Se aproximaron a la reja de entrada, resguardada por un policía de uniforme en cada uno de los postes. Paula no pudo evitar hundirse más en el asiento cuando bajaron la velocidad. No, no le habría gustado hacer esto ella sola, pero claro, tampoco habría manejado hasta la entrada principal. El conductor de la limusina bajó la ventana, mantuvo un breve intercambio con uno de los oficiales, y se abrieron las puertas.
—Ya ves que estás dentro sana y salva, tal como prometí. No es necesario trepar muros, cavar túneles ni nada por el estilo.
Paula se volteó para observar las puertas cerrarse de nuevo.
—Tiene un servicio de seguridad pésimo.
—Tenemos dos policías en la reja de entrada —dijo Hernán.
Con la vista al frente de nuevo, miró ceñuda al abogado.
—Y ni siquiera revisaron la maletera o a los pasajeros de la limusina. Si la idea es mantener a Alfonso a salvo, puede que quiera sugerirles que comprueben la identificación de todos y se cercioren de que no llevan a nadie como rehén antes de dar acceso. Sé que les dio mi descripción porque lo escuché en las noticias. Y aquí estoy sentada de todas maneras.
Pedro siguió mirando por la ventana. Paula tenía razón. La deferencia con la que lo trataba la policía era de esperar, dado el estatus que ocupaba dentro de la cerrada comunidad de élite, pero sería tonto depender de ella para nada que no fuera mantener la prensa fuera de su puerta. La noche pasada no habían impedido la entrada de su visitante… ni tampoco ahora.
—¿Preocupada por mí? —preguntó.
—Es mi billete para salir de todo esto —dijo ella, su voz sonó burlona una vez más.
—Bueno, trate de ser honesta conmigo.
—Haré lo que pueda.
—Gracias.
Hernán parecía desconfiado, pero Pedro sospechaba que ella decía la verdad. Aun así, pretendía mantener cierta distancia. Puede que la mujer irradiara más calor que el sol, pero estaba jugando, al igual que él. La única diferencia era que ella deseaba quedar libre, y él… la deseaba a ella.
—De vez en cuando llevo a cabo negocios en la finca —dijo—. También recibo invitados. Los invitados son de esperar. Y tiene que admitir que en este momento no va vestida como una ladrona, precisamente. —Aprovechó la ocasión para recorrer sus piernas con la mirada.
Si ella se dio cuenta de su observación, no dijo nada al respecto.
—Podría haber estado desnuda o llevar colgados dos cinturones con municiones, Alfonso, y no habrían parpadeado.
—Comprendido. Y ya que lo único que sé es su nombre de pila, puede llamarme Pedro.
—Yo decidiré lo que puedo hacer —replicó, aunque su tono se suavizó un poco—. Pero gracias por la oferta, Alfonso.
Así que había puesto algunos límites. Eso era interesante… y aún más intrigante.
Alex ascendió el largo camino de entrada y se detuvo, después rodeó el vehículo para abrirles la puerta. Paula salió primero, claramente aliviada de haber escapado intacta de la limusina. Pedro la observó cuando se volteó en los escalones. Probablemente, no había visto la finca a la luz del día.
—Si quiere se la mostraré más tarde.
—No eres su anfitrión, Pedro —susurró Hernán, mientras la seguían hasta la puerta principal—. Eres un objetivo. Y puedes pensar que es una belleza, pero yo no me confío en ella. Ya ha estado dos veces aquí. Sin ser invitada.
—Y ahora está invitada. Anda, te veré después en mi escritorio. Comunícame con Simón Preit.
—¿Preit? Tú…
—Hernán.
—Sí, ya sé. —Hernán atravesó el corredor y subió las escaleras, y desde allí lanzó una última mirada a Paula. Ella pareció no darse cuenta porque estaba muy ocupada deslizando los dedos por el jarrón de la mesa del recibidor.
—¿Por qué tiene un jarrón de ciento cincuenta años de antigüedad tan cerca de la puerta principal? ¿Este lugar está a salvo de cualquier intruso?
—Es…
Frunciendo el ceño, ella se acercó más para estudiar el dibujo, golpeando el borde con la punta de la uña.
—Ah. ¿Su propia falsificación?
—Me pareció que era bonito —dijo, sonriendo abiertamente e impresionado. Mauro había tardado cerca de una hora en descubrirlo—. Y era una réplica, para una recaudación de fondos. ¿Cuánto sabe de arte?
—Puedo decirle la lista de los más vendidos, pero prefiero las antigüedades. ¿Qué tipo de personal tiene aquí?
—¿Los ladrones no saben ese tipo de cosas antes de forzar la entrada?
—Se suponía que usted no debía estar aquí. Mientras no está en Buenos Aires, su personal de servicio consta de seis personas durante el día y dos durante la noche, además de la seguridad contratada, y una habitación donde a veces se queda su asesor de arte cuando lo hace trabajar hasta tarde. No sé quién entra y sale cuando está en casa.
—Una docena, más o menos, de personal a tiempo completo —informó—, aunque todavía no he pedido a la mayoría que vuelvan. La policía pensó que debía tener el personal mínimo imprescindible, y no quiero poner a nadie en peligro.
—Tiene sentido. ¿Tiene mayordomo?
—Sí.
—¿Se llama Héctor?
Pedro esbozó una sonrisa apreciativa. Estaba descubriendo rápidamente que el encanto que había visto en ella formaba parte de su carácter. Resultaba evidente que había descubierto cómo utilizarlo en beneficio propio, pero él no podía evitar disfrutarlo. Por otra parte, no podía olvidar lo buena que ella era en esto.
—Se llama Raymond. Y es británico si esa información le sirve de algo.
—Así que, ¿viajan con usted por el mundo, de una casa a otra?
Mientras hablaba, Paula salió despacio del recibidor y entró en la salita de la planta baja. Varios muebles antiguos albergaban diversas figuritas y platos de porcelana china, y Pedro la siguió para apoyarse contra el marco de la puerta. Ella parecía un poco más relajada sin la presencia de Hernán; dada su ocupación, comprendía por qué no le gustaban los abogados. De nuevo Paula recorrió con los dedos la veteada madera del escritorio del siglo xvii, como si tuviera que tocarlo para apreciar su valor.
La sensualidad de sus manos seguía distrayéndolo. Pero esto no era una cita; era una investigación criminal. Tomó aire lentamente, y observó la fluida elegancia de sus movimientos. Maldita sea, era hipnótica.
—¿Es así?
Pedro parpadeó.
—Perdone, ¿cómo dice?
—Los empleados, Alfonso. ¿Van con usted de un lado a otro?
Él se aclaró la garganta.
—Algunos, sí. A la mayoría, igual que a Raymond, los tengo todo el año en una casa en particular. Él se queda en mi propiedad de Devon. Hay mucho que mantener en buen estado tanto si estoy allí como si no, y algunos tienen familias y no quieren trasladarse. ¿Por qué?
—Llámeme desconfiada.
—¿De mi personal de servicio?
—No me diga que la policía no le preguntó nada de esto —dijo Paula, mirándolo por encima del hombro antes de desplazarse hasta el armario de la porcelana.
—Sí, lo hicieron. Sin embargo, ninguno de mis empleados encajaba con su descripción, y seguían concentrados en encontrarla.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Ah, bueno. Para mi información, entonces, ¿cuántos de entre su personal sabían que regresaba a Buenos Aires antes de lo previsto?
—Solo la tripulación del avión, mi chófer, Alex, y el mayordomo, Reinaldo. Me hospedé en un hotel en Roma, para no tener que informar a nadie de adónde iba. Pero no fue nadie de mi personal.
—¿Qué hay de sus familiares?
—No.
—Bueno, yo no fui. ¿Qué me dices de amigos… personales en Roma?
—¿Se refieres a si tengo una “amiga” en Roma?
Él creyó que el rubor subía a sus mejillas, pero con el rostro de perfil no pudo estar seguro. Aquello lo sorprendió. Parecía tan mundana y capaz, sin embargo, tenía la capacidad de sonrojarse.
—Claro. ¿La tiene?
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HOLA!!! Ténganme paciencia con el tema de igualar el largo de cada capítulo jajajaja Espero que les guste :)
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GRACIAS
Divino, espectacular, hermoso cap!!!!!
ResponderEliminarA mi me encanta!! Muy buenos el capítulo!! Muy observadora Paula y creo que va a llegar a detective, jaja. @AmorPyPybb
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