martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 18

Dio un vistazo por la ventana junto al abogado para ver el paisaje, y se preguntó en qué se había metido. Cada kilómetro la alejaba más de sus cosas y de su auto, la alejaba más del respaldo seguro que le daba la ciudad y su gentío. Por el amor de Dios, ni siquiera tenía ropa para cambiarse. Pero podía jugar su juego; jugaría, porque no le quedaba otra opción.

Se aproximaron a la reja de entrada, resguardada por un policía de uniforme en cada uno de los postes. Paula no pudo evitar hundirse más en el asiento cuando bajaron la velocidad. No, no le habría gustado hacer esto ella sola, pero claro, tampoco habría manejado hasta la entrada principal. El conductor de la limusina bajó la ventana, mantuvo un breve intercambio con uno de los oficiales, y se abrieron las puertas.

—Ya ves que estás dentro sana y salva, tal como prometí. No es necesario trepar muros, cavar túneles ni nada por el estilo.
Paula se volteó para observar las puertas cerrarse de nuevo.

—Tiene un servicio de seguridad pésimo.

—Tenemos dos policías en la reja de entrada —dijo Hernán.
Con la vista al frente de nuevo, miró ceñuda al abogado.

—Y ni siquiera revisaron la maletera o a los pasajeros de la limusina. Si la idea es mantener a Alfonso a salvo, puede que quiera sugerirles que comprueben la identificación de todos y se cercioren de que no llevan a nadie como rehén antes de dar acceso. Sé que les dio mi descripción porque lo escuché en las noticias. Y aquí estoy sentada de todas maneras.

Pedro siguió mirando por la ventana. Paula tenía razón. La deferencia con la que lo trataba la policía era de esperar, dado el estatus que ocupaba dentro de la cerrada comunidad de élite, pero sería tonto depender de ella para nada que no fuera mantener la prensa fuera de su puerta. La noche pasada no habían impedido la entrada de su visitante… ni tampoco ahora.

—¿Preocupada por mí? —preguntó.

—Es mi billete para salir de todo esto —dijo ella, su voz sonó burlona una vez más.

—Bueno, trate de ser honesta conmigo.

—Haré lo que pueda.

—Gracias.

Hernán parecía desconfiado, pero Pedro sospechaba que ella decía la verdad. Aun así, pretendía mantener cierta distancia. Puede que la mujer irradiara más calor que el sol, pero estaba jugando, al igual que él. La única diferencia era que ella deseaba quedar libre, y él… la deseaba a ella.

—De vez en cuando llevo a cabo negocios en la finca —dijo—. También recibo invitados. Los invitados son de esperar. Y tiene que admitir que en este momento no va vestida como una ladrona, precisamente. —Aprovechó la ocasión para recorrer sus piernas con la mirada.
Si ella se dio cuenta de su observación, no dijo nada al respecto.

—Podría haber estado desnuda o llevar colgados dos cinturones con municiones, Alfonso, y no habrían parpadeado.

—Comprendido. Y ya que lo único que sé es su nombre de pila, puede llamarme Pedro.

—Yo decidiré lo que puedo hacer —replicó, aunque su tono se suavizó un poco—. Pero gracias por la oferta, Alfonso.
Así que había puesto algunos límites. Eso era interesante… y aún más intrigante.

Alex ascendió el largo camino de entrada y se detuvo, después rodeó el vehículo para abrirles la puerta. Paula salió primero, claramente aliviada de haber escapado intacta de la limusina. Pedro la observó cuando se volteó en los escalones. Probablemente, no había visto la finca a la luz del día.

—Si quiere se la mostraré más tarde.

—No eres su anfitrión, Pedro —susurró Hernán, mientras la seguían hasta la puerta principal—. Eres un objetivo. Y puedes pensar que es una belleza, pero yo no me confío en ella. Ya ha estado dos veces aquí. Sin ser invitada.

—Y ahora está invitada. Anda, te veré después en mi escritorio. Comunícame con Simón Preit.

—¿Preit? Tú…

—Hernán.

—Sí, ya sé. —Hernán atravesó el corredor y subió las escaleras, y desde allí lanzó una última mirada a Paula. Ella pareció no darse cuenta porque estaba muy ocupada deslizando los dedos por el jarrón de la mesa del recibidor.

—¿Por qué tiene un jarrón de ciento cincuenta años de antigüedad tan cerca de la puerta principal? ¿Este lugar está a salvo de cualquier intruso?

—Es…
Frunciendo el ceño, ella se acercó más para estudiar el dibujo, golpeando el borde con la punta de la uña.

—Ah. ¿Su propia falsificación?

—Me pareció que era bonito —dijo, sonriendo abiertamente e impresionado. Mauro había tardado cerca de una hora en descubrirlo—. Y era una réplica, para una recaudación de fondos. ¿Cuánto sabe de arte?

—Puedo decirle la lista de los más vendidos, pero prefiero las antigüedades. ¿Qué tipo de personal tiene aquí?

—¿Los ladrones no saben ese tipo de cosas antes de forzar la entrada?

—Se suponía que usted no debía estar aquí. Mientras no está en Buenos Aires, su personal de servicio consta de seis personas durante el día y dos durante la noche, además de la seguridad contratada, y una habitación donde a veces se queda su asesor de arte cuando lo hace trabajar hasta tarde. No sé quién entra y sale cuando está en casa.

—Una docena, más o menos, de personal a tiempo completo —informó—, aunque todavía no he pedido a la mayoría que vuelvan. La policía pensó que debía tener el personal mínimo imprescindible, y no quiero poner a nadie en peligro.

—Tiene sentido. ¿Tiene mayordomo?

—Sí.

—¿Se llama Héctor?

Pedro esbozó una sonrisa apreciativa. Estaba descubriendo rápidamente que el encanto que había visto en ella formaba parte de su carácter. Resultaba evidente que había descubierto cómo utilizarlo en beneficio propio, pero él no podía evitar disfrutarlo. Por otra parte, no podía olvidar lo buena que ella era en esto.

—Se llama Raymond. Y es británico si esa información le sirve de algo.

—Así que, ¿viajan con usted por el mundo, de una casa a otra?

Mientras hablaba, Paula salió despacio del recibidor y entró en la salita de la planta baja. Varios muebles antiguos albergaban diversas figuritas y platos de porcelana china, y Pedro la siguió para apoyarse contra el marco de la puerta. Ella parecía un poco más relajada sin la presencia de Hernán; dada su ocupación, comprendía por qué no le gustaban los abogados. De nuevo Paula recorrió con los dedos la veteada madera del escritorio del siglo xvii, como si tuviera que tocarlo para apreciar su valor.

La sensualidad de sus manos seguía distrayéndolo. Pero esto no era una cita; era una investigación criminal. Tomó aire lentamente, y observó la fluida elegancia de sus movimientos. Maldita sea, era hipnótica.

—¿Es así?
Pedro parpadeó.

—Perdone, ¿cómo dice?

—Los empleados, Alfonso. ¿Van con usted de un lado a otro?
Él se aclaró la garganta.

—Algunos, sí. A la mayoría, igual que a Raymond, los tengo todo el año en una casa en particular. Él se queda en mi propiedad de Devon. Hay mucho que mantener en buen estado tanto si estoy allí como si no, y algunos tienen familias y no quieren trasladarse. ¿Por qué?

—Llámeme desconfiada.

—¿De mi personal de servicio?

—No me diga que la policía no le preguntó nada de esto —dijo Paula, mirándolo por encima del hombro antes de desplazarse hasta el armario de la porcelana.

—Sí, lo hicieron. Sin embargo, ninguno de mis empleados encajaba con su descripción, y seguían concentrados en encontrarla.
Ella dejó escapar un suspiro.

—Ah, bueno. Para mi información, entonces, ¿cuántos de entre su personal sabían que regresaba a Buenos Aires antes de lo previsto?

—Solo la tripulación del avión, mi chófer, Alex, y el mayordomo, Reinaldo. Me hospedé en un hotel en Roma, para no tener que informar a nadie de adónde iba. Pero no fue nadie de mi personal.

—¿Qué hay de sus familiares?

—No.

—Bueno, yo no fui. ¿Qué me dices de amigos… personales en Roma?

—¿Se refieres a si tengo una “amiga” en Roma?

Él creyó que el rubor subía a sus mejillas, pero con el rostro de perfil no pudo estar seguro. Aquello lo sorprendió. Parecía tan mundana y capaz, sin embargo, tenía la capacidad de sonrojarse.

—Claro. ¿La tiene?



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HOLA!!! Ténganme paciencia con el tema de igualar el largo de cada capítulo jajajaja Espero que les guste :)
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GRACIAS

lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 17

Viernes, 4:33 p.m.

—No pienso subir a ese auto con usted. —Mientras estaban parados en la puerta de la tienda, Paula se dio cuenta de lo equivocada que había estado al pensar que Alfonso le resultaría menos atractivo a la luz del día y con testigos.

—Es una limusina —corrigió Pedro—, y no pretendo secuestrarla.

—Preferiría encontrarme con usted en su casa, cuando anochezca. —Aquello tenía más sentido para ella. Entraría y saldría a su modo, y tendría un poco de control sobre cuánto se involucraba en esto—. Ya conozco el camino.

—No va a entrometerse en mi casa otra vez. Y no la imagino pasando por delante de la policía en la reja de entrada.

—Me encantaría verlo —contestó Hernán.

Ella le sonrió con satisfacción, sin tener que fingir irritación mientras ellos seguían discutiendo en el Microcentro. Por marcado que fuera el instinto que le impulsaba a desear no estar al descubierto, no pensaba comprometer sus normas. Y, teniendo en cuenta que el calor masculino que emanaba Alfonso estaba haciendo que se le secara la boca, no cabía la menor duda de que necesitaba mantener un poco de distancia… y de perspectiva. Obviamente, ya no era la única cazadora involucrada.

—Todas mis posesiones terrenales están a unas dos cuadras de aquí. No voy a dejarlas ahí.
Alfonso comenzó a decir algo, pero luego cerró la boca de nuevo.

—¿Todas sus posesiones? —repitió un momento después, y ella sintió que lo había sorprendido. Posiblemente, la idea de que alguien fuera capaz de contar sus posesiones, mucho menos transportarlas en una bolsa, lo dejaba perplejo.

—Me temo que sí. —No era del todo cierto, ya que tenía un almacén alquilado a las afueras de la ciudad, alguno que otro refugio aquí y allá, y una considerable cuenta bancaria en Suiza, pero eso no era asunto suyo. Todo lo que necesitaba para subsistir día a día estaba en la maletera de su auto.

—Nos acercaremos a recogerlas.
Paula decididamente comenzaba a sentirse más la presa que el depredador, y eso no le gustaba para nada. Esta asociación había sido idea suya, no de él.

—Nada de eso —soltó—. Iré a su casa en mi propio auto u olvídese. No es necesario que me haga favores.

—Quiero hacerle favores —insistió Pedro, su cálida voz estaba ligeramente teñida de irritación.

—La gente no lo contradice con frecuencia, ¿no? —preguntó.

—No, no lo hacen.

—Acostúmbrese—repuso, sin tener la menor intención de ceder la posición de mando. Era posible que pudiera seguir al mando más tarde, pero con Alfonso quería establecer algunas reglas.

—¿Por qué no se limita a cooperar y agradecer que no llamamos a la policía, señorita Romero? —murmuró el abogado con los brazos cruzados. Recostado contra el lateral de la limusina, parecía un mafioso.

—¿No tiene alguna ambulancia que perseguir? —replicó, contenta de no tener que poner en práctica ninguno de sus encantos con el abogado—. ¿O tiene que estar disponible para limpiarle el culo a Alfonso?

—Yo me limpio solo, gracias —interpuso Pedro con suavidad—. Entre al auto.

—Yo…

—No pienso seguir discutiendo. En este momento está libre porque no he llamado a la policía. Recogeremos sus cosas y luego volveremos a mi casa e iremos al grano. Es todo lo flexible que estoy dispuesto a ser, preciosa.

Por un momento quiso preguntarle qué clase de asunto tenía en mente, pero, dadas las circunstancias, no le pareció prudente. Tenía razón en cuanto a tener ventaja. Aunque no había llamado a la policía, cuanto más tiempo estuvieran en Microcentro, más posibilidades había de que acabara esposada.

—De acuerdo.

—Entonces vámonos—dijo el abogado, su expresión se ensombreció cuando miró más allá de ellos—. A menos que quieras utilizar las noticias de las seis para invitar a Drácula o Hannibal a cenar.

Paula miró sobre su hombro, entornando los ojos contra el resplandor del sol. La imagen de una multitud de reporteros acercándose apresuradamente en su dirección la hizo gruñir. Sin molestarse en esperar a que alguien le abriera la puerta de la limusina, lo hizo ella misma y saltó adentro. «Nada de fotos. Jamás.» Una foto significaba que estas etiquetada, recordada y olvidada a conveniencia.

—Vamos —ordenó ella, deslizándose al centro del asiento, lejos de las ventanas.

—Y yo que creía que odiaba a la prensa —comentó Alfonso, sentándose a su lado.

Hernán ocupó el asiento contrario, y la limusina se internó velozmente con un ruido sordo entre el ligero tráfico. Paula no dejó salir el aire hasta que pasaron la última camioneta de prensa.

—¿Nos seguirán?

—Claro que sí. Imagino que ahora mismo tenemos por lo un séquito de camionetas siguiéndonos los pasos.
Ella frunció el ceño.

—Entonces, olvídese de mi carro. Después volveré por él.

—Mandaré a alguien a que lo recoja. ¿Con eso se sentirá más tranquila?

—Me sentiré mejor si soy la única que sabe dónde está.

—Está nerviosa, ¿no es así? —dijo el abogado, sacando una botella de agua de una refrigeradora empotrada bajo el asiento. No le ofreció una a ella.

—¿Lo persigue la policía? —respondió ella.

—No.

—Entonces cierre el pico.
Alfonso hizo caso omiso al intercambio de palabras, accionando en cambio el botón del pequeño panel de la puerta.

—Alex, llévanos a casa, por favor.

—Sí, señor.

Paula, con la mandíbula apretada con una combinación nauseabunda de nerviosismo, irritación y adrenalina, observó a Hernán levantar la botella y tomar un largo trago, las gotitas condensadas bajaron por su pulgar y gotearon sobre su corbata.

—¿Hay de ésas para todos, o él es especial?
Con lo que sonó una risita contenida, Pedro se inclinó para coger otra botella fría y se la entregó.

—Él es especial, pero aquí tiene.

—Me alegra que te diviertas, Pedro —farfulló Hernán—. Esto no era lo que imaginé cuando dijiste que querías su ayuda. En ese momento pensaba más en una llamada o dos… no en invitar al lobo al gallinero.

—Todas las gallinas de Alfonso están a salvo —contestó Paula—. ¿De verdad tiene que estar aquí? —Se giró hacia Pedro, quien la estaba observando con esa divertida expresión tan atractiva en su rostro.

—Por ahora, sí.

—Genial. —Había pretendido sonar más irritada, pero ningún hombre tenía derecho a tener un aspecto tan increíble tres días después de que una bomba hubiera estado a punto de hacerle volar en pedazos. Se incrementaron sus dudas sobre todo este asunto, y trató de ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago con un trago de agua. «¿Incertidumbre o deseo, Paula?» Con las ardientes vibraciones que rebotaban entre ambos, tenía una idea muy clara de qué se trataba.

—¿Qué le hizo cambiar de opinión sobre mí? —insistió.

—La curiosidad. —Se acomodó, igual de tranquilo y relajado con su caro traje azul como lo había parecido la noche anterior en jena y descalzo—. Así que, Paula, ¿tiene idea de quién podría haberse llevado la tablilla de piedra y colocado la bomba?
Paula se quedó petrificada con la botella casi rozándole los labios.

—¿La tablilla ha desaparecido?
Él asintió.

—¿Decepcionada?
Se lo merecía, supuso ella, y dejó pasar el comentario.

—Eso lo cambia todo. —Miró la expresión cínica del abogado con el ceño fruncido, tomó un poco más de agua y maldijo a Ian en silencio unas cuantas veces más. Y a quienquiera que lo hubiera contratado. Eso era lo que tenía que descubrir—. Cambia el propósito del delito. No cambia nada respecto a mí. Retomando esta cuestión, Alfonso, ¿sabe ya cómo va a ayudarme?

—Se me ocurren un par de ideas. Pero, a cambio, espero su ayuda. No le daré algo a cambio de nada. No es así como hago negocios.

—Yo, tampoco.

En realidad, sacar algo a cambio de nada era precisamente el modo en que prefería hacer negocios. Pero esto era cualquier cosa menos negocios. Todo cuanto había aprendido en la vida le decía a gritos que no podía confiar en él, que no podía confiar en nadie. Su libertad y su vida eran su responsabilidad. Sí, imaginaba casi con toda seguridad quién se había llevado la tablilla y, con toda probabilidad, colocado la bomba. Ian no iba a confesar, y ella no iba a delatarlo. No tenía ningún problema con acusar al jefe de Ian, pero necesitaba tiempo para encontrar al culpable antes de que la policía la encontrara a ella. Por tanto, había respondido a la invitación televisada de Alfonso, y ahora iba trepada en su limusina.
Pedro asintió, lanzándole una mirada.

—Todos nos esforzaremos por cooperar.

—Yo cumpliré con mi parte, pero me reservo el derecho de protestar y recordarte en un futuro eso de «ya te lo dije» —dijo Hernán, calmándose nuevamente con un poco de agua.

—Wow, cuanta ayuda —apuntó Paula.

—No tendría que decirlo si usted no hubiera forzado la entrada, señorita Buenos Modales.

—Pero seguiría teniendo un robo y una explosión, Harvard. Y a nadie que lo ayudara a descubrirlo.

—Yale. Y usted…

—Bueno paren, niños —interrumpió Alfonso—, no me obliguen a detener el auto.

Paula se recostó, y sonrió al abogado con gozo. Su padre debía de estar revolcándose en su tumba en ese preciso instante. Su hija iba en una limusina con un abogado y uno de los hombres más ricos del mundo. Sabía con exactitud lo que habría hecho su padre con esa oportunidad… robar a Pedro Alfonso sin pestañear y sin pensárselo dos veces. Sin embargo, esas ideas fueron la causa de que su padre pasara los últimos cinco años de su vida en la cárcel. Ella había aprendido a contenerse y a ser paciente, aun cuando él no lo era. Mirando nuevamente a Alfonso, decidió que lo de la contención iba a resultarle muy útil.


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HOLA!!! No se si lo habrán notado pero este capítulo fue bastante más largo que los demás ya que Sil lo comentó ayer :) 
Y también espero que disfruten de la relación de Paula y Hernán que la verdad que a mi me divierten bastante
¡Comenten por favor!
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domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 16

—Sé a qué se refería. Usted me llamó, así que, ¿qué sucede? —Levantó la mirada, dirigiéndola por encima del hombro de Pedro—. Y manténgalo lejos de mí.

—Hernán, anda a mirar algo —le ordenó, sintiendo a su amigo pegarse a su espalda.

—Estoy mirando algo. Señorita Romero, imagino.

—Hernán Paz, abogado en leyes. No me gustan los abogados.

—Y a mí no me gustan los asesinos ni los ladrones.

—Hernán, retrocede —exigió Pedro, mientras miraba la cara y delicada porcelana que los rodeaba—. Yo le pedí que se reuniera aquí con nosotros.

—Claro, y…

—Sí, lo hizo —medió ella, su mirada volvió a él, como si hubiera evaluado y olvidado a Hernán—. Y vuelvo a preguntarle, ¿porqué?

—Cambié de parecer —dijo, rodeando la esquina del mostrador para acercarse a ella.
Por primera vez, ella pareció sorprendida.

—¿Por qué?

—¿Tengo que explicar mi razonamiento?

—Sí, creo que tiene que hacerlo.

La vendedora que atendía a Pedro, sintiendo posiblemente su cambio de interés, se acercó de nuevo a él, y la señorita Romero se alejó al siguiente mostrador junto con su propia vendedora. A regañadientes y deseando que la mujer fuera igual de fácil de obtener que una Meissen, Pedro señaló el objeto más cercano una jarrita para servir leche sobre un pequeño pedestal.

—Por supuesto, señor Alfonso.

—Creí que la cabra y la pastora eran más de su gusto.
Pedro fingió ignorar el comentario en voz baja de la señorita Romero.

—Hernán, encárgate de eso.

—Nada de e…

—No voy a ir a ninguna parte. Y te contaré todo lo que hablemos —mintió—. Dame cinco minutos para hablar con ella, ¿quieres?

—Después de mirarla —murmuró Hernán—, ya veo por qué estás interesado, pero asegúrate de que estás pensando con la parte correcta de tu cuerpo.

—No eres mi papá. —Pedro se acercó lentamente a ella mientras ésta pasaba el dedo por una de las piezas más recientes—. Anoche planteó algo muy interesante —dijo en voz baja, preguntándose si ella había logrado meter alguna de las figuritas más pequeñas en su bolso Gucci. «Desear, adquirir, poseer.» No eran tan diferentes, y la idea lo hizo pensar. Acarició el brazo de ella con el dorso de la mano—. Acerca de que no fue quien trató de hacerme volar por los aires —prosiguió en voz queda—, y acerca de que su punto de vista es probablemente más útil que el de un detective.
Pareció que ella tuvo que pensar en aquello durante un momento.

—Así que se asegurará de que no me acusen de asesinato.

—Haré todo lo que pueda.

—¿Y hará las llamadas de teléfono y cualquier otra cosa permanente para sacarme de este lío?

—Lo que sea necesario —convino.

—Y no me entregará por robo.

—En realidad no me robó nada. —Examinó su rostro mientras ella movía nerviosamente los labios—. ¿Verdad?

—No si no lo ha notado.

Otra vez su macabro sentido del humor, aunque no le divirtiera particularmente. Estaban pidiendo mucho el uno del otro y dado que ella había asistido a su cita, Pedro imaginaba que era él quien debía dar el siguiente paso.

—Tiene que confiar en mí —propuso—, y yo necesito poder confiar en usted. Cuando esto acabe, no quiero que nada más desaparezca de mi casa. ¿Queda claro, señorita Romero?

Por primera vez esa tarde, ella lo miró a la cara, sus ojos le indicaron cuánto le había costado ya esta visita al tiempo que lo evaluaba tanto a él como sus palabras.

—Paula —dijo casi en un susurro—. Le diré mi apellido cuando decida que puedo confiar en usted.
Pedro le tendió la mano.

—Encantado de conocerla, Paula.

Tomó aire con fuerza, alargó el brazo y le estrechó la mano. El contacto hizo que cierto calor se extendiera por toda su columna. Fuera lo que fuese esta asociación, no era sencilla.



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sábado, 22 de marzo de 2014

Capítulo 15

—¿Esta pieza, entonces, señor Alfonso? —sugirió la atentísima vendedora de la tienda, arreglándosela para volverse muy sugerente, señalar y mostrar su escote al mismo tiempo—. A juzgar por su descripción, ésta podría gustarle más.

Pedro miró hacia la puerta, como había hecho a cada momento durante los últimos doce minutos. Habían dado su pequeña pista en las noticias al menos una docena de veces esa mañana; si la señorita Romero estaba cerca del televisor, lo habría visto. Si lo había visto, captaría el mensaje que le había enviado. Y aparecería, tal como él le había pedido. Tomó aire y volvió a centrar su atención en el par de candelabros de vivo color de la pared, de alrededor de 1870.

—Nada que vaya a la pared, por favor. Quiero algo para exponer sobre una mesa.

—Por supuesto, señor. Por aquí, entonces. Acabamos de adquirir algunas hermosas piezas del siglo xviii de una propiedad en Estrasburgo.

Pedro la siguió después de dar otra mirada fugaz hacia la entrada. Llegaba tarde. No estaba acostumbrado a perder el tiempo sin hacer nada, y no le gustaba. Cuando fijaba una cita con alguien, esperaba que llegara a tiempo o, mejor aún, pronto. Su tiempo valía oro.

No cabía duda de que la vendedora de la tienda se daba cuenta de eso. El cartel de la puerta que decía sólo mediante cita previa no había impedido que hicieran negocios. No había sido impedimento para que ella escribiera su número personal en el reverso de su tarjeta, y no impediría que le metiera la tarjeta en su cartera si realizaba una compra.

Hernán se quedó unos pasos por detrás, haciendo caso omiso de las delicadas porcelanas y concentrándose en cambio en los vendedores y otros clientes. El oficio de guardaespaldas parecía un trabajo extraño para un abogado de la reputación y el prestigio de Paz, pero Pedro había aprendido el valor y la rareza de la verdadera amistad. Si pisarle los talones esta tarde le proporcionaba a Hernán cierta sensación de control, Pedro no tenía ningún problema con ello… siempre y cuando el abogado no se metiera.

—¿Cuánto cobran por estas cosas? —preguntó Hernán, relajándose lo suficiente como para mirar atentamente un pequeño jarrón.

—La mayoría están en cinco dígitos, creo.

—¿Crees? Tú conoces el precio de todo, Pedro.

—Te dije que no las colecciono.

—Pero…

—Por eso escogí Meissen, porque la señorita Romero sabría que no tengo ninguna en la galería.

—Tienes un montón de arte y antigüedades, Pedro. ¿Cómo se supone que ella va a saber que éstas son las únicas cosas que no coleccionas?

Mientras la vendedora lo observaba esperanzadamente, Pedro fingió estar interesado en una figurita pastoral que representaba a una muchacha con una cabra.

—Ése no es el tema, y no son lo único que no colecciono. Creo que algunos tienen un gran interés por los superhéroes, por ejemplo. Tampoco colecciono esos.

—Igual, los más antiguos eran mejores cuando tenían pelo natural.

Pedro se quedó inmóvil, una sensación eléctrica le recorrió desde el cuero cabelludo hasta su entrepierna. Volteo la cabeza para ver a la mujer joven que observaba con detenimiento una bandeja rosa para los dulces decorada con un cisne. No le sorprendía no haberla reconocido. Esa tarde encajaba con la galería a la perfección, con un vestido corto de algodón en tonos azul y amarillo que mostraban unas piernas bronceadas, unas sandalias amarillas de taco alto y, del brazo, un bolso blanco que no necesitaba la enorme «G» marcada para proclamar su origen.

La servicial vendedora que merodeaba justo detrás de ella aumentaba el aura de millonaria residente. Por un momento se preguntó si ella era una rica ociosa que robaba por la emoción que representaba hacerlo, pero descartó rápidamente la idea. Su expresión era demasiado vivaz, sus ojos demasiado inquisitivos como para permitir que nadie la incluyera en el grupo de ricos solitarios y retraídos.

—¿Cómo lo hace? —preguntó Pedro en voz igualmente baja.

—¿Lo de los superhéroes? Ah, siempre pueden verse en sus tiendas de antigüedades de categoría inferior, no es que yo compre en esos sitios. —Sin mirarlo aún, ella pasó a la siguiente pieza.

Pedro siguió su ritmo en el lado opuesto del mostrador. Pelo liso, rubio, separado a la altura de los hombros.

—En realidad, me refería a su habilidad para aparecer de la nada.
Sus labios se curvaron hacia arriba.

—Sé a qué se refería. Usted me llamó, así que, ¿qué sucede?




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HOLA!!! Cómo están? Retiro lo dicho de que no voy a subir de a dos capítulos, solo los fines de semana les voy a regalar un capítulo más ya que esta novela es bastante larga y creo que no les dije que son dos temporadas, pero igual esta nove es increíble. COMENTEN por favor, acá o en twitter. @Love_Pauliter.
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Capítulo 14

—Soy un hombre de negocios, Nan. Confío en mi juicio para evaluar personas y situaciones porque siempre me ha dado buen resultado. Sí, lo estoy considerando seriamente.

—Y si decides, hipotéticamente, formar equipo con la señorita Romero, ¿cómo te pondrías en contacto con ella?

—¿Para que puedas contárselo a Torres? Me parece que no, amigo.

—Deja de ser tan tarado.
Pedro enarcó una ceja.

—Como no dejas de decirme en los últimos días, soy tarado.

—Eres mi amigo. Si saltas de un avión, yo voy detrás de ti… pero me llevo el paracaídas de sobra. Mantenme al día y quedará entre nosotros. A menos que esto ponga tu vida en peligro.

—La vida es riesgo. —Con los dedos tamborileando sobre el reposabrazos, Pedro pasó algunos momentos mirando por la ventana. Con súbita brusquedad los árboles y el paisaje daban paso a edificios y luces de tráfico—. ¿Cómo encontraremos a alguien a quien no puede encontrar la policía?

—No sé por qué sientes la necesidad de arriesgar tu pellejo que vale mil millones de dólares. —Hernán, todavía sacudiendo la cabeza, abrió la botella de agua, bebió un trago, y la miró ceñudo como si deseara que fuese un delicioso licor.
En el asiento del conductor, Alex apretó el interfono.

—Señor Alfonso, se acercan más cámaras. ¿Debo utilizar el estacionamiento?

Por delante de ellos, a la derecha, se encontraba la torre iluminada de tres pisos que albergaba el estudio de Paz, Rivas & Asociados en el último piso. Situados frente a las puertas giratorias de metal y cristal de la entrada, una docena de reporteros y equipos de cámara se ponían en guardia como una manada de leones captando el olor de una gacela. Pensando con rapidez, Pedro le devolvió el celular a Hernán.

—No, cuádrate junto a la vereda—. Chófer y abogado le dirigieron la misma mirada. —Sí, estoy seguro —dijo Pedro, enderezándose la corbata.

—Hernán, finge que estás al teléfono, luego pásamelo tan pronto como me detenga a hablar con los buitres. Cerciórate de que tengan los micrófonos apuntados hacia mí.

—De acuerdo. Tú eres el jefe.
Pedro le lanzó una amplia sonrisa.

—Sí, lo soy.

Alex se cuadró en la vereda y salió de su asiento, y con paso veloz rodeó el vehículo para abrir la puerta trasera de pasajeros. Hernán salió primero, en mayor medida porque Pedro le empujó. Dios, odiaba a la prensa. Aparte de su constante, irritante e incisiva presencia, dos años atrás habían hecho más cruel aún un divorcio ya de por sí doloroso. Bien podrían trabajar hoy para él.

—Señor Alfonso, Pedro, ¿puede ponernos al día de sus lesiones?

—¿Fue un intento de asesinato o un robo?

—¿Qué se llevaron de su casa?

—¿Se considera sospechosa a su ex esposa?

Pedro cogió el teléfono que Hernán prácticamente le arrojó mientras caminaban por entre la cacofonía de voces.

—Un momento —dijo, y se llevó el teléfono al oído—. ¿Señorita… Ramos? —comenzó—. Sí, a las cuatro en punto está bien. Haré que Hernán prepare los papeles. Gracias por la ayuda… me viene bien. La veré entonces. —Cortó el teléfono y lo devolvió mientras a su alrededor las voces ganaban volumen—. No soy libre de comentar de modo preciso qué se llevaron de mi casa —prosiguió alzando más la voz—, aunque se rompieron varias piezas antiguas de porcelana de Meissen en la explosión. Estaban entre mis favoritas y lamento su pérdida.

No podía decir más sin alertar a Torres y a toda la policía, pero la señorita Romero parecía excepcionalmente inteligente, y apostaría a que sabía con exactitud qué objetos de arte poseía y dónde los guardaba. Ahora tendría que esperar y ver si estaba en lo cierto.

—Pero ¿puede confirmar o negar que Victoria Alfonso Grecci esté…?

—Discúlpenme, tengo una reunión —interrumpió, esforzándose por no apretar los dientes. Escuchar los apellidos Alfonso y Grecci juntos seguía provocándole deseos de pegarle un puñetazo a alguien. No obstante, una de las pocas cosas que el tribunal concedió a Victoria era el uso del apellido del cual sacaba provecho hacía tres años.

El silencio de la entrada se extendió a su alrededor con el frío del aire acondicionado, maravilloso tras la humedad que había llegado con el alba y la tensión de estar rodeado por la prensa. No pudo evitar sacudirse las mangas e inspeccionarse el cuello en busca de micrófonos ocultos mientras esperaba a que Hernán lo alcanzara.

—¡Por Dios! —exclamó Hernán cuando pasó a empujones por delante de la seguridad y de la puerta giratoria—. Creo que un brazo quedó ahí afuera.

—¿Qué has deducido de mi charla? —preguntó Pedro, su voz resonó levemente mientras continuaban avanzando hacia las puertas del ascensor que se encontraba al fondo de la recepción de elevado techo.

—He entendido lo de Ramos/Romero, que era bastante obvio, y el encuentro a las cuatro en punto. Pero me despistaste con la referencia de la porcelana perdida.

—Perdida, no, de Meissen. Las figuritas antiguas de porcelana Meissen hacen verdadero furor entre algunos coleccionistas. Y resulta que la tienda que aloja la mayor colección del mundo se encuentra aquí mismo, en el centro.

—Ah. Espero que tu señorita Romero sea más lista que yo.
Pedro se encogió de hombros.

—Si no, estaré comprando una Meissen a las cuatro en punto sin razón alguna.

viernes, 21 de marzo de 2014

Capítulo 13

Viernes, 8:27 a.m.
—¿Te entregó Mauro el informe de daños? —preguntó Pedro, acomodándose nuevamente contra el sillón de su limusina.
Hernán subió después de él.

—Claro, de los objetos de los que tiene confirmación. Todavía sigue luchando con el seguro por el valor de la mayoría del material dañado.
El vehículo descendió el largo y serpenteante camino de la entrada y traspasó las rejas abiertas, todavía custodiadas por policías uniformados.

—Ya han pasado tres días. ¿Cuánto tiempo más van a quedarse ahí?

—Supongo que hasta que atrapen a quien colocó la bomba. Me resulta un poco complicado presentar una queja a la policía porque te protegen demasiado bien. Lo que me hace acordar que Torres llamó esta mañana para quejarse de que abandonaste, y cito textualmente, «el área protegida de tu casa, lo que te hace vulnerable a un segundo atentado por parte de un sicario», fin de la cita.

—Ya estoy advertido, no lo demandes si me matan. —Pedro hizo un movimiento con los hombros—. Me voy a tus oficinas para trabajar unas horas. —Dio un vistazo a Hernán—. Por cierto, ¿vas a cobrarme por acompañarme a casa y volver conmigo? Te dije que prefería manejar yo.
Hernán sonrió.

—Estoy en horario, así que cobro por todo.

—En ese caso, olvidé contarte algo que pasó anoche. —Hernán se limitó a mirarlo, de modo que Pedro tomó aire. Podía guardárselo para sí; en realidad, prefería hacer eso. Por otro lado, si le pasaba algo, quería que resolvieran el crimen—. Tuve un visitante. Ella se pasó a verme cuando te fuiste.

—¿Ella, quién? Vas a tener que redondearlo un poco antes de que pueda adivinar, señor soltero codiciado.

—Te dije que no me volvieras a llamar así nunca más.
El abogado resopló.

—Lo siento. ¿Quién pasó por aquí?

—La señorita Romero.
Hernán abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

—Tú… ella… ¿por qué demonios no dijiste algo, Pedro? ¡Maldita sea! —Agarró el celular que llevaba colgado de la correa—. Por esto… —dirigió un dedo en dirección a Pedro mientras marcaba los números con la otra mano—… por esto es por lo que necesitas seguridad privada.

—Cuelga.

—No. Tú y tu maldita tranquilidad. ¿Estuvo en tu casa? ¿Dónde? ¿Te amenazó…?

—No estoy tranquilo. Y no estoy contento. —Pedro le arrebató el teléfono de los dedos a su abogado y lo cerró—. Yo pago este teléfono, tu casa y lo suficiente para que Chris ingresara a la universidad —gruñó—, no hagas que me arrepienta.
La cara de Hernán se enrojeció.

—Tú…

—Confía un poco en mí, Hernán. Ella no es quien trató de matarme. Y contarle a Torres que vino a hacerme una visita no le hará ningún bien a nadie.

—No le hará ningún bien a ella, lo que sería el propósito en cualquier parte menos aquí. —Hernán arrojó la botella de agua que había enganchado contra el asiento contrario—.Suposiciones aparte, ¿cómo sabes que ella no lo hizo?

—Me lo dijo. —Provocar a su abogado le parecía justo, teniendo en cuenta lo molesto que estaba. Este era su problema, y decidiría cómo hacerse cargo de él.

—Dame el teléfono, Pedro. Despídeme si quieres, pero no vas a hacer que te maten estando yo a cargo.

—Qué dramático, pero no estás a cargo. Yo lo estoy. Siempre lo he estado. Ahora cálmate y escucha, o no me doy el trabajo de contarte nada.
Después de escupir unas cuantas palabrotas más, Hernán tomó nuevamente asiento y cruzó los brazos, aún con el color y el temperamento encendidos.

—Te escucho.

—Estuve inconsciente al menos cinco minutos después de que la bomba estallara. En lugar de dejarme allí o rematarme, me arrastró escaleras abajo, arriesgándose a ser descubierta, antes de escapar. Anoche, cuando se coló por la ventana, me lo recordó y después me contó el final de la conversación que tú y yo tuvimos en mi despacho, para demostrarme que también podría haberme matado entonces. Confesó haber ido detrás de la tablilla —sin éxito, por cierto— y de hecho… me pidió ayuda para asegurarse de que la policía sepa que ella no tuvo nada que ver con los explosivos.

—¿Y qué dijiste?

—Dije que no. —Y aquello, había descubierto en medio de su ducha fría, le había preocupado. No porque verla prácticamente le había provocado una erección, sino porque quería encargarse él mismo de esto, y ella había tratado de darle la oportunidad de hacerlo. Pero había sido bajo sus condiciones, de modo que la había rechazado—. Después de eso, me advirtió que tuviera cuidado y me deseó buena suerte, pues quienquiera que colocara la bomba era tan competente como ella a la hora de entrar en la casa, y había logrado entrar de nuevo.

—Y eso es todo.

—Bueno, dando rodeos se ofreció a ayudarme a averiguar quién colocó la bomba si la ayudaba a que retirasen los cargos de asesinato que pesan sobre ella. —También había dicho algunas cosas más, naturalmente, pero pretendía guardárselas para sí mismo. Se agachó a recoger la botella de agua mientras ésta rodaba de nuevo hacia ellos y se la devolvió a Hernán—. Viendo lo que paso, me pregunto si no debería haber aceptado su oferta.

Hernán seguía fulminándole con la mirada, pero cuanto más pensaba en ello, más lamentaba haberla dejado que se esfumara de nuevo en la noche. Bajo su fachada de indiferencia se le veía preocupada y, por alguna razón desconocida, descubrió que podía comprenderla. Y dudaba de que le hubiera ofrecido ayuda si no pudiera dársela. Ella no parecía funcionar de ese modo.

En cierto modo, el mundo de ella era muy similar al suyo, aunque sus oponentes llevaban traje de chaqueta y la mayor parte nadaban en aguas poco profundas a plena luz del día. Si sus circunstancias se invirtieran, habría hecho exactamente lo que ella… acudir a la persona con mayor poder para ver si podía influir en el curso de los acontecimientos. Si cualquiera de las actrices y modelos con las que salía se hubieran encontrado en esta clase de aprieto, habrían agitado las pestañas y apelado a su compasión, esperando que él solucionara las cosas. Sin embargo, la señorita Romero no lo había hecho. Le había propuesto un trato. Al parecer detestaba ceder el control tanto como él.

—¿De verdad estás pensándolo?


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HOLA!!! Cómo están? Acá el capítulo 13 ya. Si les gusta ¡Comenten! 
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jueves, 20 de marzo de 2014

Capítulo 12

Paula tenía que reconocerle a Pedro una cosa. No había hecho sonar la alarma mientras ella salía de su bonita casa, saltaba el muro y se alejaba de sus preciosos jardines.

Había sido una idea insensata. Sólo llevaba dos días escondida y ya estaba arriesgándose de forma estúpida. Naturalmente que no tenía motivo alguno para confiar en ella, mucho menos para querer ayudarla… aunque sospechara quién había fabricado la bomba. No es que tuviera intención alguna de traicionar a Ian… pero bien podría desviar la atención hacia ella. Ahora, sin embargo, se había dejado ver con nitidez, le había facilitado información a él, y por tanto a la policía, de que seguía en la zona y demostrado que podía atravesar incluso su reforzada seguridad con la suficiente facilidad como para haber podido llevar un explosivo en cualquier ocasión.

¿Y qué había obtenido de ese encuentro? Paula frunció los labios. Ya sabía que era guapo, pero a raíz de su pequeño intercambio, él era de sangre caliente y muy atractivo. Era una suerte que coquetear hubiera sido parte de su plan de esta noche, porque no estaba segura de que hubiera sido capaz de evitarlo. Puede que hubieran sido las feromonas o alguna otra cosa, pero pensándolo bien, puede que asociarse con un hombre al que encontraba tan atractivo no hubiera sido una buena idea.

Caminó el kilómetro y medio que le faltaba para llegar hasta el lugar en que había dejado el auto y arrojó sus instrumentos dentro de la maletera. Sin embargo, se detuvo de nuevo cuando se puso tras el volante. «No había hecho sonar la alarma.» Así que creía, al menos, parte de su historia. Ya era algo, suponía, pero ni mucho menos el tipo de ayuda que quería.

Dejando escapar el aliento de golpe para intentar deshacerse de la excitación provocada por la adrenalina que él había encendido, puso en marcha el vehículo. Era el momento de trazar otro plan. En los dos próximos días robaría otro auto, y detestaba hacer eso. Su padre la había acusado en una ocasión de ser escrupulosa, pero habría sido más preciso llamándola esnob. Cualquier vago podía robar un auto. Ella ansiaba la emoción de ir a algún lugar en el que se suponía que no debía estar y de saborear… el tiempo.

Textos antiguos, pinturas de los antiguos maestros, jarrones de la dinastía Ming, monedas romanas, losas de piedra troyanas… todo eso le fascinaba, y también había sido criticada por aquello, por averiguar todo lo que podía sobre un objeto antes de liberarlo. Su padre sólo los había considerado como un medio de hacer dinero, y a sí mismo como a un banquero, transfiriendo fondos de una cuenta a otra y obteniendo beneficios por las molestias que se daba.

Dado que Ian no había sido nada comunicativo, su intención había sido la de preguntar a Alfonso si la tablilla de piedra había desaparecido o bien había sido destruida. Aun así, no es que fuera probable que él se lo hubiera contado en ningún caso. Sin embargo, aquello era importante. En el primer caso, la bomba había sido una distracción; y en el otro, habría sido un arma homicida. Un arma destinada a matarlo. Al apetecible y deseable Pedro Alfonso. El único multimillonario que conocía que andaba descalzo, vestía jeans ajustados y tenía un bonito trasero.
Paula se agitó, poniendo fin a ese curso de pensamiento.

—Basta —susurró mientras encendía la radio. Como mínimo, su grado de distracción después de mantener una sola conversación le indicaba que había hecho lo correcto al salir de allí. ¿Y qué si le proporcionaba su descripción a la policía? Jamás la encontrarían. Ahora solamente tenía que esperar unos cuantos días para que la red oficial se cansara de vigilar para dar con ella y mostrara algunos puntos débiles. Sólo necesitaba uno.

Estaba preocupada por Fabricio, pero él había sobrevivido a trabajar con su menos cauteloso padre, y podía cuidarse sólito. En cuanto a ella, París estaría preciosa en esta época del año, demasiado abarrotada de turistas como para que noten su presencia.

No quería pensar en lo que haría más adelante, cuando quisiera regresar a la Argentina y no pudiera porque aún la buscaban por asesinato e intento de asesinato.

Decidiendo que todavía no había enojado lo suficiente a Ian, lo maldijo unas cuantas veces más. Por supuesto que no se había preocupado más que de sí mismo, ella no le importaba nada. Pero había sido un inepto, y ahora era ella quien tenía que quedarse a aclarar todo ese lío.

Por esa noche, se dirigió de nuevo al interior, hacia Monte Grande, donde su padre tenía uno de sus refugios que ahora le pertenecía a ella. Se trataba de una casa en no muy buen estado y diminuto, pero absolutamente insignificante. A nadie se le ocurriría que un ladrón que se valore fuera a acercarse a menos de un kilómetro y medio de allí.

Las heridas de su hombro y pierna le punzaban. Necesitaba limpiarlas de nuevo con alcohol y arreglar el pegamento allí donde al menos uno de los cortes había comenzado a abrirse. Ya se preocuparía al día siguiente del mañana. Y esa noche se preguntaría por qué seguía irritándole que alguien pudiera tratar de matar a Pedro Alfonso, el único testigo que conocía su implicación en todo aquello.


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Espero que les guste, GRACIAS!!!

miércoles, 19 de marzo de 2014

Capítulo 11

—Está muy segura, ¿no es así? —No iba armada; podría hacer que se descuidara, agarrarla y entregársela a la policía. En cambio, Pedro bebió un trago de coñac.

—Mmm —respondió—. ¿Quién era ése al que ha mandado para que presione a la senadora Becerra? ¿O, mejor dicho, a Bárbara?

Pedro se encontró observando su boca, la suave curva de sus labios. «Concéntrate, maldita sea.» Tomó aire y miró una vez más la ventana. El cristal era grueso, pero no lo suficiente como para impedir que alguien escuchara… o para detener una bala. De modo que una vez más había tenido oportunidad de matarlo y no la había aprovechado. Interesante.

—Era mí abogado. Hernán Paz.

—Abogados. Mis personas preferidas. Ahora, ¿por qué no se acerca hasta el armario un momento? —le sugirió mientras ella se aproximaba. Pareció darse la vuelta, preparada para moverse en cualquier dirección, para reaccionar a cualquier cosa que él pudiera hacer. Pedro lo encontró extrañamente… tentador. La mayoría actuaba a la defensiva si estaba él involucrado. La señorita Romero, al parecer, se consideraba su contrincante.

—Este es mi despacho, señorita Romero. ¿Por qué no me lo pide de mejor manera? Teniendo en cuenta que está desarmada.
La ligera sonrisa reapareció de nuevo en su boca, indicando que no dudaba de poder defenderse de él y que estaba disfrutando enormemente de su encuentro.

—Por favor, muévase, señor Alfonso —le dijo con voz adulona.

Se desplazó a donde ella le indicaba porque quería ver qué pretendía hacer a continuación. Dando un paso adelante, ella pasó sus dedos enguantados por las carpetas y los papeles que había sobre su escritorio.

—Yo tampoco tengo armas escondidas —le dijo él tras un momento, ocultando un punzada de irritación cuando ella invadió el cajón superior de su escritorio.

—Claro que tiene —respondió—. Solamente quiero estar segura de que no estén donde pueda sacarlas con facilidad. —Su mirada contempló su jean gastado.

Tras un momento, retrocedió, indicándole con un gesto que todo estaba despejado. Él volvió a su escritorio, y se apoyó contra el borde. Si hubiera mirado el armario que se encontraba a su espalda, habría encontrado un 44, pero indudablemente pensaba que podía salir de allí antes de que él pudiera llegar a cualquier cosa que hubiera guardado bajo llave.

—De acuerdo, digamos que acepto que no está aquí para matarme —dijo—. ¿Por qué está aquí entonces, señorita Romero?
Ella dudó por primera vez, una arruga apareció entre sus delicadas cejas curvadas.

—Para pedirle su ayuda.
Y él que había pensado que ya nada podría sorprenderlo esa noche.

—Perdón, ¿cómo dice?

—Me parece que sabe que no intenté matarlo la otra noche. Lo único que pretendía era llevarme su tablilla troyana, y no me disculparé por eso. Pero el robo está sujeto a la ley de prescripción. El asesinato, no. —Se aclaró la garganta—. No mataría a nadie.

—Entonces entréguese y dígaselo a la policía.
Ella resopló.

—Ni loca. Puede que me haya quedado sin la tablilla, pero la ley no me ampara.
Pedro se cruzó de brazos. Ella no se había llevado la tablilla. Su curiosidad aumentaba por momentos… y no lo convenía contarle que otro se la había llevado.

—Así que has robado otras cosas. ¿A otra gente, aparte de a mí, imagino?

Cuando ella miró hacia la ventana, su suave expresión de «a quién le importa» cambió un poco. Era una pose, comprendió. A pesar de parecer imperturbable, debía de estar desesperada para presentarse esa noche de improviso ante él. Si no hubiera estado tan acostumbrado a observar a la gente en busca de puntos débiles, jamás lo habría visto. Era buena en lo que hacía, obviamente, pero ese momento de vulnerabilidad captó su atención… y su interés.

—Le salvé la vida —dijo finalmente, su imperturbable máscara de nuevo en su sitio—, así que me debe un favor. Dígale, a la policía, a la prensa, a todos que no maté al guardia, y que no intenté matarlo a usted. Ya me ocuparé de lo demás yo misma.

—Entiendo. —Pedro no estaba seguro de si se sentía más intrigado o irritado por el hecho de que ella esperara que él hiciera desaparecer su error—. Quiere que arregle las cosas para que pueda salir de esto sin consecuencias, porque, a pesar de que sí se ha portado mal en otro lugar, aquí no tuvo éxito.

—Soy mala en todas partes —replicó, con una leve sonrisa que hizo que Pedro se preguntara, momentáneamente, hasta dónde llegaría en su búsqueda por verse absuelta de todo mal—. Acúseme de intento de robo. Pero absuélvame de asesinato.

—No. —Quería respuestas, pero a su modo. Y no por medio de algún tipo de compromiso, por fascinante que hiciera parecer la idea.
Ella lo miró directamente a los ojos por un instante, luego asintió.

—Tenía que intentarlo. Sin embargo, podría tener en consideración que si no fui yo quien puso esa bomba, otro lo hizo. Alguien que tiene más experiencia que yo para entrar en los sitios. Y soy buena. Muy buena.

—Estoy seguro de que lo es. —La observó durante otro momento, preguntándose cómo sería con toda esa energía desatada. Definitivamente sabía exactamente cómo sacarlo de sus casillas, y quería hacer lo mismo con ella—. Admito que puede tener algo que me interesa adquirir —dijo pausadamente—, pero no son sus teorías o su petición de ayuda.
Volviendo a su posición bajo la ventana, estiró el brazo hacia abajo. El extremo de una larga cuerda cayó dentro de la habitación.

—Señor Alfonso, yo nunca doy algo a cambio de nada.
Él descubrió que no estaba preparado para dejarla marchar.

—Tal vez podamos negociar.
Ella soltó la cuerda, acercándose a él con unos andares que se asemejaban en parte a los de Catwoman, y muy seductores.

—Ya lo sugerí, y usted lo ha rechazado. Pero tenga cuidado. Alguien lo quiere muerto. Y no tiene ni idea de cuánto puede acercarse a usted alguien como yo sin que ni siquiera se entere —murmuró, alzando el rostro hacía el de él.
«¡Santo Dios!» Esa mujer prácticamente lanzaba chispas. Pedro podía sentir cómo se le erizaba el vello de los brazos.

—Lo sabría —respondió con el mismo tono de voz grave, acercándose lentamente un paso, retándola a dar el siguiente. Si lo daba, iba a tocarla. Deseaba tocarla desesperadamente. El calor que emanaba su cuerpo era casi palpable.
Ella se quedó donde estaba, sus labios a un suspiro de los suyos, después esbozó otra fugaz sonrisa y se alejó para asir la cuerda de nuevo.

—Así que no se sorprendió esta noche, ¿no? —Con fluida coordinación de brazos y piernas, ascendió a través de la claraboya—. Vigile su espalda, Alfonso. Si no va a ayudarme, no pienso ayudarlo.

—¿Ayudarme?
Ella se desvaneció y, seguidamente, asomó la cabeza en la habitación.

—Sé cosas que los policías jamás sabrían cómo descubrir. Buenas noches, Alfonso. —La señorita Romero le lanzó un beso—. Que duerma bien.
Pedro dio un paso adelante para mirar hacia arriba, pero ella ya había desaparecido.

—Me sorprendí —reconoció, tomando otro trago de coñac—. Y ahora necesito una ducha fría.



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HOLA!!! Espero que estén bien, por ahora no voy a subir dos capítulos seguidos, pero más adelante hago una maratón :) ¡Comenten!
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martes, 18 de marzo de 2014

Capítulo 10

Jueves, 9:08 a.m.
—Esto es absurdo —dijo Pedro, al colgar el teléfono después de su conversación con el jefe de Policías—. Han pasado dos días y siguen diciendo que tienen algunas pistas, pero nada que puedan contarme.

—Lo cual sería cierto. —Hernán observó a Pedro pasearse desde el extremo más distante del escritorio.

—Salvo que tienen a Fabricio Zunino bajo vigilancia. —Pedro dio un vistazo al fax que Hernán había traído con él—. Y una casa que han comenzado a buscar esta tarde. A mí me parece que eso es significativo.

—Es algo. Pero, dado que la casa es propiedad de una tal Juanita Perez que, al parecer, murió en 1977, supongo que no están muy seguros de lo que sucede.

—Quiero ir ahí —dijo Alfonso—. A esa casa. —Se fue hasta el armarito de los licores en busca de un coñac al tiempo que se frotaba la sien. El doctor Linares le había dicho que posiblemente tuviera una conmoción cerebral leve, pero imaginaba que a estas alturas el dolor de cabeza se debía en igual medida a la frustración.

—No puedes. Todavía no estamos al tanto de eso de modo oficial. Y, por el momento, sólo puedo presionar, Pedro, aun utilizando tu nombre.

—Odio no saber qué está pasando. Y, a pesar de lo que piensen los demás, ella no actuó…

—¿… no actuó como una asesina? Eso ya lo has dicho… pero tu trabajo no es decidir eso. —Hernán se aclaró la garganta, descruzó sus piernas y se puso en pie—. Me preocupa más que la policía quiera que te quedes en Buenos Aires. —El ceño de Pedro le hizo esbozar una sonrisa—. Quiero decir que me gusta tenerte aquí pero mantenerte en un lugar mientras las cosas explotan no hace que me sienta tranquilo.

—A mí tampoco.

—¡Ja! A ti te encanta estar metido en medio de todo este problemón.
Pedro lo miró.

—Cierto o no, me gustan las resoluciones. Anda a hacer algo constructivo, ¿quieres?
Hdrnán hizo una reverencia verdaderamente espantosa.

—Sí, su majestad. Me iré a mi oficina y le haré otra llamada a la senadora Becerra. Puede que si le meto prisa, consiga algo.

—Sí, presiona a Barbara, o lo haré yo.

—No, no lo harás porque estás escondiendo tus intenciones y ayudando a la policía en este asunto. Yo soy el abogado. Se supone que tengo que ser desagradable.

Hernán se marchó, y cerró la puerta al salir. Pero Pedro siguió paseándose de un lado a otro. Odiaba que lo manipularan, aun si se trataba de un amigo como lo era Hernán. Las estupideces que escuchaba del departamento de policía resultaban simplemente insultantes.

Suponía que se le podría considerar sospechoso según la extraordinariamente inteligente imaginación de alguien, pero, en realidad, era probable que quisieran que se quedara en Buenos Aires porque su presencia mantendría a los medios interesados y convencería a las autoridades de seguir pagando las horas extras a los investigadores. Mientras que aquello sirviera para que alguien localizara a la señorita Romero, aguantaría estar en el ojo público… por ahora.

Se dispuso a tomar otro trago de coñac pero se detuvo cuando la ventana situada en el centro del techo vibró y se abrió. Con una elegante voltereta que parecía mucho más fácil de lo que debía ser, una mujer se introdujo en su oficina. La mujer, advirtió, dando un paso atrás de modo reflexivo.

—Gracias por deshacerse de su compañía —dijo con voz grave—. Me estaban dando calambres allá arriba.

—Señorita Romero.
Ella asintió, manteniendo sus ojos clavados en él, caminó hasta la puerta y cerró con pestillo.

—¿Está seguro de que es usted Pedro Alfonso? Creí que dormía con un traje de marca, pero anteanoche no tenía puesto más que un pantalón de buzo, y esta noche… —Lo miró lentamente de arriba abajo—… tiene una camiseta y un jean, y está descalzo.
Los músculos que cruzaban su abdomen se contrajeron, y no debido al temor, advirtió con interés.

—El traje está en la tintorería. —Las manos enguantadas de la mujer estaban vacías, igual que lo habían estado la otra noche, y esta vez ni siquiera llevaba una pistola de pintura o una mochila. Vestía nuevamente de negro… zapatos negros, un apretado pantalón negro y un polo negro que se moldeaba a sus curvas.
Ella frunció los labios.

—¿Convencido de que no llevo un arma escondida?

—De llevarla, no se me ocurre dónde podría hacerlo —contestó, guiando la mirada por todo su cuerpo.

—Gracias por darse cuenta de eso.

—De hecho —prosiguió Peter—, parece que va un tanto ligera de ropa comparada con la otra noche. Pero me gusta el gorra. Muy elegante.
Ella le regaló una amplia sonrisa.

—Es la mejor forma de mantenerme el pelo largo recogido y apartado de la cara.

—Correctamente apuntado para mi informe policial —dijo, su mente seguía considerando la intrigante idea de dónde podría llevar un arma escondida—. A menos que esté aquí para matarme, en cuyo caso supongo que da lo mismo de qué color sea su pelo.

—Si estuviera aquí para matarlo —replicó en un tono de voz suave y sosegado, mientras lanzaba una mirada al escritorio por encima del hombro de él—, estaría muerto.

—Está muy segura, ¿no es así?


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Si si si, soy re mala... pero se acabó la espera!!! Ahora si arranca con todo. ¡Comenten!
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lunes, 17 de marzo de 2014

Capítulo 9

—Paula Chaves —respondió una voz masculina—. Así que aquí es donde te escondías.
El corazón le dio un vuelco, luego comenzó a latir de nuevo. «Como si no tuviera ya suficientes problemas.»

—Ian Díaz. No me escondo, ¿y cómo demonios has conseguido mi teléfono?
Él resopló burlón.

—Conozco mi trabajo, querida. Y no te metas. Es peligroso.

Una sirena llegó a sus oídos a unas cuadras de distancia, luego dejó de escucharse. Se le erizó el vello de la nuca y Paula apartó la cortina de encaje para echar un vistazo a la calle a través de la pequeña ventana de la cocina. Nada, aunque lo oportuno de la llamada telefónica se había vuelto súbitamente muy interesante.

—¡Eres tú quien estuvo en casa de Alfonso! ¡Casi me matas!

—No esperaba que aceptaras un trabajo como ése. Demasiado complicado, ya sabes.

—Bueno, que te jodan, que ri do. —Frunció el ceño cuando se le ocurrió otra idea—. ¿Cómo sabías que fui yo quien estuvo allí?
Ian bufó de nuevo.


—No me insultes. Cualquier otro estaría muerto. Incluso siendo tú, estuvo muy cerca, ¿no? Además, intento hacerte un favor.

—Un fav…
Captó otra sirena que cesó de repente, en lugar de convertirse en el típico rugido grave y resonante al detenerse el auto.

—Demonios. Tengo que irme. Ian, si me denuncias a la policía, eres hombre muerto.

—Jamás llamo a la policía. Esto es una mierda. Vete, Paula. Me encargaré de todo.

—Claro, está bien. —Colgó el teléfono mientras en su cabeza revoloteaban las posibilidades sobre quién podría haberse ido de lengua y por qué. Fue corriendo a su dormitorio, agarró la mochila que siempre guardaba debajo de la cama, y se entró de nuevo a su sala de estar. La computadora seguía allí, preguntándole si deseaba subscribirse o no, por el módico precio de 12.95 al año, al boletín de noticias dedicado a seguir la vida privada y los negocios de Pedro Alfonso.

Arrancó el enchufe de la pared, quitó la carcasa del CPU y sacó cada tarjeta y cable que no estaban soldados. Los metió en la mochila, destrozó a patadas el resto de la unidad y, a continuación, se tomó otro minuto para comprobar las ventanas alrededor del perímetro de la casa. Parecía despejado, y se escabulló por la puerta de atrás. Saltó el cerco de su vecino y, a continuación, subió al techo de la señora Funes, mientras se estremecía de dolor provocado por el movimiento que tiraba de la herida de su muslo. Finalmente, echó a correr.

Había dejado su Honda estacionado a dos cuadras de distancia en el supermercado del barrio, y llegó a él justo cuando un escuadrón de la policía, seguido por uno de las noticias, pisaban sus talones en dirección a su casa. Su ex casa. Puso en marcha el auto, y manejó otros dos kilómetros y medio antes de introducirse en un terreno repleto de hamburgueserías, pizzerías y parrillas. La cabina telefónica funcionaba, aunque no daba fe de su higiene. Introdujo una moneda, y marcó el número de Fabricio.

—¿Sí?

—¿Fabricio? —dijo agudizando la voz—. ¿Está Fabricio allí?
Ella escuchó suspirar.

—Mire, señora, ya le he dicho que aquí no vive ningún Jorge. No está aquí. ¿Entiende?

—Entiendo. —Cuando colgó el teléfono le temblaban las manos, y se las agarró. Habían encontrado Fabricio, o, al menos, lo estaban vigilando. De cerca. Lo que significaba que probablemente tratarían de rastrear la llamada. Maldiciendo, volvió velozmente al auto. ¿Cómo había encontrado tan rápidamente su rastro la policía? Sabía que no había dejado huellas, y que, incluso si Alfonso hubiera logrado dar una buena descripción de ella, no tenían nada con qué compararla. Le creía a Ian cuando le decía que no la había entregado… ése no era su estilo. Sin embargo, la llegada de la policía tampoco lo había sorprendido. Alguien se había ido de lengua, y los habían implicado tanto a ella como a Fabricio. Entrecerró los ojos. Nadie le tomaba el pelo. Nadie que no acabara lamentándolo después.

Esto estaba fuera de control. A la gente rica le robaban cosas a todas horas. Motivo por el cual habían inventado los seguros. No obstante, lo que la gente rica no tenía era gente que tratara de hacer volar por los aires su casa, y puede que incluso a ellos. Maldito Ian. Recordaba el rostro de Alfonso cuando impactó con él, la expresión asustada que había reemplazado la leve diversión en sus ojos. Tenía que saber que ella no había tratado de matarlo. Todo lo contrario. Le había salvado la vida.

El corazón de Paula dio un vuelco. Por lo que sabía, él era el único testigo que la involucraba en todo aquello. Ian podría haber dicho que se encargaría de todo, pero, según su experiencia, eso significaba únicamente las cosas que a él le importaban. Si éste seguía con su rutina habitual, desaparecería durante algunas semanas y aparecería para contar sus ganancias. Lo que estaba bien, salvo que la dejaba a ella con un montón de problemas. Y por eso necesitaba a Alfonso. Tenía que convencerlo de que era inocente… o relativamente inocente, en cualquier caso. Alguien tenía que cargar con la culpa por ese fracaso, y Paula no tenía la menor intención de ser ella quien lo hiciera. Parecía que, después de todo, tendría que escalar el muro para entrar.


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domingo, 16 de marzo de 2014

Capítulo 8

—También la policía. Ya sabes cómo odian que un hombre de negocios haya estado a punto de volar por los aires.
Pedro descartó aquello con un movimiento de su mano. Las manipulaciones de la policía, por poco que le gustaran, no le interesaban en ese momento.

—Me tienen sin cuidado lo que haga el resto. Alguien entró en mi casa, mató a alguien que trabajaba para mí y robó algo que me pertenece. Y «culpable» o «no culpable» no responde ni por lo más remoto a las preguntas que quiero formular.
Hernán suspiró.

—Claro, muy bien. Voy a ver si puedo averiguar qué tan cerca estás de atraparla. —Sacudió la cabeza—. Pero cuando nos arresten por interferir en una investigación policial, no pienso defenderte.

—Si nos arrestan, sencillamente te despediré por hacer un trabajo torpe. —Sonriendo, Pedro alargó la mano hasta el teléfono—. Ahora ándate. Tengo trabajo.


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«Dos días.» Paula se repantigó en los cojines de su sillón y cambió de canal con el control remoto. Odiaba estar sentada de brazos cruzados en el mejor de los casos, y aquello se alejaba mucho de eso. Con todo, los medios de comunicación no iban a dejar de lado la historia. Y mientras no se cansaran, ella no podía dedicarse a otra cosa.

Por ahora se habían quedado sin información nueva, y por eso había estado escuchando la misma historia con alguna que otra alteración… la vida de Pedro Alfonso, los amores de Pedro Alfonso, la filantropía de, los negocios de, bla, bla, bla. Y estaban los hechos con los que contaban y que no cesaban de repetir en cada noticiero. Había habido una explosión, un guardia, ahora identificado como Diego Martínez, había sido asesinado, y varios objetos valiosos destruidos. Y la policía estaba buscando a una mujer, con una altura aproximada entre el metro setenta y cinco un metro ochenta, un peso aproximado entre cincuenta y cuatro y sesenta y ocho kilos, conjuntamente con la investigación.

—Sesenta y ocho kilos, un cuerno —murmuró, cambiando de nuevo el canal. Peso equivocado o no, sabía lo que significaba; buscaban a un sospechoso, a una persona a la que culpaban. A ella.

Todos sus instintos le decían que huyera para poder mirar lo que había sucedido desde una distancia segura. El problema era que, si pensaban que había tratado de matar a Alfonso, no había distancia segura. Y tampoco un modo seguro de llegar a ella. Aeropuertos, estaciones de buses… estarían vigilándolo todo. Bueno, podían seguir vigilando, aunque no le hacía sentir mejor oír en las noticias de la mañana que la policía «esperaba llevar a cabo una detención en cualquier momento». No lo creía, pero tampoco estaba dispuesta a ignorar la amenaza.

Y así, estaba sentada en el sillón, tomado un jugo y comiendo palomitas hechas en el microondas, viendo el final de las noticias de media mañana… e intentando averiguar lo que había ocurrido. Como ladrona, era una superdotada. Eso había dicho su padre, Fabricio y algunos de los discretos clientes para los que había trabajado. Disfrutaba de la independencia que sus habilidades le proporcionaban. Disfrutaba del reto que suponía su profesión, disfrutaba con la sensación de esa posesión pasajera que algunos de los objetos más raros del mundo le proporcionaban. Y disfrutaba del dinero que recibía como pago, a pesar del cuidado que debía tener al gastarlo. Jubilación, le había repetido su padre una y otra vez mientras le enseñaba las habilidades de su oficio. Trabaja con la mira puesta a veinte años en el futuro, no puesta en el mañana.

Ése era el objetivo por el que vivía en una casa pequeña y ordenada no en el centro de la ciudad, y era por lo que trabajaba por una miseria como asesora de arte autónoma para algún que otro museo. Y por eso, simplemente, no mataba. La genio que mataba en su búsqueda de objetos inanimados no llegaba a jubilarse en algún lugar del Caribe y con guapos empleados de hogar.

Todo lo cual dejaba clara una cosa. Si quería jubilarse, tendría que averiguar quién había colocado aquella bomba. O bien había representado el papel de novato, o había tenido la peor suerte de la historia. De cualquier modo, quería la revancha. Y tenía que ser capaz de demostrar que ella no lo había hecho. Solventar este enredo sólo para satisfacer su propia curiosidad no evitaría que fuera a la cárcel.

El noticiero finalizó con la misma historia, y al fin pudo encontrar algo que valía la pena. Con Godzilla de 1985, rugiendo y dando pisotones a diestro y siniestro en Tokio, cambió la televisión por su computadora, entró a su mail y revisó sus mensajes. Dado que no estaba interesada ni en pastillas para el rendimiento sexual ni en un viaje gratis a Orlando, los borró, abrió un buscador y tecleó el nombre de Pedro Alfonso.

La página inicial desbordaba de imágenes, un archivo de artículos en diversas páginas web de periódicos y revistas, desde chismentos hasta revistas de negocios.

—Salimos mucho, ¿no, Alfonso? —murmuró, desplazándose por la primera página y dándole click en la segunda.

La mayoría de los artículos mostraban fotos similares, como si el empresario hubiera posado para una foto y dejado que las publicaciones examinaran los resultados. Con su pelo morocho, que llevaba ligeramente desordenado, apenas le rozaba el cuello de la camisa, parecía todo un multimillonario, y no sólo por el traje negro de Armani, la corbata negra y la camisa gris oscura. Eran los ojos, principalmente, de un color marrón y relampagueantes. Hablaban de poder y confianza, miraban directamente a la cámara y anunciaban que aquél era un hombre al que había que tomar en serio.

—No está mal —comentó. De acuerdo, puede que eso fuera quedarse corto. Puede que fuera guapísimo. Y que tuviera un aspecto demasiado sexy vestido tan sólo con unos pantalones de buzo, incluso cubierto de humo y sangre.

Irritada consigo misma por distraerse, clickeó en la tercera página. Ahora que las referencias se estaban haciendo un poco más vagas, aminoró la velocidad. Adquisición de antigüedades, una página dedicada a entusiastas de los yates, y toda una página web, www.divorcegladiators.com, administrada no por el señor Alfonso, sino por Victoria, la ex señora Alfonso. «¡Ay!» Paula sabía que tenía cosas más importantes que descubrir sobre el hombre que la había metido en medio de una investigación criminal, pero entró de todos modos en la página.

Una fotografía de Victoria Alfonso-Grecci apareció en la pantalla. La ex señora Alfonso, una rubia con un físico escultural, que pagaba mil dólares por cada visita al salón de belleza, respondía a preguntas mediante correo electrónico y daba consejo sobre cómo evitar quedarse en la calle en el divorcio, con la esperanza de que otros sacaran provecho donde ella no lo había conseguido. Teniendo en cuenta que dos años atrás Alfonso la había sorprendido en la cama con Martín Grecci en su villa de Jamaica, Paula pensaba que Victoria se había librado con mucha facilidad. No todos los maridos cornudos permitirían que sus ex esposas y nuevas esposas tuvieran los fondos suficientes para mantener, por lo menos, una bonita casa en Londres.
Sonó el teléfono. Paula se sobresaltó, poniéndose a correr hacia la cocina para contestarlo.

—Aló.

—Paula Chaves


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Falta muy poco!!! Nos leemos mañana :)

sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 7

—Dios —susurró Hernán—. ¿Dónde te vas a quedar?
Pedro dio cuatro pasos lentos hacia adelante, bien apartado del límite externo del caos.

—Por aquí.
Mauro se aclaró la garganta, rompiendo el silencio posterior.

—Pedro, quiero inspeccionar todos los objetos dañados yo mismo, pero los policías actúan como si fueran los dueños de todo. No tienen la menor idea de lo delicados que…

—Mauro, no pasa nada —declaró, más por el bien de su agente que por el suyo propio. Furioso como estaba, la pérdida de sus cosas no era más que una historia menor. Quería saber quién las había destruido.

—Hernán, asegúrate de que te consulten todo.

—Pero…

—Así son las cosas, Mauro.
Cortés asintió, mientras sus dedos se apretaban sobre el portafolio que llevaba.

—Muy bien. Pero el agua de los aspersores y las mangueras de riego también han dañado algunos de los cuadros del segundo piso. Quizá podamos salvar…

—¿Qué pasó con la tablilla? —interrumpió Pedro. Admiraba la pasión de Cortés, pero había sido una noche muy larga.

—No está aquí —dijo Torres, coronando lo alto de la escalera a su espalda—. Imaginamos que eso era lo que la mujer buscaba. Y usted no debería estar aquí arriba, señor Alfonso. Ésta es una investigación por homicidio…

—¿Han Tomado fotos y huellas y todo eso que hacen?

—Por supuesto.

—Entonces, ¿de qué tipo de explosivo se trataba? —Haciendo caso omiso del siseo de Alberto, Pedro siguió adelante, acuclillándose cerca de un agujero ennegrecido por el fuego en la pared de la galería.
Torres dejó escapar un suspiro.

—Parece una especie de alambre que se activa al contacto, ensartado de un lado a otro del pasillo, armado como una granada con explosivos de carga hueca. Arrancas el cable y explosiona. Montaje rápido, pero profesional… y muy efectivo. Perfecto para cubrir tus huellas si te atrapan antes de que estalle.

—¿Y si ha salido sin ser vista? —preguntó Pedro.

—Bueno, sería una forma muy efectiva de complicar la investigación de un robo.

—Un riesgo muy alto —continuó Pedro con más calma—. Un par de años por robo en vez de una pena por asesinato en primer grado, ¿no?

—Sólo si la atrapan. Puede que hasta yo me arriesgara por esas cosas que tienes aquí dentro.

—Yo no lo haría. —Pedro se enderezó, sacudiéndose las cenizas de las manos—. Torres, lo voy a dejar trabajar, pero le ruego que me mantenga informado de la investigación. Tengo algunas llamadas que hacer.

Mientras Mauro merodeaba por los destrozos como si fuera una ansiosa mamá gallina, Hernán y Pedro se encerraron en el despacho del segundo piso. Los enormes ventanales daban al jardín y a la piscina de la parte delantera, una vista bastante tranquila por lo general, pero que ahora estaban llenos de hombres uniformados y de restos de escombros por todos lados. Con un gemido que le fue imposible reprimir, Pedro se sentó pesadamente en la silla tras su sobrio escritorio negro cromado. Era uno de los pocos muebles modernos de la casa, y sólo porque el siglo xvii no había tenido en cuenta las computadoras, los teléfonos o los aparatos electrónicos.

—¿Qué es lo que te molesta? —preguntó Hernán, sacando una botella de agua de la pequeña refrigeradora del closet y sentándose en una de las lujosas sillas de conferencia al fondo de la habitación—. Aparte de haber estado a punto de volar en pedazos.

—Te he dicho que anoche no podía dormir.

—Por las llamadas del fax.

—Exactamente. De modo que estuve investigando, esperando a una hora decente para llamar a la oficina de Nueva York. La galería habría sido mi siguiente parada, con o sin intruso.
Hernán guardó silencio durante un momento, asimilando aquello.

—Vas a despedir a Mayerson-Smith.

—Ese no es el tema. Ella le gritó a Martínez que se detuviera, luego me tumbó como si fuera un buldócer.

—Torres cree que trataba de salvar su propio pellejo.

—No.

—Entonces, ¿qué, Pedro? ¿En serio?

—Digamos que ella se filtra dentro, logra atravesar la seguridad y toma la tablilla, a pesar de que tengo miles de piezas de mayor valor, se detiene antes de salir durante cinco minutos para manipular un explosivo, la descubren y, entonces, intenta que nadie salga volando por los aires.

—Intenta no salir ella misma volando por los aires, querrás decir.
«Quizá.»

—Pero si no se hubiera detenido a instalar la bomba, habría salido antes sin que la vean.
Hernán cruzó las piernas a la altura de los tobillos.

—Está bien, primera posibilidad: El robo no era el objetivo. Como tú mismo dijiste, pasó por delante de un montón de cosas bonitas.

—Eso hace que el objetivo sea el asesinato. —Pedro todavía podía ver sus ojos, la expresión de su rostro mientras impactaba contra él—. Entonces, ¿por qué arrastrarme abajo, fuera del alcance de la bomba?
El abogado se encogió de hombros.

—¿Dudas? O puede que no fueras el objetivo.

—¿Y quién lo era? ¿Martínez? No creo. —Se inclinó hacia delante, tambaleando los dedos en el escritorio negro—. Segunda posibilidad: ella no puso la bomba.

—De acuerdo, entonces tenemos dos personas filtrándose en esta fortaleza al mismo tiempo, uno por la puerta de del jardín y el otro… de alguna otra forma. Uno quiere la tablilla, y el otro quiere hacer volar a alguien. Hacerte volar a ti por los aires.

—Salvo que se suponía que yo no debía estar aquí.
Hernán parpadeó.

—Eso es verdad. Se suponía que debías estar en Roma hasta esta noche.

—La bomba habría explotado durante la siguiente ronda y yo no habría estado ahí.

—A menos que alguien supiera que te regresaste antes.
Pedro frunció el ceño.

—Eso lo reduce a unas pocas personas en las que, en su mayoría, confío a ojo cerrado. E Iván Sánchez, que quería que me quedara incluso después de que le dijera que no iba a pagar más que lo que habíamos acordado por las acciones de su banco.

—La gente habla.

—No mi gente. —Poniéndose de pie, Pedro recorrió la habitación—. Quiero hablar con la señorita Romero.


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HOLA!!! Iba a subir el capítulo extra mañana pero se que tienen mucha intriga jajaja Espero que les guste, COMENTEN por favor, acá o en twitter. @Love_Pauliter. 
GRACIAS!