—Hernán, anda a mirar algo —le ordenó, sintiendo a su amigo pegarse a su espalda.
—Estoy mirando algo. Señorita Romero, imagino.
—Hernán Paz, abogado en leyes. No me gustan los abogados.
—Y a mí no me gustan los asesinos ni los ladrones.
—Hernán, retrocede —exigió Pedro, mientras miraba la cara y delicada porcelana que los rodeaba—. Yo le pedí que se reuniera aquí con nosotros.
—Claro, y…
—Sí, lo hizo —medió ella, su mirada volvió a él, como si hubiera evaluado y olvidado a Hernán—. Y vuelvo a preguntarle, ¿porqué?
—Cambié de parecer —dijo, rodeando la esquina del mostrador para acercarse a ella.
Por primera vez, ella pareció sorprendida.
—¿Por qué?
—¿Tengo que explicar mi razonamiento?
—Sí, creo que tiene que hacerlo.
La vendedora que atendía a Pedro, sintiendo posiblemente su cambio de interés, se acercó de nuevo a él, y la señorita Romero se alejó al siguiente mostrador junto con su propia vendedora. A regañadientes y deseando que la mujer fuera igual de fácil de obtener que una Meissen, Pedro señaló el objeto más cercano una jarrita para servir leche sobre un pequeño pedestal.
—Por supuesto, señor Alfonso.
—Creí que la cabra y la pastora eran más de su gusto.
Pedro fingió ignorar el comentario en voz baja de la señorita Romero.
—Hernán, encárgate de eso.
—Nada de e…
—No voy a ir a ninguna parte. Y te contaré todo lo que hablemos —mintió—. Dame cinco minutos para hablar con ella, ¿quieres?
—Después de mirarla —murmuró Hernán—, ya veo por qué estás interesado, pero asegúrate de que estás pensando con la parte correcta de tu cuerpo.
—No eres mi papá. —Pedro se acercó lentamente a ella mientras ésta pasaba el dedo por una de las piezas más recientes—. Anoche planteó algo muy interesante —dijo en voz baja, preguntándose si ella había logrado meter alguna de las figuritas más pequeñas en su bolso Gucci. «Desear, adquirir, poseer.» No eran tan diferentes, y la idea lo hizo pensar. Acarició el brazo de ella con el dorso de la mano—. Acerca de que no fue quien trató de hacerme volar por los aires —prosiguió en voz queda—, y acerca de que su punto de vista es probablemente más útil que el de un detective.
Pareció que ella tuvo que pensar en aquello durante un momento.
—Así que se asegurará de que no me acusen de asesinato.
—Haré todo lo que pueda.
—¿Y hará las llamadas de teléfono y cualquier otra cosa permanente para sacarme de este lío?
—Lo que sea necesario —convino.
—Y no me entregará por robo.
—En realidad no me robó nada. —Examinó su rostro mientras ella movía nerviosamente los labios—. ¿Verdad?
—No si no lo ha notado.
Otra vez su macabro sentido del humor, aunque no le divirtiera particularmente. Estaban pidiendo mucho el uno del otro y dado que ella había asistido a su cita, Pedro imaginaba que era él quien debía dar el siguiente paso.
—Tiene que confiar en mí —propuso—, y yo necesito poder confiar en usted. Cuando esto acabe, no quiero que nada más desaparezca de mi casa. ¿Queda claro, señorita Romero?
Por primera vez esa tarde, ella lo miró a la cara, sus ojos le indicaron cuánto le había costado ya esta visita al tiempo que lo evaluaba tanto a él como sus palabras.
—Paula —dijo casi en un susurro—. Le diré mi apellido cuando decida que puedo confiar en usted.
Pedro le tendió la mano.
—Encantado de conocerla, Paula.
Tomó aire con fuerza, alargó el brazo y le estrechó la mano. El contacto hizo que cierto calor se extendiera por toda su columna. Fuera lo que fuese esta asociación, no era sencilla.
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No saben las cosas que se vienen!!! COMENTEN, acá o en twitter. @Love_Pauliter.
¡GRACIAS!
¡GRACIAS!
Buenisimo,segui subiendo!!!
ResponderEliminarAyyyyyyyy, ya quiero leer lo que se viene!!!!!!!!!!!!!!! tendrías q subir + de un cap x día jaja.
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