viernes, 14 de marzo de 2014

Capítulo 5

—Con esto debería ser suficiente —decidió Fabricio, soltando lentamente el hombro que tenía agarrado. El pegamento aguantó—. Lo vendaré, sólo por si acaso.

—¿Qué tal mi espalda? —Estiró el cuello, tratando de ver.

—Menos mal que llevabas puesto el chaleco antibalas, Pau. Puede verse la marca. —Trazó una línea curvada en lo alto entre los omóplatos—. Nada de polos de tiritas durante un tiempo. Pero me preocupa más la herida profunda que tienes en la parte trasera de la pierna. Caminas mucho y el pegamento no aguantará.
Ella le miró a la cara.

—¿Estás preocupado? ¿Por mí? Qué ternura. —Dándole un beso en la punta de su nariz, se escabulló con prudencia del extremo de la mesa de cocina.

—Hablo en serio. Debes de haber dejado un rastro de sangre. ¿Qué pasa con eso del ADN y demás cosas?
Había pensado en aquello y ya lo había racionalizado para no dejar que eso la preocupara.

—Para ello deberían tenerme a mí para compararlo con algo —contestó, dando un lento paso tentativo y sintiendo cómo tiraba el pegamento de su piel desgarrada—. Y no me tienen. —Dio un vistazo al reloj con forma de gato con ojos móviles que había sobre la refrigeradora—. Son más de las cinco. Pon las noticias, ¿quieres?

Mientras él se acercaba arrastrando los pies, vestido con bata y zapatillas, a la pequeña televisión de la encimera, Paula se ponía con cuidado el jean limpio que guardaba en casa de Fabricio. Éste debía ser el motivo por el que las madres siempre les decían a sus hijos que llevaran ropa interior limpia, reflexionó, haciendo una mueca de dolor cuando la tela se deslizó por la herida vendada. Por si uno se encuentra con una explosión.

—Dijiste que el guardia de seguridad había muerto, Paula —gruñó Fabricio, sintonizando las noticias locales de la mañana—. ¿Qué estás buscando, un vídeo donde salga la bolsa con los restos?

—Me fui lo antes que pude —respondió, mientras se ponía una camiseta y se asomaba a la refrigeradora en busca de una lata de coca-cola light—. Creo que esquivé todas las cámaras del jardín, pero me gustaría estar segura.
Él la miró, enarcando una de sus cejas.

—¿Eso es todo?

—Bueno, siento curiosidad por saber quién colocó aquel alambre que atravesaba la galería, y podría ser útil saber si Alfonso sobrevivió.

Fabricio sabía que estaba preocupada a pesar de que mantuvo un tono de voz sereno. La explosión la había arrojado al suelo y, obviamente, perturbado su cerebro. Había arrastrado a Alfonso al piso de abajo casi como acto reflejo, luego se dio cuenta de que, probablemente, podría identificarla delante de la policía. El guardia, Martínez, estaba muerto, y de haber sido ella quien hubiera descubierto a un intruso en el pasillo cuando una bomba explosionaba, sabía a quién culparía. Esto era malo. Muy malo.

—Paula.
Ella giró la cabeza hacia la televisión.
«… la tranquilidad de la noche se vio alterada por un incendio en Sonne Brilliant, la mansión en el barrio privado de Pilar, propiedad del multimillonario empresario y filántropo Pedro Alfonso Zolezzi. Se ha informado de que hubo una víctima mortal, y los motivos de la explosión están siendo investigados y han sido declarados como “sospechosos”. Alfonso había sido trasladado al hospital para recibir atención médica debido a unas heridas y golpes de menor importancia, pero ya ha sido dado de alta».
El vídeo cambió para mostrar a Alfonso que, acompañado de un hombre de pelo castaño, entraba en el asiento trasero de una limusina negra de la marca Mercedes. Su desaliñado cabello morocho ocultaba parcialmente el vendaje que cruzaba su frente, pero, por lo demás, parecía sano. Y Paula se sintió aliviada durante un momento.

—Genial —murmuró Fabricio—. Deberías haberle dejado allí arriba.

—No creo que dejar que Pedro Alfonso muriera quemado me hubiera servido de mucho —replicó, disimulando un escalofrío que le había provocado la misma idea.

—¿Pudo verte?
Paula se encogió de hombros.

—Brevemente.

—Van a tratar de encontrarte.

—Lo sé. Pero soy buena para esconderme.

—Esto es distinto, cielo.

Eso también lo sabía. Había muerto alguien. Un hombre muy rico había estado a punto de perder la vida. Y ella ni siquiera había logrado coger la losa de piedra que había ido a buscar.

—Fui una estúpida. Debería haber notado que alguien había entrado ya en la casa y llenado el lugar de explosivos. Maldita sea. —Tomó un largo trago del refresco—. De todos modos, ¿quién querría volar las cosas que hay en esa casa? ¿Con qué propósito?
Fabricio la miró fijamente.

—¿Asesinato?

—Pero ¿por qué? ¿Y por qué con tanto descuido?

—Ya sabes, Pau, «no es tan fiero el león como lo pintan», si fuera tú, me preocuparía más porque vayan a acusarme de matar a aquel guardia que por descubrir las causas del asesinato al estilo de Sherlock Holmes.

—Bueno… —le dijo distraídamente, mientras veía en la televisión, ahora sin sonido, si salía algún material grabado de Alfonso en otro acto benéfico con alguna modelo del brazo.

—Y si mi memoria fuera como la tuya, me presentaría a todos los concursos, en vez de robar cachivaches.

No podía culpar al espacio de noticias por sobrepasarse con la cobertura que le daban a Alfonso; con esa cara y su dinero tenía que ser bueno para los índices de audiencia. Por supuesto, un escándalo político o una bancarrota corporativa habría estado bien, pero no, ella había tenido que entrar ilegalmente en su casa en un día en el que la prensa andaba corta de noticias. Lo observó responder una pregunta sobre alguna estupidez u otra. Aburrido, pensó Paula, y un tanto divertido ante el remolino de adulación que lo envolvía.

—Jamás he robado «cachivaches», muchas gracias, y, de todos modos, prefiero pensar en ello como en un traslado involuntario de objetos. —Tomando un último trago de refresco, lanzó la lata al cubo de basura y recogió su blusa y pantalones rotos y chamuscados. Los tiraría a un contenedor de basura de camino a casa. El chaleco era pesado, pero al menos podía salvarse, y se lo puso sobre el hombro bueno—. Voy a salir un rato. Te llamaré esta noche.

—¿A dónde vas a ir, Paula?
Ella le lanzó una mirada por encima del hombro y se obligó a sonreír.

—Sueña, no hay forma de que te lo diga.

—Tú sólo ten cuidado, nena —le advirtió, siguiéndola hasta la puerta.

—Tú, también. Tu comprador sabía que anoche tenías a alguien interesado también en la tablilla. Podrías recibir cierta presión.
Él sonrió, sus labios se retrajeron para dejar al descubierto unos dientes blancos.

—Me gusta la presión.

También a ella, por lo general, pero no en ese momento. Por mucha insistencia que emplearan en buscar un anillo robado, un cuadro o una vasija, era mayor el empeño con el que se ponía cuando alguien había muerto por su causa. Y aún buscaban con mayor insistencia cuando alguien había muerto en la casa de un hombre que había aparecido en portadas de revista.

Tenía mucho en qué pensar. Como por qué alguien colocaría explosivos en el pasillo, en medio de una galería de arte y antigüedades de valor multimillonario. Y quería saber si una losa de piedra en particular aparecería listada entre los objetos destruidos… o si, además, la habían culpado a ella por llevársela.


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HOLA!!! Tengan paciencia esperando el reencuentro, ya va a llegar :)
¡Comenten! Gracias.

5 comentarios:

  1. Muy buen capítulo!! Sii quiero que se encuentren!! Me intriga saber como la va a reconocer!!

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  2. Muy bueno! Ya quiero saber como sigue esta historia :)

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  3. buenísimo,seguí subiendo!!!

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  4. Quiero el reencuentro pero yaaaaaaaaaaaaa please jajajajaja.

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