sábado, 22 de marzo de 2014

Capítulo 14

—Soy un hombre de negocios, Nan. Confío en mi juicio para evaluar personas y situaciones porque siempre me ha dado buen resultado. Sí, lo estoy considerando seriamente.

—Y si decides, hipotéticamente, formar equipo con la señorita Romero, ¿cómo te pondrías en contacto con ella?

—¿Para que puedas contárselo a Torres? Me parece que no, amigo.

—Deja de ser tan tarado.
Pedro enarcó una ceja.

—Como no dejas de decirme en los últimos días, soy tarado.

—Eres mi amigo. Si saltas de un avión, yo voy detrás de ti… pero me llevo el paracaídas de sobra. Mantenme al día y quedará entre nosotros. A menos que esto ponga tu vida en peligro.

—La vida es riesgo. —Con los dedos tamborileando sobre el reposabrazos, Pedro pasó algunos momentos mirando por la ventana. Con súbita brusquedad los árboles y el paisaje daban paso a edificios y luces de tráfico—. ¿Cómo encontraremos a alguien a quien no puede encontrar la policía?

—No sé por qué sientes la necesidad de arriesgar tu pellejo que vale mil millones de dólares. —Hernán, todavía sacudiendo la cabeza, abrió la botella de agua, bebió un trago, y la miró ceñudo como si deseara que fuese un delicioso licor.
En el asiento del conductor, Alex apretó el interfono.

—Señor Alfonso, se acercan más cámaras. ¿Debo utilizar el estacionamiento?

Por delante de ellos, a la derecha, se encontraba la torre iluminada de tres pisos que albergaba el estudio de Paz, Rivas & Asociados en el último piso. Situados frente a las puertas giratorias de metal y cristal de la entrada, una docena de reporteros y equipos de cámara se ponían en guardia como una manada de leones captando el olor de una gacela. Pensando con rapidez, Pedro le devolvió el celular a Hernán.

—No, cuádrate junto a la vereda—. Chófer y abogado le dirigieron la misma mirada. —Sí, estoy seguro —dijo Pedro, enderezándose la corbata.

—Hernán, finge que estás al teléfono, luego pásamelo tan pronto como me detenga a hablar con los buitres. Cerciórate de que tengan los micrófonos apuntados hacia mí.

—De acuerdo. Tú eres el jefe.
Pedro le lanzó una amplia sonrisa.

—Sí, lo soy.

Alex se cuadró en la vereda y salió de su asiento, y con paso veloz rodeó el vehículo para abrir la puerta trasera de pasajeros. Hernán salió primero, en mayor medida porque Pedro le empujó. Dios, odiaba a la prensa. Aparte de su constante, irritante e incisiva presencia, dos años atrás habían hecho más cruel aún un divorcio ya de por sí doloroso. Bien podrían trabajar hoy para él.

—Señor Alfonso, Pedro, ¿puede ponernos al día de sus lesiones?

—¿Fue un intento de asesinato o un robo?

—¿Qué se llevaron de su casa?

—¿Se considera sospechosa a su ex esposa?

Pedro cogió el teléfono que Hernán prácticamente le arrojó mientras caminaban por entre la cacofonía de voces.

—Un momento —dijo, y se llevó el teléfono al oído—. ¿Señorita… Ramos? —comenzó—. Sí, a las cuatro en punto está bien. Haré que Hernán prepare los papeles. Gracias por la ayuda… me viene bien. La veré entonces. —Cortó el teléfono y lo devolvió mientras a su alrededor las voces ganaban volumen—. No soy libre de comentar de modo preciso qué se llevaron de mi casa —prosiguió alzando más la voz—, aunque se rompieron varias piezas antiguas de porcelana de Meissen en la explosión. Estaban entre mis favoritas y lamento su pérdida.

No podía decir más sin alertar a Torres y a toda la policía, pero la señorita Romero parecía excepcionalmente inteligente, y apostaría a que sabía con exactitud qué objetos de arte poseía y dónde los guardaba. Ahora tendría que esperar y ver si estaba en lo cierto.

—Pero ¿puede confirmar o negar que Victoria Alfonso Grecci esté…?

—Discúlpenme, tengo una reunión —interrumpió, esforzándose por no apretar los dientes. Escuchar los apellidos Alfonso y Grecci juntos seguía provocándole deseos de pegarle un puñetazo a alguien. No obstante, una de las pocas cosas que el tribunal concedió a Victoria era el uso del apellido del cual sacaba provecho hacía tres años.

El silencio de la entrada se extendió a su alrededor con el frío del aire acondicionado, maravilloso tras la humedad que había llegado con el alba y la tensión de estar rodeado por la prensa. No pudo evitar sacudirse las mangas e inspeccionarse el cuello en busca de micrófonos ocultos mientras esperaba a que Hernán lo alcanzara.

—¡Por Dios! —exclamó Hernán cuando pasó a empujones por delante de la seguridad y de la puerta giratoria—. Creo que un brazo quedó ahí afuera.

—¿Qué has deducido de mi charla? —preguntó Pedro, su voz resonó levemente mientras continuaban avanzando hacia las puertas del ascensor que se encontraba al fondo de la recepción de elevado techo.

—He entendido lo de Ramos/Romero, que era bastante obvio, y el encuentro a las cuatro en punto. Pero me despistaste con la referencia de la porcelana perdida.

—Perdida, no, de Meissen. Las figuritas antiguas de porcelana Meissen hacen verdadero furor entre algunos coleccionistas. Y resulta que la tienda que aloja la mayor colección del mundo se encuentra aquí mismo, en el centro.

—Ah. Espero que tu señorita Romero sea más lista que yo.
Pedro se encogió de hombros.

—Si no, estaré comprando una Meissen a las cuatro en punto sin razón alguna.

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