-Peter: Gracias a Dios —La atrajo hacia sí y le dio un beso en la frente. Al apartarse ligeramente se percató de que ella sostenía una carta en la mano— ¿Es de Lu?
-Paula: No, es de mi amiga de Estados Unidos, Zaira.
-Peter: ¿La joven a la que advertiste que no se casara?
-Paula: Sí. Por desgracia, mis premoniciones se cumplieron —Fijó en él una mirada triste— Juan le fue infiel. Murió en un duelo a manos del marido de su amante.
-Peter: Cuánto lo siento, Paula.
-Paula: Yo también. En su carta Zai me suplica que la perdone, y lo haré con gusto, además de enviarle una invitación para que nos visite.

El sonido de risas atrajo su atención, y los dos se acercaron a la ventana. Peter vio que Paula sonreía cuando Martín, al reparar en ellos desde la terraza, los saludó con la mano. Ella le devolvió el saludo y luego se quedó quieta, mirando alternadamente la carta que sostenía y el rostro alegre de Peter.

-Peter: Oh, no —dijo— ¿Qué estás viendo ahora?
Ella titubeó y una sonrisa jugueteó en sus labios.
-Paula: Sólo estaba pensando que le escribiré a Zai hoy mismo. Creo que un viaje a Inglaterra es justo lo que necesita. Y, bueno, tal vez a Martín también le parezca buena idea.
Peter captó de inmediato la intención de sus palabras y se le escapó una sonrisa.
-Peter: Entiendo. ¿Debo poner a mi querido hermano sobre aviso?
-Paula: Oh, no creo que eso sirva para nada —dijo ella, y aparecieron sus hoyuelos a cada lado de la boca. Se guardó la carta en el bolsillo y luego respiró hondo— No te he contado todo lo que ha dicho el médico, Peter.

La sonrisa se borró al instante de la cara de su marido.
-Peter: Pero si has dicho que estás bien...
-Paula: Y lo estoy. Soy de complexión fuerte, ¿recuerdas? Puedo volver a mis actividades normales, pero me ha advertido que no realice tareas demasiado pesadas, dado mi... delicado estado.
-Peter: ¿Delicado?
Ella asintió con la cabeza, con un destello de alegría en los ojos.
-Paula: Sí, es una palabra que usamos en América para decir: «Voy a tener un hijo».

El corazón de Peter dejó de latir un momento, y luego comenzó a palpitar aceleradamente. Iba a tener un hijo. El hijo de los dos. Cerró los ojos, absorbiendo la dicha, saboreando el milagro.
-Paula: Dame la mano —susurró ella.
Peter se la tendió. Ella la tomó entre las suyas y se la puso contra el vientre, apretándola con suavidad sobre el vestido.
-Peter: ¿Ves algo? —preguntó, mirándola atentamente.
Una sonrisa iluminó su bello rostro.
-Paula: Mmm... Al parecer estás haciendo planes que tienen que ver contigo, conmigo y con ese sofá frente a la chimenea.
Él soltó una carcajada.
-Peter: Eres una mujer difícil de sorprender, amor mío.
De pronto, ella abrió mucho los ojos y la diversión de Peter se desvaneció al momento.
-Peter: Y ahora ¿qué ves?
-Paula: Veo un bebé... Un hermoso varón —dijo ella, maravillada— Va a ser como tú... con tu cabello, tu sonrisa y tu noble porte.
-Peter: Te equivocas —replicó en voz baja. La miró a los ojos, unos ojos que irradiaban amor, cariño y bondad, y el corazón le brincó en el pecho— Va a ser como tú... como su madre: una visión. Una visión de amor.



FIN







lunes, 22 de julio de 2013

Capítulo 52

Paula contempló a la niña. Intentó respirar, pero era como si la habitación se hubiese quedado sin aire. Su mente registró de inmediato el cabello castaño, los ojos miel y la edad de la criatura, y entonces la reconoció.

Era la niña que aparecía en su visión.

Lo comprendió todo tan de repente que se sintió mareada. María era la madre de la niña, lo que significaba que Federico... Federico era el padre, y no Peter.

La criatura en peligro era esa niña, Rose. No la hija de Paula. Y ella la había salvado. «Las palabras que Peter pronunciaba en mi visión, su abatimiento... —pensó— Todo se debía a que creía que me había perdido a mí.»

Federico y María le sonrieron, y, tirando suavemente de la mano de la niña, se acercaron a Paula.
-Federico: Nos alegramos mucho de que hayas despertado —dijo— Tenemos tantas cosas de que hablar y, lo que es más importante, queremos agradecerte que hayas salvado la vida a nuestra hija Rose.

Aturdida, Paula tendió la mano. Rose la estrechó tímidamente con sus deditos. Al instante, Paula se sintió llena de dicha. Esa criatura no irradiaba más que alegría. Nada de peligro ni de muerte. La amenaza había pasado. El alivio que la invadió la dejó muy débil.

Peter se arrodilló junto a la cama.
-Peter: ¿Estás bien, Paula? Estás muy pálida.
Ella apartó la vista de la pequeña y lo miró a él. Con gran esfuerzo, logró hacer una inspiración entrecortada y se humedeció los labios resecos. Extendió los brazos y lo tomó de las manos.
-Paula: Peter, Rose es... es la niña de mi visión.
Durante unos instantes él se limitó a mirarla.
-Peter: ¿O sea que la niña que viste morir...? —preguntó por fin en voz baja.
-Paula: Era Rose. Pero no ha muerto. La salvamos. Y era la hija de Federico, no la nuestra —dijo con los ojos llorosos— no la nuestra.
-Peter: ¿No era nuestra hija? —repitió él con expresión confundida. Pero entonces frunció el entrecejo y bajó más aún el tono— ¿Quieres decir que Rose corre peligro?
-Paula: No. El peligro ha pasado. Rose está bien.
-Peter: Ella está bien, pero ¿corre peligro nuestro hijo?
-Paula: En absoluto.
Peter cerró los párpados un momento y luego se acercó las manos de Paula a los labios.
-Peter: Dios mío —Tragó saliva de manera audible— ¿Significa eso lo que creo que significa?
-Paula: Significa que somos libres. Libres para amarnos y concebir a nuestros hijos sin que esa amenaza horrible penda sobre nuestras cabezas.
-Peter: Paula...
Se inclinó hacia delante y la besó con ávida ternura. Ella le apretó la mano, y un torrente de imágenes acudió a su mente. Intentó ahuyentarlas, temerosa de ver algo malo, algo que estropease ese momento. Pero el cuadro que cobró forma en su mente la dejó sin aliento.

Con claridad cristalina se vio a sí misma y a Peter juntos en un prado cubierto de flores silvestres, declarándose su amor mutuo con la mirada. Él le tendía la mano. «Te amo, Paula.»

La imagen se difuminó, dejando tras de sí una estela de bienestar que maravilló a Paula.

Peter se inclinó hacia delante en la silla y estudió su rostro.
-Peter: ¿Qué has visto?
-Paula: A ti y a mí... Era una visión de amor Y de felicidad.
-Peter: ¿Felicidad?
-Paula: Sí. —Una sonrisa jubilosa le brotó del corazón— Es una palabra que usamos en América para referimos a la dicha celestial.
Él, se llevó las manos de ella a los labios.
-Peter: También es una palabra que usamos en Inglaterra para decir «tú y yo amándonos para el resto de nuestra vida».
Ella lo miró a los ojos y supo de inmediato que tenía razón.

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Respiren tranquilas que todavía falta el Epílogo jajajajaja
Les voy a hacer sufrir un poquito y mañana capaz subo el final de esta novela.
COMENTEN!
Gracias.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 51

Sólo habían pasado dos días desde que Peter se había marchado a Francia, y Martín ya sabía que le sería por completo imposible ocuparse de toda la correspondencia de su hermano. Se sentó frente al macizo escritorio de ébano de Peter y soltó un quejido al ver el creciente montón de cartas que se apilaban en el centro. Intentar superar sin contratiempos esa época que Peter y Paula estaban pasando en el continente iba a resultar una tarea de enormes proporciones.

Alguien llamó a la puerta.
-Martín: Adelante —dijo, agradecido por la distracción. Hernán entró en el estudio.
-Nan: ¿Querías hablar conmigo? —preguntó.
-Martín: Sí. Hay algo que necesito decirte.
Nan tomó asiento en la butaca situada enfrente de Martín.
-Nan: Te escucho.
-Martín: Se trata de Luciana, y no me andaré con rodeos. Mi hermana está enamorada de ti —se reclinó contra el respaldo y observó a Hernán entrecerrando los ojos— Me gustaría saber cuáles son tus planes al respecto.
Hernán se quedó muy quieto.
-Nan: ¿Lu te ha dicho que... le gusto?
-Martín: No, no me lo ha dicho directamente, pero no ha sido capaz de negarlo cuando se lo he preguntado a bocajarro. Cielo santo, Nan, hasta un ciego se daría cuenta de que te quiere. Creo que serías un marido admirable para mi hermana, siempre y cuando, claro está, le profeses algo de afecto.
Hernán se dio unos golpecitos en la barbilla con los dedos, meditando acerca de esas palabras.
-Nan: ¿Y si no me apeteciera casarme en estos momentos? —preguntó al final.
-Martín: En ese caso, estoy seguro de que Peter tomará en consideración a otros pretendientes —Agitó la mano sobre las cartas que recubrían el escritorio— Enterrada en esta pila monstruosa hay una nota enviada por Charles Blankenship, en la que da a entender que tiene intención de declararse a Lu. —Se puso de pie y posó la mano sobre el hombro de Hernán— Piénsalo bien, amigo mío —le dijo, y, acto seguido, salió de la habitación.

En cuanto se quedó solo, Hernán comenzó a pasearse de un lado a otro del estudio, pasándose los dedos por el pelo. ¡Luciana estaba enamorada de él! Este pensamiento hizo que se detuviese en seco. Recordó cómo la joven se había derretido en sus brazos, buscando sus labios con ansia, y el pulso se le aceleró. Una fina capa de sudor apareció en su frente. ¡Por todos los diablos!

¡No estaba preparado para el matrimonio! Convertirse en un hombre casado, por el amor de Dios... Comprometerse de por vida. «Ni hablar. Yo no.» Lu era adorable, pero había muchas mujeres adorables en el mundo. «Aunque ninguna me hace sentir lo que ella.»
Intentó acallar esas fastidiosas vocecitas interiores que amenazaban con arrebatarle su sagrada soltería, pero no logró expulsarlas de su cabeza. «Lu me daría unos hijos fuertes y apuestos, y unas hijas tan hermosas como su madre.»
¿Hijos? Un momento, estaba perdiendo el juicio. Se acercó a toda prisa a las licoreras, se sirvió una cantidad generosa de brandy y se lo bebió de un trago. Al instante se sintió mejor.

Lu no estaba realmente enamorada de él, sólo se había encaprichado. Y él se sentía atraído por ella sólo porque era muy distinta de las demás mujeres que conocía. Vaya, lo único que le hacía falta era salir de esa condenada casa y encontrar alguna fémina con la que retozar alegremente. Dejó su copa vacía sobre el escritorio y se encaminó a la puerta.

Justo cuando se dirigía al vestíbulo, oyó que Jasper hablaba con alguien.
-Jasper: Lo siento mucho, lord Blankenship, pero su excelencia está ausente en estos momentos —aseveró el mayordomo con voz monocorde y profunda.
Hernán se detuvo de golpe. Blankenship. Debía de haber venido para pedir la mano de Lu. Y Martín había dicho que Peter tendría en cuenta las ofertas de los pretendientes...
—Vaya, ¿está seguro? —preguntó lord Blankenship— Mandé una nota hace varios días en la que le anunciaba mi visita de esta tarde. Sin duda estará esperando mi llegada...
-Jasper: Un imprevisto ha obligado al señor duque a ausentarse.
-Nan: Yo me ocupo de esto, Jasper —intervino, acercándose a la puerta— Su excelencia me dejó un recado para que se lo transmitiese a lord Blankenship.
Jasper hizo una reverencia y dejó a los dos hombres a solas. Hernán se volvió hacia lord Blankenship y le dedicó una sonrisa helada.
-Nan: Blankenship.
—Es un placer verle, Eddington.

Diez minutos después lord Blankenship ya no opinaba que era un placer ver a Nan. Restañándose la sangre de la nariz con el pañuelo, lord Blankenship salió del salón dando grandes zancadas. Vio a Lu en el vestíbulo y pasó junto a ella como una exhalación sin decirle una palabra. En lugar de esperar a que Jasper le abriera la puerta, la abrió él mismo de un tirón, salió y cerró de un portazo.
-Lu: ¡Cielo santo! —exclamó, mirando a Nan con los ojos desorbitados— ¿Qué demonios le ocurre a Charles?
-Nan ¿Charles? ¿Lo llamas Charles?
-Lu: Sí, claro. ¿Se encuentra bien? Me ha parecido que le sangraba la nariz.
Se asomó a la ventana y vio alejarse el elegante carruaje de lord Blankenship.
-Nan: En efecto, le sangraba la nariz —confirmó con una sonrisa de satisfacción.
-Lu: ¿Qué ha pasado?
-Nan: Me temo que se ha producido un ligero choque.
Tomó a Lu del brazo y la condujo por el pasillo, casi arrastrándola.
Ella tuvo que correr para no quedarse atrás.
-Lu: ¿Qué clase de choque? ¿Adónde me llevas?
Nan, lejos de contestar, siguió andando con determinación, sin aflojar el paso hasta que se encontraron en la intimidad del estudio de Peter.
-Lu: ¡Dios santo, Hernán! —resopló ella cuando por fin se detuvieron. Con los verdes ojos echando chispas, se soltó bruscamente de su mano— ¿Qué mosca te ha picado? Me llevas de un lado a otro como un trapo y...
Sus palabras de indignación se interrumpieron cuando la boca de Hernán la hizo callar con un beso.

Lu se abandonó en sus brazos, con las rodillas temblorosas, y su enfado se disipó instantáneamente mientras la invadía una oleada de calor. Deslizó las manos por el amplio pecho y los hombros de Nan y enredó los dedos en su pelo. No sabía por qué él la estaba besando, pero mientras lo hiciera no le importaba la razón.
-Nan: Lu —susurró en un tono quejumbroso varios minutos más tarde— Mírame.
Aferrándose a sus hombros para no caerse, ella abrió los ojos con esfuerzo y lo miró, embobada.
-Lu: ¿Por qué me has besado? —preguntó luego con la voz trémula.
-Nan: Porque me apetecía.
Ella achicó los ojos con repentina suspicacia.
-Lu: Te estás comportando de un modo muy extraño. ¿Qué le ha ocurrido a Charles? Has mencionado algo sobre un choque...
-Nan: Sí, se ha producido un choque de lo más desafortunado entre su cara y mi puño.
-Lu: ¿Le has pegado un puñetazo a Charles?
Él asintió con la cabeza.
-Lu: ¿Qué demonios te impulsó a hacer una cosa así? —preguntó ella, estupefacta.
-Nan: El idiota ha salido bien librado —contestó en un tono amenazador— Tendría que haberlo retado a duelo.
-Lu: ¿Retarlo a duelo? Pero ¿qué es lo que ha hecho?
-Nan: Ha mentido como un bellaco. Ha negado rotundamente haberte besado. En suma, te ha llamado mentirosa. Y, por si fuera poco, ha tenido la desfachatez de interrumpirme mientras yo defendía tu honor y me ha dicho que no era asunto de mi incumbencia.
Lu tragó saliva.
-Lu: De hecho, no es de tu incumbencia.
-Nan: Y un cuerno —Prácticamente le salía humo de las orejas— No sólo te besó y luego mintió al respecto, sino que ha tenido la osadía de venir hoy a pedir tu mano. Sí, desde luego que habría debido retarlo a duelo. Debió pensarlo dos veces antes de intentar declararse a la dama de otro hombre.
-Lu: ¿Charles quería pedir mi mano? —preguntó ella con un hilillo de voz. Luego frunció el entrecejo— ¿A qué te refieres con eso de que debió pensarlo dos veces antes de declararse a la dama de otro hombre? Yo no soy la dama de nadie.
-Nan: Eres mi dama. Creo que siempre lo has sido... pero yo estaba demasiado ciego para darme cuenta —Para gran sorpresa de Lu, Nan hincó una rodilla en el suelo y le tomó las manos— Cásate conmigo, Luciana.

Ella se quedó sin habla. «Dios mío, está borracho», pensó. O... estaba gastándole una broma pesada. Se soltó bruscamente y le volvió la espalda. Un sollozo escapó de sus labios.
-Lu: ¿Cómo puedes bromear sobre algo así?
Él se puso en pie y la sujetó por los hombros. Le hizo dar la vuelta y la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello.
-Nan: Lu, cariño, no se trata de una broma. —Le levantó la barbilla con los dedos hasta que sus ojos llorosos lo miraron— Le he pegado un puñetazo en la nariz a Blankenship porque se atrevió a tocarte. Imaginarte con él, o con cualquier otro hombre, me resulta imposible. Simplemente no puedo permitirlo. Te quiero para mí solo. —La contempló fijamente con una expresión solemne— Te amo, Lu. Quiero que seas mi esposa. Di que te casarás conmigo.
Ella estudió su rostro serio y apuesto. De no ser porque él la sostenía en sus brazos, se habría desplomado como un saco.
-Lu: Me casaré contigo —dijo en voz baja.
-Nan: Gracias a Dios.
Agachó la cabeza para besarla, pero ella echó la cabeza hacia atrás.
-Lu: Eh... Nan...
Él le besó el cuello.
-Nan: ¿Sí?
-Lu: Ahora que has pedido mi mano y yo he aceptado, no irás a desdecirte, ¿verdad?
-Nan: Nunca —aseguró él con la boca pegada a su cuello. De pronto se quedó inmóvil. Alzó la cabeza y la miró con perplejidad— ¿Por qué lo preguntas?
Ella se mordió el labio inferior.
-Lu: Pues...
-Nan: ¿Pues qué?
Ella aspiró a fondo y luego soltó rápidamente:
-Lu: Charles Blankenship nunca me ha besado.
Nan se quedó mirándola durante un buen rato.
-Nan: ¿Nunca te ha besado?
Ella negó con la cabeza.
-Lu: No.
-Nan: ¿O sea que tú...?
-Lu: Me lo inventé. Para ponerte celoso.
Alzó la vista hacia él, aguardando su reacción. «Por favor, Dios, no hagas que se arrepienta —rezó en su fuero interno— Le he contado la verdad. No quería que hubiese una mentira entre nosotros.»
Él arrugó el ceño.
-Nan: Pues dio resultado.
-Lu: ¿En serio? ¿Te pusiste celoso?
-Nan: Quería matar al pobre desgraciado. Ahora supongo que lo dejaré vivir... siempre y cuando no vuelva a acercarse a ti.
-Lu: Después del puñetazo en la nariz, estoy segura de que no lo hará —Le posó las palmas sobre el pecho— ¿Estás enfadado?
Nan la atrajo hacia sí y le tomó la cara entre las manos.
-Nan: ¿Enfadado? En absoluto. Has aceptado mi proposición. Y ahora, si dejas de parlotear durante un rato, podré besarte y seré un hombre muy feliz.
-Lu: No diré una palabra más.
-Nan: Excelente. Pero antes de que dejes de hablar, podrías decirme que me quieres.
-Lu: Te quiero —musitó, poniéndose de puntillas y apretándose contra él.
Nan emitió un quejido.
-Nan: Espero que no me inflijas un noviazgo demasiado largo.
Exhalando un suspiro de satisfacción, Luciana le echó los brazos al cuello.
-Lu: En absoluto. Por si no lo habías notado, mi familia es aficionada a las bodas precipitadas.

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Este capítulo era muy importante para cerrar la historia de esta pareja, mañana prometo si subir el capítulo que esperaban en el que sigue la historia de Paula y Pedro :)