Peter reprimió un estremecimiento.
-Peter: Puesto que me he escapado de la fiesta hace sólo un rato, todavía no me muero por regresar.
-Paula: ¿De verdad? ¿Acaso no estaba pasándolo bien?
Peter contempló la posibilidad de responderle con una mentira cortés, pero decidió no hacerlo.
-Peter: Lo cierto es que no. Detesto estas cosas.
-Paula: Pensaba que eso sólo me ocurría a mí.
Él no pudo disimular su asombro. Todas las mujeres que conocía se desvivían por los bailes.
-Peter: ¿No estaba usted disfrutando con la fiesta?
Una expresión sombría asomó a los ojos de Paula, que enseguida bajó la vista.
-Paula: No, me temo que no.
Resultaba evidente que alguien había tratado con poca amabilidad a la joven, alguno de los invitados que habían acudido a ese absurdo baile. No le costaba imaginar a las bellezas de la alta sociedad cuchicheando tras sus abanicos sobre la «vulgar americana».
Las normas de cortesía dictaban que volviese a la casa y ejerciese su papel de anfitrión, pero no tenía ningunas ganas de hacerlo. Sospechaba que en ese preciso momento su madre estaría mirando a su alrededor con exasperación, preguntándose dónde estaba y cuánto tiempo pretendía seguir escondido. El hecho de saber que había por lo menos dos docenas de jóvenes casaderas que su madre estaba anhelando presentarle reforzaba su decisión de mantenerse alejado de la sala de baile.
-Peter: Está claro que ambos necesitábamos algo de aire fresco —dijo con una sonrisa— Venga. La acompañaré a las cuadras, y en el camino podrá contarme su aventura con Diantre.
Paula vaciló. Si tía Julia se enteraba de que se encontraba en el jardín a solas con un caballero, seguro le dedicaría un sermón. Sin embargo, regresar a la fiesta se le antojaba de todo punto imposible considerando el aspecto lamentable que presentaba. Además, ya había sufrido bastante esa noche. Estaba harta de ser el centro de las miradas y de las críticas por el hecho de que le gustara conversar sobre otros temas que no fueran la moda y el tiempo. Y no era culpa suya que estuviese tan mal dotada para el baile ni que fuese más alta de lo que se consideraba apropiado. No sabía si ese caballero estaba al corriente de las bromas que circulaban sobre su nacionalidad y su modo de ser, pero en todo caso era lo bastante cortés para no demostrarlo.
-Peter: Soy consciente de que no cuenta en este momento con una señora de compañía —dijo él en un tono desenfadado— pero le doy mi palabra de que no me fugaré con usted.
Paula se convenció al fin de que no había nada malo en aceptar su propuesta.
-Paula: Por supuesto —respondió— En marcha.
Arrastrando el volante detrás de sí y con Diantre en brazos, Paula echó una ojeada furtiva a su acompañante. Menos mal que ella no era proclive a exhalar suspiros soñadores y románticos, pues éste era a todas luces un hombre capaz de arrancarlos. Su cabello, abundante y de un castaño obscuro, enmarcaba un rostro extremadamente apuesto, al que las sombras proyectadas por la luz de la luna daban un aire misterioso. Tenía una mirada penetrante e intensa, y cuando la había posado en ella hacía unos instantes, los dedos de los pies se le habían contraído involuntariamente dentro de los zapatos de baile. El caballero tenía los pómulos altos, la nariz pequeña, y una boca firme que Paula había visto curvarse con ironía y que debía de resultar temible crispada en un gesto de ira.
A decir verdad, todo en él era atractivo. Pero no tenía sentido encandilarse con ese desconocido; en cuanto se percatase de lo mal que ella se desenvolvía en sociedad sin duda la rechazaría, como habían hecho tantos otros.
-Peter: Dígame, señorita Chaves, ¿con quién ha venido a este baile?
-Paula: Con mi tía, la condesa de Penbroke.
Los ojos de él reflejaron su extrañeza.
-Peter: ¿Ah sí? —comentó— Conocí a su difunto esposo, pero ignoraba que tuviesen una sobrina americana.
-Paula: Mi madre era la hermana de tía Julia. Se estableció en Estados Unidos cuando se casó con mi padre, un médico americano —Lo miró de reojo— Mi madre nació y se crió en Inglaterra, de modo que soy medio inglesa.
-Peter: ¿Es su primera visita a Inglaterra?
-Paula: Sí.
Habría sido inútil decirle que no se trataba de una mera visita, que nunca volvería a su ciudad natal.
-Peter: ¿Y lo está pasando bien?
Ella titubeó, pero decidió decide la verdad pura y dura.
-Paula: Me gusta su país, pero la sociedad inglesa y sus normas me parecen un poco opresivas. Crecí en una zona rural donde gozaba de mucha libertad. No es fácil adaptarse.
Peter observó su atuendo.
-Peter: Está claro que le está costando abandonar la costumbre americana de arrastrarse entre las matas con su traje de noche.
Una risita brotó de los labios de Paula.
-Paula: Sí, eso parece.
Las cuadras se alzaban ante ellos. Cuando ya se hallaban muy cerca, un gato tremendamente gordo salió por la puerta, emitiendo un fuerte maullido. El caballero se inclinó para acariciar al animal.
-Peter: Hola, George. ¿Cómo está mi chica esta noche? ¿Echas de menos a tu bebé?
Paula depositó a Diantre en el suelo y el gatito saltó de inmediato sobre George.
-Paula: ¿La madre de Diantre se llama George?
Todavía agachado, Peter alzó la vista hacia ella y sonrió.
-Peter: Sí. Mi mozo de cuadra le puso el nombre. No se enteró de que era una gata hasta que la vio parir. Mortlin sabe mucho de caballos, pero me temo que sus conocimientos sobre gatos son escasos.
La sonrisa de Paula se desvaneció cuando reparó en las implicaciones de estas palabras.
-Paula: ¿Su mozo de cuadra? ¿Estos gatos son suyos?
Peter se enderezó lentamente, maldiciéndose para sus adentros por ser tan descuidado. Ahora este agradable paréntesis estaba a punto de terminar.
-Peter: Sí, son míos.
-Paula: Entonces ¿ésta es su casa?
-Peter: Sí, Bradford Hall me pertenece.
-Paula: Entonces usted debe de ser... —Se inclinó en una torpe reverencia— Perdonadme, excelencia. No me había dado cuenta de quién era. Debe de pensar que soy increíblemente grosera.
Él la observó enderezarse, esperando ver cómo sus ojos se achicaban en un gesto calculador, brillaban con codicia o centelleaban con el afán de sacar el máximo provecho de su encuentro inesperado con el «soltero más cotizado de Inglaterra». No vio nada de eso. Por el contrario, ella pareció auténticamente consternada y ansiosa por alejarse de él.
Qué interesante.
-Paula: Siento mucho no haber sabido apreciar vuestra fiesta —se disculpó la joven, retrocediendo unos pasos— Es una fiesta encantadora. Encantadora. La comida, la música, los invitados, todos son...
-Peter: ¿Encantadores? —aventuró él, servicialmente. Ella asintió con la cabeza y retrocedió unos pasos más. Él no despegó la mirada de su rostro. Los expresivos ojos de Paula mostraron una sucesión de emociones: vergüenza, desánimo, sorpresa... Sin embargo, él no detectó en ellos el menor asomo de timidez afectada o de cálculo interesado. Tampoco parecía especialmente impresionada por su ilustre título. No obstante, lo que lo fascinó fue la absoluta ausencia de coquetería en su comportamiento. Ella no estaba flirteando con él.
Tampoco había coqueteado con él antes, cuando aún no sabía quién era, pero ahora...
Pues sí, resultaba muy, muy interesante.
-Paula: Gracias por acompañarme, excelencia. Creo que ahora volveré a la casa —Retrocedió varios pasos más.
-Peter: ¿Y qué me dice de su vestido, señorita Chaves? Ni siquiera una americana osaría mostrarse en el salón de baile en ese estado.
Paula se detuvo y se miró.
-Paula: Supongo que no hay esperanza de que nadie lo note.
-Peter: No hay la menor esperanza. ¿Pasarán la noche aquí su tía y usted?
-Paula: Sí. De hecho, nos quedaremos varias semanas en Bradford Hall como invitadas de la duquesa viuda... —sus ojos brillaron con súbita comprensión— que es su madre.
-Peter: En efecto, lo es.
Peter se preguntó por un momento si su madre había concertado la visita con la esperanza de emparejarlo con Paula, pero desechó la idea de inmediato. Le parecía inconcebible que a su madre, tan convencional, se le pasase por la cabeza la idea de que una americana pudiera ser una duquesa aceptable. No, Peter sabía demasiado bien que su progenitora había puesto el ojo en varias jóvenes de rancio abolengo británico.
-Peter: Como usted se aloja en esta casa, creo que puedo resolver su problema —dijo— Le indicaré el camino de una entrada lateral poco usada que conduce directamente a las habitaciones de los invitados.
Ella le dirigió una mirada de gratitud inconfundible.
-Paula: Eso me salvaría sin duda del desastre social.
-Peter: Vamos, pues.
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geniiiiiallllll!! cundo subis mas!!
ResponderEliminarTrato de subir todos los dias, su hay muchos comentarios capaz que dos :)
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