lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 17

Viernes, 4:33 p.m.

—No pienso subir a ese auto con usted. —Mientras estaban parados en la puerta de la tienda, Paula se dio cuenta de lo equivocada que había estado al pensar que Alfonso le resultaría menos atractivo a la luz del día y con testigos.

—Es una limusina —corrigió Pedro—, y no pretendo secuestrarla.

—Preferiría encontrarme con usted en su casa, cuando anochezca. —Aquello tenía más sentido para ella. Entraría y saldría a su modo, y tendría un poco de control sobre cuánto se involucraba en esto—. Ya conozco el camino.

—No va a entrometerse en mi casa otra vez. Y no la imagino pasando por delante de la policía en la reja de entrada.

—Me encantaría verlo —contestó Hernán.

Ella le sonrió con satisfacción, sin tener que fingir irritación mientras ellos seguían discutiendo en el Microcentro. Por marcado que fuera el instinto que le impulsaba a desear no estar al descubierto, no pensaba comprometer sus normas. Y, teniendo en cuenta que el calor masculino que emanaba Alfonso estaba haciendo que se le secara la boca, no cabía la menor duda de que necesitaba mantener un poco de distancia… y de perspectiva. Obviamente, ya no era la única cazadora involucrada.

—Todas mis posesiones terrenales están a unas dos cuadras de aquí. No voy a dejarlas ahí.
Alfonso comenzó a decir algo, pero luego cerró la boca de nuevo.

—¿Todas sus posesiones? —repitió un momento después, y ella sintió que lo había sorprendido. Posiblemente, la idea de que alguien fuera capaz de contar sus posesiones, mucho menos transportarlas en una bolsa, lo dejaba perplejo.

—Me temo que sí. —No era del todo cierto, ya que tenía un almacén alquilado a las afueras de la ciudad, alguno que otro refugio aquí y allá, y una considerable cuenta bancaria en Suiza, pero eso no era asunto suyo. Todo lo que necesitaba para subsistir día a día estaba en la maletera de su auto.

—Nos acercaremos a recogerlas.
Paula decididamente comenzaba a sentirse más la presa que el depredador, y eso no le gustaba para nada. Esta asociación había sido idea suya, no de él.

—Nada de eso —soltó—. Iré a su casa en mi propio auto u olvídese. No es necesario que me haga favores.

—Quiero hacerle favores —insistió Pedro, su cálida voz estaba ligeramente teñida de irritación.

—La gente no lo contradice con frecuencia, ¿no? —preguntó.

—No, no lo hacen.

—Acostúmbrese—repuso, sin tener la menor intención de ceder la posición de mando. Era posible que pudiera seguir al mando más tarde, pero con Alfonso quería establecer algunas reglas.

—¿Por qué no se limita a cooperar y agradecer que no llamamos a la policía, señorita Romero? —murmuró el abogado con los brazos cruzados. Recostado contra el lateral de la limusina, parecía un mafioso.

—¿No tiene alguna ambulancia que perseguir? —replicó, contenta de no tener que poner en práctica ninguno de sus encantos con el abogado—. ¿O tiene que estar disponible para limpiarle el culo a Alfonso?

—Yo me limpio solo, gracias —interpuso Pedro con suavidad—. Entre al auto.

—Yo…

—No pienso seguir discutiendo. En este momento está libre porque no he llamado a la policía. Recogeremos sus cosas y luego volveremos a mi casa e iremos al grano. Es todo lo flexible que estoy dispuesto a ser, preciosa.

Por un momento quiso preguntarle qué clase de asunto tenía en mente, pero, dadas las circunstancias, no le pareció prudente. Tenía razón en cuanto a tener ventaja. Aunque no había llamado a la policía, cuanto más tiempo estuvieran en Microcentro, más posibilidades había de que acabara esposada.

—De acuerdo.

—Entonces vámonos—dijo el abogado, su expresión se ensombreció cuando miró más allá de ellos—. A menos que quieras utilizar las noticias de las seis para invitar a Drácula o Hannibal a cenar.

Paula miró sobre su hombro, entornando los ojos contra el resplandor del sol. La imagen de una multitud de reporteros acercándose apresuradamente en su dirección la hizo gruñir. Sin molestarse en esperar a que alguien le abriera la puerta de la limusina, lo hizo ella misma y saltó adentro. «Nada de fotos. Jamás.» Una foto significaba que estas etiquetada, recordada y olvidada a conveniencia.

—Vamos —ordenó ella, deslizándose al centro del asiento, lejos de las ventanas.

—Y yo que creía que odiaba a la prensa —comentó Alfonso, sentándose a su lado.

Hernán ocupó el asiento contrario, y la limusina se internó velozmente con un ruido sordo entre el ligero tráfico. Paula no dejó salir el aire hasta que pasaron la última camioneta de prensa.

—¿Nos seguirán?

—Claro que sí. Imagino que ahora mismo tenemos por lo un séquito de camionetas siguiéndonos los pasos.
Ella frunció el ceño.

—Entonces, olvídese de mi carro. Después volveré por él.

—Mandaré a alguien a que lo recoja. ¿Con eso se sentirá más tranquila?

—Me sentiré mejor si soy la única que sabe dónde está.

—Está nerviosa, ¿no es así? —dijo el abogado, sacando una botella de agua de una refrigeradora empotrada bajo el asiento. No le ofreció una a ella.

—¿Lo persigue la policía? —respondió ella.

—No.

—Entonces cierre el pico.
Alfonso hizo caso omiso al intercambio de palabras, accionando en cambio el botón del pequeño panel de la puerta.

—Alex, llévanos a casa, por favor.

—Sí, señor.

Paula, con la mandíbula apretada con una combinación nauseabunda de nerviosismo, irritación y adrenalina, observó a Hernán levantar la botella y tomar un largo trago, las gotitas condensadas bajaron por su pulgar y gotearon sobre su corbata.

—¿Hay de ésas para todos, o él es especial?
Con lo que sonó una risita contenida, Pedro se inclinó para coger otra botella fría y se la entregó.

—Él es especial, pero aquí tiene.

—Me alegra que te diviertas, Pedro —farfulló Hernán—. Esto no era lo que imaginé cuando dijiste que querías su ayuda. En ese momento pensaba más en una llamada o dos… no en invitar al lobo al gallinero.

—Todas las gallinas de Alfonso están a salvo —contestó Paula—. ¿De verdad tiene que estar aquí? —Se giró hacia Pedro, quien la estaba observando con esa divertida expresión tan atractiva en su rostro.

—Por ahora, sí.

—Genial. —Había pretendido sonar más irritada, pero ningún hombre tenía derecho a tener un aspecto tan increíble tres días después de que una bomba hubiera estado a punto de hacerle volar en pedazos. Se incrementaron sus dudas sobre todo este asunto, y trató de ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago con un trago de agua. «¿Incertidumbre o deseo, Paula?» Con las ardientes vibraciones que rebotaban entre ambos, tenía una idea muy clara de qué se trataba.

—¿Qué le hizo cambiar de opinión sobre mí? —insistió.

—La curiosidad. —Se acomodó, igual de tranquilo y relajado con su caro traje azul como lo había parecido la noche anterior en jena y descalzo—. Así que, Paula, ¿tiene idea de quién podría haberse llevado la tablilla de piedra y colocado la bomba?
Paula se quedó petrificada con la botella casi rozándole los labios.

—¿La tablilla ha desaparecido?
Él asintió.

—¿Decepcionada?
Se lo merecía, supuso ella, y dejó pasar el comentario.

—Eso lo cambia todo. —Miró la expresión cínica del abogado con el ceño fruncido, tomó un poco más de agua y maldijo a Ian en silencio unas cuantas veces más. Y a quienquiera que lo hubiera contratado. Eso era lo que tenía que descubrir—. Cambia el propósito del delito. No cambia nada respecto a mí. Retomando esta cuestión, Alfonso, ¿sabe ya cómo va a ayudarme?

—Se me ocurren un par de ideas. Pero, a cambio, espero su ayuda. No le daré algo a cambio de nada. No es así como hago negocios.

—Yo, tampoco.

En realidad, sacar algo a cambio de nada era precisamente el modo en que prefería hacer negocios. Pero esto era cualquier cosa menos negocios. Todo cuanto había aprendido en la vida le decía a gritos que no podía confiar en él, que no podía confiar en nadie. Su libertad y su vida eran su responsabilidad. Sí, imaginaba casi con toda seguridad quién se había llevado la tablilla y, con toda probabilidad, colocado la bomba. Ian no iba a confesar, y ella no iba a delatarlo. No tenía ningún problema con acusar al jefe de Ian, pero necesitaba tiempo para encontrar al culpable antes de que la policía la encontrara a ella. Por tanto, había respondido a la invitación televisada de Alfonso, y ahora iba trepada en su limusina.
Pedro asintió, lanzándole una mirada.

—Todos nos esforzaremos por cooperar.

—Yo cumpliré con mi parte, pero me reservo el derecho de protestar y recordarte en un futuro eso de «ya te lo dije» —dijo Hernán, calmándose nuevamente con un poco de agua.

—Wow, cuanta ayuda —apuntó Paula.

—No tendría que decirlo si usted no hubiera forzado la entrada, señorita Buenos Modales.

—Pero seguiría teniendo un robo y una explosión, Harvard. Y a nadie que lo ayudara a descubrirlo.

—Yale. Y usted…

—Bueno paren, niños —interrumpió Alfonso—, no me obliguen a detener el auto.

Paula se recostó, y sonrió al abogado con gozo. Su padre debía de estar revolcándose en su tumba en ese preciso instante. Su hija iba en una limusina con un abogado y uno de los hombres más ricos del mundo. Sabía con exactitud lo que habría hecho su padre con esa oportunidad… robar a Pedro Alfonso sin pestañear y sin pensárselo dos veces. Sin embargo, esas ideas fueron la causa de que su padre pasara los últimos cinco años de su vida en la cárcel. Ella había aprendido a contenerse y a ser paciente, aun cuando él no lo era. Mirando nuevamente a Alfonso, decidió que lo de la contención iba a resultarle muy útil.


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HOLA!!! No se si lo habrán notado pero este capítulo fue bastante más largo que los demás ya que Sil lo comentó ayer :) 
Y también espero que disfruten de la relación de Paula y Hernán que la verdad que a mi me divierten bastante
¡Comenten por favor!
GRACIAS

3 comentarios:

  1. Muy buen capítulo! A mi también me divierte como se pelean Pau y Hernán!! @AmorPyPybb

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  2. Jajaja buenisimo me encanto!!!

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  3. Ayyyyyyy, me encantó!!!!!!!!!!!!! Y sí, me re divierte la relación entre Pau y Hernán. Aparte me imagino las caras de Pedro jaja. Buenísimo este cap. Y gracias x hacerlo + largo.

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