sábado, 22 de marzo de 2014

Capítulo 15

—¿Esta pieza, entonces, señor Alfonso? —sugirió la atentísima vendedora de la tienda, arreglándosela para volverse muy sugerente, señalar y mostrar su escote al mismo tiempo—. A juzgar por su descripción, ésta podría gustarle más.

Pedro miró hacia la puerta, como había hecho a cada momento durante los últimos doce minutos. Habían dado su pequeña pista en las noticias al menos una docena de veces esa mañana; si la señorita Romero estaba cerca del televisor, lo habría visto. Si lo había visto, captaría el mensaje que le había enviado. Y aparecería, tal como él le había pedido. Tomó aire y volvió a centrar su atención en el par de candelabros de vivo color de la pared, de alrededor de 1870.

—Nada que vaya a la pared, por favor. Quiero algo para exponer sobre una mesa.

—Por supuesto, señor. Por aquí, entonces. Acabamos de adquirir algunas hermosas piezas del siglo xviii de una propiedad en Estrasburgo.

Pedro la siguió después de dar otra mirada fugaz hacia la entrada. Llegaba tarde. No estaba acostumbrado a perder el tiempo sin hacer nada, y no le gustaba. Cuando fijaba una cita con alguien, esperaba que llegara a tiempo o, mejor aún, pronto. Su tiempo valía oro.

No cabía duda de que la vendedora de la tienda se daba cuenta de eso. El cartel de la puerta que decía sólo mediante cita previa no había impedido que hicieran negocios. No había sido impedimento para que ella escribiera su número personal en el reverso de su tarjeta, y no impediría que le metiera la tarjeta en su cartera si realizaba una compra.

Hernán se quedó unos pasos por detrás, haciendo caso omiso de las delicadas porcelanas y concentrándose en cambio en los vendedores y otros clientes. El oficio de guardaespaldas parecía un trabajo extraño para un abogado de la reputación y el prestigio de Paz, pero Pedro había aprendido el valor y la rareza de la verdadera amistad. Si pisarle los talones esta tarde le proporcionaba a Hernán cierta sensación de control, Pedro no tenía ningún problema con ello… siempre y cuando el abogado no se metiera.

—¿Cuánto cobran por estas cosas? —preguntó Hernán, relajándose lo suficiente como para mirar atentamente un pequeño jarrón.

—La mayoría están en cinco dígitos, creo.

—¿Crees? Tú conoces el precio de todo, Pedro.

—Te dije que no las colecciono.

—Pero…

—Por eso escogí Meissen, porque la señorita Romero sabría que no tengo ninguna en la galería.

—Tienes un montón de arte y antigüedades, Pedro. ¿Cómo se supone que ella va a saber que éstas son las únicas cosas que no coleccionas?

Mientras la vendedora lo observaba esperanzadamente, Pedro fingió estar interesado en una figurita pastoral que representaba a una muchacha con una cabra.

—Ése no es el tema, y no son lo único que no colecciono. Creo que algunos tienen un gran interés por los superhéroes, por ejemplo. Tampoco colecciono esos.

—Igual, los más antiguos eran mejores cuando tenían pelo natural.

Pedro se quedó inmóvil, una sensación eléctrica le recorrió desde el cuero cabelludo hasta su entrepierna. Volteo la cabeza para ver a la mujer joven que observaba con detenimiento una bandeja rosa para los dulces decorada con un cisne. No le sorprendía no haberla reconocido. Esa tarde encajaba con la galería a la perfección, con un vestido corto de algodón en tonos azul y amarillo que mostraban unas piernas bronceadas, unas sandalias amarillas de taco alto y, del brazo, un bolso blanco que no necesitaba la enorme «G» marcada para proclamar su origen.

La servicial vendedora que merodeaba justo detrás de ella aumentaba el aura de millonaria residente. Por un momento se preguntó si ella era una rica ociosa que robaba por la emoción que representaba hacerlo, pero descartó rápidamente la idea. Su expresión era demasiado vivaz, sus ojos demasiado inquisitivos como para permitir que nadie la incluyera en el grupo de ricos solitarios y retraídos.

—¿Cómo lo hace? —preguntó Pedro en voz igualmente baja.

—¿Lo de los superhéroes? Ah, siempre pueden verse en sus tiendas de antigüedades de categoría inferior, no es que yo compre en esos sitios. —Sin mirarlo aún, ella pasó a la siguiente pieza.

Pedro siguió su ritmo en el lado opuesto del mostrador. Pelo liso, rubio, separado a la altura de los hombros.

—En realidad, me refería a su habilidad para aparecer de la nada.
Sus labios se curvaron hacia arriba.

—Sé a qué se refería. Usted me llamó, así que, ¿qué sucede?




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HOLA!!! Cómo están? Retiro lo dicho de que no voy a subir de a dos capítulos, solo los fines de semana les voy a regalar un capítulo más ya que esta novela es bastante larga y creo que no les dije que son dos temporadas, pero igual esta nove es increíble. COMENTEN por favor, acá o en twitter. @Love_Pauliter.
¡GRACIAS!

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