viernes, 31 de mayo de 2013

Capítulo 5

Ella lo miró con fijeza durante varios segundos. Su tono duro y amenazador no dejaba lugar a dudas.
-Paula: Si eso es lo que quiere. Como sabe, mi tía y yo seremos sus invitadas durante unas semanas. Si cambia de opinión y acepta mi ayuda, no le costará encontrarme. Ahora estoy muy cansada y desearía retirarme. Buenas noches, excelencia.

Él la siguió con la vista mientras ella subía las escaleras hacia las habitaciones de los invitados. «Desde luego que me ayudará, señorita Chaves. Si de verdad sabe algo de Federico, no tendrá elección.»

--

Peter tardó varios minutos en localizar a Hernán Paz en la atestada sala de baile. Cuando finalmente avistó a su amigo, no le sorprendió que el gallardo conde estuviese rodeado de mujeres. Maldita sea, esperaba no tener que arrastrar a Hernán de los pelos para apartarlo de ese grupo que a todas luces lo admiraba. Sin embargo, pudo ahorrarse esa tarea tan desagradable, pues Nan advirtió que Peter se aproximaba. Éste dirigió una mirada significativa a su amigo y señaló con un movimiento de la cabeza el pasillo que conducía a su estudio; acto seguido se encaminó hacia allí, seguro de que Henán llegaría poco después que él. Tras más de dos décadas de amistad, se entendían bien.

Apenas había terminado de servir dos copas de brandy cuando oyó que alguien llamaba discretamente a la puerta.
-Peter: Adelante.
Nan entró en el estudio y cerró la puerta a su espalda. Sonreía de un modo algo forzado.
-Nan: Ya era hora de que reaparecieras. He estado buscándote por todas partes. ¿Dónde te ocultabas?
-Peter: He dado un paseo por el jardín.
-Nan: ¿Ah sí? ¿Has estado admirando las flores? —Los ojos de Nan  estellaron con malicia— ¿O quizá disfrutabas de las delicias de la naturaleza de un modo más... sensual, por así decirlo?
-Peter: Ninguna de las dos cosas. Simplemente he salido en busca de algo de paz y tranquilidad.
-Nan: ¿Y has tenido éxito en tu búsqueda?
La imagen de la señorita Chaves le vino a Peter a la mente.
-Peter: Me temo que no. ¿Por qué querías verme?
El brillo burlón en los ojos de Nan se intensificó.
-Nan: Para decirte ¿Qué clase de amigo sos que me has abandonado así, sin más? Casi nunca asistes a las fiestas ni sufres el acoso de vírgenes sedientas de matrimonio, e incluso cuando el baile se celebra en tu casa te pierdes de vista. Lady Digby y su pelotón de hijas me han arrinconado detrás de una maceta con una palmera. Aprovechándose de tu ausencia, lady Digby me ha endilgado a las mocosas, unas cabezas de chorlito bastante tontas que encima bailaban pésimamente. Mis pobres y machacados dedos de los pies no volverán a ser lo que eran —Con el semblante impasible, Hernán prosiguió— Por otra parte, ese grupo del que me acabas de arrancar parecía mucho más prometedor. Las señoritas estaban pendientes de mis palabras.
Peter lo observó por encima del borde de su copa.
-Peter: No logro comprender por qué te divierte tanto la falsa adoración de unas cabezas huecas. ¿Nunca llega a hartarte?
-Nan: Por supuesto. Sabes cuánto detesto que unas féminas núbiles de cuerpos lozanos y curvas sinuosas se abalancen sobre mí. Me estremezco de horror sólo con pensar en ello —Nan se disponía a beber un sorbo de su brandy, pero detuvo su mano a medio camino— Oye, Peter, ¿te encontrás bien? Tenes un aspecto un tanto paliducho.
-Peter: Gracias, Nan.  Tus halagos siempre suponen un gran consuelo para mí —Tomó un trago largo de brandy, intentando encontrar las palabras adecuadas— En respuesta a tu pregunta, estoy un poco nervioso. Ha ocurrido algo y necesito que me hagas un favor.
La expresión humorística se borró al instante del rostro de Hernán.
-Nan: Sabes que no tienes más que pedírmelo.

A Peter se le escapó un suspiro que había estado reprimiendo sin darse cuenta. Desde luego que podría contar con Nan,  como siempre. El hecho de ocultarle secretos a ese hombre que había sido su mejor amigo desde la infancia lo hacía sentir culpable. «Es por su propio bien por lo que no le he contado las circunstancias en que se desarrollaban las actividades de Federico durante la guerra», se dijo.
-Peter: Necesito que hagas unas indagaciones discretas.
Un brillo de interés se encendió en los claros ojos de Nan.
-Nan: ¿Sobre qué?
-Peter: Sobre cierta dama.
-Nan: Ah, entiendo. ¿Ansioso por atarte al yugo matrimonial? —Antes de que Peter pudiese contradecirlo, Nan  ontinuó, imparable— La verdad es que no te envidio. No hay una sola mujer en el mundo con la que yo quiera compartir la mesa a diario. Sólo de oír las palabras «hasta que la muerte os separe» me dan escalofríos de espanto. Pero supongo que debes atender a las obligaciones inherentes a tu título, y ya no eres un jovencito. Cada día doy gracias a Dios por el hecho de que mi primo Gerald pueda heredar mi título. Por supuesto, Martín puede heredar el tuyo, pero ambos sabemos que tu hermano pequeño tiene tantas ganas de ser duque como de contraer la viruela. De hecho...
-Peter: Hernán. —Esa única palabra, pronunciada con brusquedad, interrumpió el flujo de palabras.
-Nan: ¿Sí?
-Peter: No me refiero a ese tipo de dama.
Una sonrisa de complicidad se dibujó en los labios de Nan.
-Nan: Ajá. No digas más. Necesitas información sobre alguien que no es precisamente... una candidata virtuosa apropiada para ti. Entiendo —Le guiñó el ojo a Peter— Ésas son las más divertidas.
La frustración comenzó a apoderarse de Peter, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura.
-Peter: La dama a quien quiero que investigues es la señorita Paula Chaves.
Hernán arqueó las cejas.
-Nan: ¿La sobrina americana de lady Julia Penbroke?
Peter intentó mostrar una indiferencia que no sentía.
-Peter: ¿La conoces?
-Nan: Coincidí con ella en varias ocasiones. A diferencia de algunos insociales que todos conocemos, yo he asistido a varios bailes esta temporada... bailes a los que también asistieron lady Penbroke y la señorita Chaves. ¿Quieres que te la presente?
-Peter: Nos hemos conocido hace un rato, en el jardín.
-Nan: Ah —Aunque una docena de interrogantes brillaron en los ojos de Hernán, se limitó a preguntar— ¿Qué quieres saber sobre ella?
Peter quería saberlo todo sobre ella.
-Peter: Puesto que ya la conoces, dime qué impresión te causó.

Nan se tomó tiempo para contestar, arrellanándose en un mullido sillón de orejas al calor del fuego y removiendo su copa de brandy con tal parsimonia que a Peter le rechinaban los dientes de impaciencia.
-Nan: Opino —dijo finalmente— que es una joven encantadora, inteligente e ingeniosa. Por desgracia, no se desenvuelve del todo bien en los actos sociales; tan pronto se muestra cohibida y tímida como parlanchina y descarada. A decir verdad, me pareció un soplo de aire fresco pero, a juzgar por los chismes que he oído, nadie comparte mi opinión.
-Peter: ¿Qué chismes? ¿Algo escandaloso?
Nan agitó la mano como para restar importancia al asunto.
-Nan: No, nada por el estilo. De hecho, no logro imaginar cómo podría esa buena muchacha enredarse en un escándalo, teniendo en cuenta que todo el mundo la rehúye.
A Peter le vino a la mente la imagen de una joven desmelenada y sonriente.
-Peter: ¿Por qué la rehúyen?
Nan se encogió de hombros.
-Nan: ¿Quién sabe cómo empiezan esas cosas? Las mujeres cuchichean tras sus abanicos comentando su torpeza en la pista de baile y sus escasas dotes para la conversación. Algunos la tacharon de sabelotodo después de que se enzarzara en una discusión con un grupo de lores acerca de las propiedades curativas de las hierbas. Basta con que una sola persona la juzgue inaceptable para que todos los demás opinen lo mismo.
-Peter: ¿Y lady Penbroke no apoya a su sobrina?
-Nan: No he prestado demasiada atención al tema, pero sin duda los peores desaires se le hacen lejos de la aguda vista de la condesa. Sin embargo, ni siquiera el inapreciable apoyo de su tía es suficiente para asegurarle el favor de la gente de buen tono.
-Peter: ¿Sabes si lleva mucho tiempo en Inglaterra?
Nan se acarició la barbilla.
-Nan: Creo que llegó poco después del día de Navidad, así que debe de llevar unos seis meses.
-Peter: Quiero que averigües exactamente cuándo llegó y en qué barco. También me interesa saber si se trata de su primer viaje a Inglaterra.
-Nan: ¿Por qué no se lo preguntas tú mismo?
-Peter: Se lo he preguntado. Asegura que llegó hace seis meses y que es su primera visita a las islas.
Nan achicó los ojos, intrigado.
-Nan: ¿Y tú no la crees? ¿Puedo preguntarte por qué?
-Peter: Es posible que haya tenido tratos con Federico —contestó en tono despreocupado— Quiero saberlo con certeza. Si se conocieron, quiero saber cómo, cuándo y dónde.
-Nan: Tal vez deberías contratar a un alguacil de Bow Street. Ellos...
-Peter: No. —La palabra, cortante como navaja de afeitar, truncó la sugerencia de Nan.  Hacía quince días ya le había encargado a un agente que localizara al francés llamado Gaspard, el hombre al que había visto con Federico aquella última vez... el hombre que Peter sospechaba que sabía algo de la carta que ahora estaba guardada bajo llave en un cajón de su escritorio. No tenía el menor deseo de implicar a Bow Street en ese asunto— Necesito discreción total por parte de alguien en quien pueda confiar. Bueno, ¿harás las indagaciones que te pido? Con toda seguridad tendrás que viajar a Londres.

Nan lo escrutó durante largo rato.
-Nan: Veo que esto es importante para ti.
Una imagen de Federico acudió a la mente de Peter.
-Peter: Sí.
En silencio intercambiaron una larga mirada que reflejaba los años de amistad que los unían.

-Nan: Me marcharé por la mañana. Mientras tanto, me pondré a investigar inmediatamente tanteando a algunos de los invitados a la fiesta respecto a la dama en cuestión.
-Peter: Excelente idea. Quiero que me transmitas cuanto antes toda la información que logres recabar.
-Nan: Entendido. —Nan apuró la copa de brandy y se puso de pie— Supongo que sabes que la señorita Chaves y lady Penbroke se alojarán aquí durante las siguientes semanas en calidad de invitadas de tu madre.
-Peter: Sí. Enviarte a ti a Londres me deja las manos libres para quedarme aquí y no quitarle el ojo de encima a la señorita Chaves.
Nan enarcó una ceja.
-Nan: ¿Es eso lo único que quieres ponerle encima? ¿El ojo?
Peter endureció más aún su gélido semblante y le preguntó con severidad:
-Peter: ¿Has terminado?
Hernán, sabiamente, tomó nota de los aires árticos que empezaban a soplar.
-Nan: He terminado del todo —Su expresión se serenó y, en un gesto amigable, puso una mano sobre el hombro de Peter— No te preocupes, amigo mío. Entre los dos lo averiguaremos todo sobre la señorita Paula Chaves.

Una vez que la puerta se hubo cerrado a la espalda de Hernán, Peter sacó una llave plateada del bolsillo del chaleco y abrió con ella el cajón inferior de su escritorio. Extrajo la carta que había recibido hacía dos semanas y releyó las palabras que ya tenía grabadas a fuego en el cerebro:

Su hermano Federico fue un traidor a Inglaterra. Tengo en mi poder la prueba, firmada de su puño y letra. Guardaré silencio, pero eso les costará dinero. Debe viajar a Londres el día primero de julio. Allí recibirá nuevas instrucciones.

jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo 4

Paula sintió el cansancio abrumador que a veces la invadía después de sus visiones. Necesitaba sentarse, pero la suspicacia que destilaban los ojos del duque la mantuvo inmovilizada.

-Peter: Quiero que me diga todo lo que sabe sobre mi hermano y por qué asegura que está vivo.

«Dios santo, ¿por qué no me habré quedado callada?», se preguntó Paula, aunque ya conocía la respuesta. Le vino a la mente el rostro de una joven..., la querida amiga a la que nunca volvería a ver... Y todo porque Paula no se había decidido a decirle su visión. Era un error que había jurado no cometer de nuevo.

Además, el hecho de que el tal Federico siguiese con vida... ¿no debería ser motivo de alegría? Pero al ver la hostilidad y la desconfianza en la mirada del duque supo que se había precipitado. Aun así, seguramente habría algún modo de convencerlo de que le había dicho la verdad.
-Paula: Sé que su hermano está vivo porque lo he visto...
-Peter: ¿Dónde? ¿Cuándo?
-Paula: Lo he visto hace un momento —Su voz se convirtió en un susurro— En mi mente.
Él achicó los ojos hasta que quedaron reducidos a rendijas.
-Peter: ¿En su mente? ¿Qué tonterías son ésas? ¿Está usted loca?
-Paula: No! Yo... tengo el don de ver cosas. Mentalmente. Supongo que algunos lo llamarían una segunda visión. Me temo que no puedo explicarlo con claridad.
-Peter: Y sostiene que ha visto a mi hermano... vivo.
-Paula: Sí.
-Peter: Si eso es verdad, ¿dónde está?
Ella frunció el entrecejo.
-Paula: No lo sé. Mis visiones suelen ser bastante vagas. Sólo sé que no murió, como todo el mundo cree.
-Peter: ¿Y espera que me crea eso?
-Paula: Comprendo sus dudas. Muchos tachan de fabulación todo lo que no tiene una explicación científica. Sólo puedo asegurar que lo que le digo es cierto.
-Peter: ¿Qué aspecto tenía ese hombre que según usted era mi hermano?
Paula cerró los ojos y respiró profundamente, esforzándose por poner la mente en blanco para concentrarse en lo que había visto.
-Paula: Alto. Ancho de espaldas. Cabello negro.
-Peter: Qué casualidad. Acaba de describir a la mitad de los hombres de Inglaterra. A demás no debe de resultar muy difícil describir a mi hermano cuando hay un retrato suyo de considerable tamaño colgado en la galería.
-Paula: No he visto el retrato —replicó ella, abriendo los ojos— El hombre que vi se parecía a vos, y tenía una cicatriz.
Él se quedó muy quieto y ella advirtió que su cuerpo se tensaba.
-Peter: ¿Una cicatriz? ¿Dónde?
-Paula: En el brazo derecho.
-Peter: Muchos hombres tienen cicatrices —El duque apretó los dientes— Si cree que va a convencerme con sus artimañas de que tiene poderes mágicos o algo así, se ha equivocado de persona. Los ladrones gitanos han vagado por Europa desde hace siglos mintiendo, afirmando que tienen poderes de esa clase con la esperanza de sacarle dinero a la gente con sus embustes, y robando si no lo consiguen.
La ira se apoderó de ella.
-Paula: No soy una gitana, una embustera, una ladrona o una mentirosa.
-Peter: ¿Ah no? Supongo que ahora me dirá que puede leer el pensamiento.
-Paula: Sólo de vez en cuando —Bajó la vista a la boca de él, torcida en un gesto desdeñoso— Leí sus pensamientos cuando me tocó la mano.
-Peter: ¿De verdad? ¿Y qué estaba pensando?
-Paula: Quería... besarme.

El duque se limitó a arquear las cejas.
-Peter: No le hacían falta poderes especiales para adivinar eso. Su boca había captado mi atención momentáneamente.
Sin embargo, a pesar de esta respuesta indiferente, ella notó su tensión, su recelo y su suspicacia, actitudes que estaba acostumbrada a distinguir. Pero por debajo de todo ello percibió algo más, algo que, a pesar de su enfado, despertó su interés.
Soledad.
Tristeza.
Remordimientos.

Lo envolvían como una capa oscura, y a Paula la compasión le encogió el corazón. Conocía demasiado bien esos sentimientos, ella también se arrepentía de cosas que había hecho y deseaba reparar. ¿Sería capaz de ayudarlo? ¿Lograría aplacar con ello su propio sentimiento de culpa?

Resuelta a convencerlo de que no estaba loca y de que él la había deseado de verdad hacía unos instantes, musitó:
-Paula: Quería besarme. Se preguntaba a qué sabría mi boca. Se imaginaba que se inclinaba hacia delante y me rozaba los labios con los suyos una vez, y otra. Después hacía más profundo el beso...
Peter pestañeó, su mirada se ensombreció y se posó en la boca de ella.
-Peter: Continúe.
Una oleada de calor la recorrió al representarse lo que él había pensado a continuación... Acariciarle la lengua con la suya.
-Paula: Creo que ya he demostrado lo que quería.
-Peter: ¿Eso cree?

Peter la observó con los ojos entornados. Una cosa era adivinar que había fantaseado con besarla y otra muy distinta que sus palabras reflejasen fielmente lo que él había pensado. Cielo santo, ¿y si ella estaba en lo cierto? ¿Y si Federico estaba vivo? Una esperanza absurda lo acometió con tanta fuerza que estuvo a punto de tambalearse, pero no tardó en recuperar la cordura. Varios soldados habían presenciado cómo Federico caía en combate. Aunque la bala le había destrozado la cara, lo habían identificado por la inscripción del reloj que encontraron debajo de su cuerpo. No había lugar a dudas. Federico estaba muerto. De lo contrario, se habría puesto en contacto con su familia y habría regresado a casa.

A menos que fuese un traidor a la Corona.

La cabeza le daba vueltas. Resultaba de lo más sospechoso que la señorita Chaves le dijese aquello poco después de que él recibiese una nota inquietante, hacía unos quince días; una nota que confirmaba sus peores temores sobre la lealtad de Federico a la Corona. ¿Sabría ella algo de esa carta o de las actividades de Federico durante la guerra? ¿Sabría algo acerca del francés al que Peter había visto con Federico?

¿Cómo se habría enterado de lo de la cicatriz? Federico tenía una pequeña señal en la parte superior del brazo derecho, recuerdo de un percance que había sufrido al cabalgar en su infancia. ¿Era posible que ella hubiese estado con él de un modo lo bastante íntimo como para conocer su cuerpo?

A la tenue luz de la luna, mientras la brisa jugueteaba con su cabellera despeinada, la joven no presentaba en absoluto el aspecto de una espía, una asesina o una seductora, pero él sabía bien que las apariencias engañan. Algunas de las mujeres más hermosas que conocía eran maliciosas, maquinadoras y despiadadas. ¿Qué clase de persona habría detrás de su fachada de inocencia? No sabía a qué estaba jugando, pero estaba decidido a averiguarlo. Y si para ello había que seguirle la corriente y fingir que creía en sus «visiones», lo haría.

Abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, ella dijo:
-Paula: No estoy fingiendo, excelencia. Lo que quiero es ayudarlo.
Maldición. Tendría que andarse con sumo cuidado delante de esa mujer. Aunque descartaba la posibilidad de que sus visiones fuesen reales —¿y qué hombre cuerdo no la descartaría?— no cabía duda de que era asombrosamente perceptiva.

Si no extremaba las precauciones, quizás ella descubriría sus secretos, lo que podía acabar por hundir a su familia.
-Peter: Dígame qué sabe de mi hermano —le pidió.
-Paula: No sé nada de él, excelencia. Hasta que toqué sus manos, ni siquiera conocía su existencia.
-Peter: ¿En serio? ¿Cuánto lleva usted en Inglaterra?
-Paula: Seis meses.
-Peter: ¿Y espera que crea que en todo ese tiempo nadie ha mencionado a mi hermano? —soltó una carcajada amarga.

Tras vacilar unos instantes, ella dijo en voz baja:
-Paula: Me temo que no soy el gran éxito social de la temporada. Por lo general, la gente habla más sobre mí que dirigiéndose a mí.
-Peter: Pero sin duda su tía la mantiene al corriente de los cotilleos.
Ella esbozó una sonrisa irónica.
-Paula: Para ser sincera, debo decir que mi tía prácticamente no habla de otra cosa que de la alta sociedad de Londres. La quiero mucho, pero después de cinco minutos de ese tipo de charla me temo que mis oídos dejan de escuchar.
-Peter: Entiendo. Hábleme más de esa, eh, esa visión que ha tenido de Federico.
-Paula: He visto a un joven vestido con un uniforme militar. Estaba herido, pero vivo. Sólo sé que se llama Federico y que es muy importante para usted. —Clavó sus atribulados ojos en él— Cree que está muerto, pero no lo está. De eso estoy segura.
-Peter: Mantiene usted esa teoría descabellada, pero no me aporta pruebas.
-Paula: No... Por el momento.
-Peter: ¿Y eso qué significa?
-Paula: Si pasamos un tiempo juntos, quizá pueda decirle más. Mis visiones son imprevisibles y por lo general sólo consisten en breves destellos, pero normalmente las tengo cuando toco algo, en especial las manos de una persona.
Peter enarcó las cejas.
-Peter: En otras palabras, si vamos por ahí de la manita, tal vez usted consiga ver algo más.
La mirada de Paula se enturbió ante el sarcástico comentario.
-Paula: Comprendo su escepticismo, y es por eso por lo que no suelo revelar mis premoniciones.
-Peter: Y sin embargo, ha revelado ésta.
-Paula: Sí, porque la última vez que me quedé callada lo pagué muy caro —Frunció el entrecejo—  ¿Acaso no se alegra de saber que su hermano está vivo?
-Peter: Por lo que yo sé, mi hermano está muerto. Y no toleraré que mencione esta absurda visión a nadie más, y menos aún a mi madre o a mi hermana. Sería terriblemente cruel darles esperanzas cuando en realidad no hay motivo para albergarlas. ¿Está claro?
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Bueno acá esta el cuarto capítulo, la verdad que es una historia muy linda en la que van a pasar muchas cosas. Si quieren que les avise cuando subo diganme, aunque voy a intentar subir todos los días. @Love_Pauliter 

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo 3

Mientras caminaban hacia la mansión, Paula preguntó:
-Paula: Detesto abusar más aún de su bondad, excelencia, pero ¿no le importaría disculpar mi ausencia ante mi tía cuando vuelva a la sala de baile?
-Peter: Pierda cuidado; así lo haré.
-Paula: Eh... —Se aclaró la garganta— ¿Y qué excusa piensa darle?
-Peter: ¿Excusa? Ah, supongo que le diré que ha sufrido usted un leve mareo.
-Paula: ¡Mareo! —exclamó indignada— ¡Qué tontería! Yo jamás caería víctima de algo tan frívolo. Además, tía Julia no se lo creería. Sabe que soy de constitución fuerte. Deberá pensar en otra cosa.
-Peter: De acuerdo. ¿Y qué me dice de una jaqueca?
-Paula: Jamás sufro de eso.
-Peter: ¿Y la dispepsia?
-Paula: Mi estómago funciona sin problemas.
Peter reprimió un gesto de desesperación.
-Peter: ¿Acaso nunca está usted indispuesta?
Paula negó con la cabeza.
-Paula: Se olvida de que soy...
-Peter: De constitución fuerte, sí, ya lo veo. Sin embargo, me temo que cualquier otra excusa, como la de un ataque de fiebre, causaría una preocupación innecesaria a su tía.
-Paula: Hum. Supongo que tiene razón. No quisiera asustarla. De hecho, lo de la jaqueca no está tan lejos de la realidad. La mera idea de regresar al salón de baile hace que me palpiten las sienes. Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza— puede comunicarle que he sucumbido a la jaqueca.
Peter reprimió una sonrisa.
-Peter: Gracias.
-Paula: De nada —le respondió ella con una sonrisa radiante.

Unos minutos después llegaron a la mansión, y Peter la guió entre las sombras hasta una puerta lateral prácticamente oculta por la hiedra. Buscó el pomo a tientas y abrió la puerta.
-Peter: Ahí tiene. Los habitaciones están en lo alto de las escaleras. Tenga cuidado con los escalones.
-Paula: Lo tendré. Gracias de nuevo.
-Peter: Ha sido un placer.

La mirada de Peter se posó en su rostro, débilmente iluminado. Incluso despeinada como estaba le parecía preciosa. Y divertida. No podía recordar la última vez que se había sentido de tan buen humor. Aunque le esperaban asuntos serios en casa, no podía resistirse a prolongar aquel agradable paréntesis un poco más. Con suma delicadeza, le tomó la mano y se la llevó a los labios. Notó que tenía la mano caliente y suave, y los dedos finos. De pronto, el aroma a lilas lo asaltó de nuevo.
Sus miradas se encontraron, y Peter se quedó sin aliento. Maldición, ella tenía un aspecto tan deliciosamente desarreglado..., como si las manos de un hombre le hubiesen desordenado el cabello y la ropa. Bajó la vista hacia su boca..., una boca incitante, increíblemente tentadora, y se preguntó a qué sabría. Imaginó que se inclinaba hacia delante, que le rozaba los labios con los suyos una vez y luego otra, antes de profundizar el beso, deslizando la lengua dentro de la seductora calidez de su boca. Tendría un sabor delicioso, como el de...
-Paula: Oh, Dios mío...

Los dedos de ella se cerraron con fuerza en torno a los suyos mientras lo contemplaba con los ojos muy abiertos. Mantuvo la mirada fija en los labios de él durante varios segundos y luego la apartó, visiblemente turbada. Peter se sorprendió al advertir que una sensación de calor le recorría el cuerpo. De no haber sido imposible, creería que ella le había leído el pensamiento. Se disponía a soltarle la mano cuando la joven profirió un grito ahogado. Se miraron a los ojos y Peter se percató de que ella había palidecido de repente. Intentó apartar su mano de la de Paula, pero ella se la apretó con más fuerza.

-Peter: ¿Qué ocurre? —preguntó nervioso por la concentración con que lo observaba— Parece que vio un fantasma.
-Paula: Federico.
Peter se quedó paralizado.
-Peter: ¿Cómo ha dicho?
Los ojos de ella buscaron desesperadamente los suyos.
-Paula: ¿Conoce a alguien llamado Federico?
Todos los músculos del cuerpo de Peter se tensaron.
-Peter: ¿A qué cree que está jugando?
Por toda respuesta, ella le estrujó la mano entre las suyas y cerró los párpados.
-Paula: Es su hermano —musitó— Le dijeron que murió sirviendo a su país —Abrió los ojos, y su expresión produjo en él la espeluznante sensación de que podía verle el alma— No es verdad.

A Peter se le heló la sangre. Retiró la mano bruscamente y retrocedió un paso, conmocionado por sus palabras. ¿Acaso conocía esa mujer su secreto más oscuro? Y en caso afirmativo, ¿cómo lo sabía?

Todas las imágenes que había intentado borrar de su mente durante un año lo asaltaron de golpe. Un callejón lóbrego. El encuentro de Federico con un francés llamado Benjamín. Cajas llenas de armas. Dinero que cambia de manos. Preguntas insistentes. Un amargo enfrentamiento entre hermanos. Y después, sólo unas semanas después, la noticia de que Federico había muerto en Waterloo, convertido en héroe de guerra.

El corazón le latía con fuerza mientras intentaba conservar la calma. ¿Había algo más en esa mujer de lo que parecía? ¿Sabría algo de la carta que había recibido hacía poco o de los tratos de Federico con el francés? ¿Sería ella la clave que él había pasado un año buscando? Entornó los ojos sin apartarlos de la cara pálida de ella, y repitió la mentira que había dicho en incontables ocasiones:
-Peter: Federico murió luchando por su país. Es un héroe.
-Paula: No, excelencia.
-Peter: ¿Me está diciendo que mi hermano no era un héroe?
-Paula: No. Le estoy diciendo que no murió. Su hermano Federico está vivo.

martes, 28 de mayo de 2013

Capítulo 2

-Paula: ¿O quizá prefiere volver a la fiesta? —añadió ella al ver que él no le contestaba.

Peter reprimió un estremecimiento.
-Peter: Puesto que me he escapado de la fiesta hace sólo un rato, todavía no me muero por regresar.
-Paula: ¿De verdad? ¿Acaso no estaba pasándolo bien?
Peter contempló la posibilidad de responderle con una mentira cortés, pero decidió no hacerlo.
-Peter: Lo cierto es que no. Detesto estas cosas.
-Paula: Pensaba que eso sólo me ocurría a mí.
Él no pudo disimular su asombro. Todas las mujeres que conocía se desvivían por los bailes.
-Peter: ¿No estaba usted disfrutando con la fiesta?
Una expresión sombría asomó a los ojos de Paula, que enseguida bajó la vista.
-Paula: No, me temo que no.

Resultaba evidente que alguien había tratado con poca amabilidad a la joven, alguno de los invitados que habían acudido a ese absurdo baile. No le costaba imaginar a las bellezas de la alta sociedad cuchicheando tras sus abanicos sobre la «vulgar americana».

Las normas de cortesía dictaban que volviese a la casa y ejerciese su papel de anfitrión, pero no tenía ningunas ganas de hacerlo. Sospechaba que en ese preciso momento su madre estaría mirando a su alrededor con exasperación, preguntándose dónde estaba y cuánto tiempo pretendía seguir escondido. El hecho de saber que había por lo menos dos docenas de jóvenes casaderas que su madre estaba anhelando presentarle reforzaba su decisión de mantenerse alejado de la sala de baile.

-Peter: Está claro que ambos necesitábamos algo de aire fresco —dijo con una sonrisa— Venga. La acompañaré a las cuadras, y en el camino podrá contarme su aventura con Diantre.

Paula vaciló. Si tía Julia se enteraba de que se encontraba en el jardín a solas con un caballero, seguro le dedicaría un sermón. Sin embargo, regresar a la fiesta se le antojaba de todo punto imposible considerando el aspecto lamentable que presentaba. Además, ya había sufrido bastante esa noche. Estaba harta de ser el centro de las miradas y de las críticas por el hecho de que le gustara conversar sobre otros temas que no fueran la moda y el tiempo. Y no era culpa suya que estuviese tan mal dotada para el baile ni que fuese más alta de lo que se consideraba apropiado. No sabía si ese caballero estaba al corriente de las bromas que circulaban sobre su nacionalidad y su modo de ser, pero en todo caso era lo bastante cortés para no demostrarlo.

-Peter: Soy consciente de que no cuenta en este momento con una señora de compañía —dijo él en un tono desenfadado— pero le doy mi palabra de que no me fugaré con usted.
Paula se convenció al fin de que no había nada malo en aceptar su propuesta.
-Paula: Por supuesto —respondió— En marcha.

Arrastrando el volante detrás de sí y con Diantre en brazos, Paula echó una ojeada furtiva a su acompañante. Menos mal que ella no era proclive a exhalar suspiros soñadores y románticos, pues éste era a todas luces un hombre capaz de arrancarlos. Su cabello, abundante y de un castaño obscuro, enmarcaba un rostro extremadamente apuesto, al que las sombras proyectadas por la luz de la luna daban un aire misterioso. Tenía una mirada penetrante e intensa, y cuando la había posado en ella hacía unos instantes, los dedos de los pies se le habían contraído involuntariamente dentro de los zapatos de baile. El caballero tenía los pómulos altos, la nariz pequeña, y una boca firme que Paula había visto curvarse con ironía y que debía de resultar temible crispada en un gesto de ira.

A decir verdad, todo en él era atractivo. Pero no tenía sentido encandilarse con ese desconocido; en cuanto se percatase de lo mal que ella se desenvolvía en sociedad sin duda la rechazaría, como habían hecho tantos otros.
-Peter: Dígame, señorita Chaves, ¿con quién ha venido a este baile?
-Paula: Con mi tía, la condesa de Penbroke.
Los ojos de él reflejaron su extrañeza.
-Peter: ¿Ah sí? —comentó— Conocí a su difunto esposo, pero ignoraba que tuviesen una sobrina americana.
-Paula: Mi madre era la hermana de tía Julia. Se estableció en Estados Unidos cuando se casó con mi padre, un médico americano —Lo miró de reojo— Mi madre nació y se crió en Inglaterra, de modo que soy medio inglesa.
-Peter: ¿Es su primera visita a Inglaterra?
-Paula: Sí.
Habría sido inútil decirle que no se trataba de una mera visita, que nunca volvería a su ciudad natal.
-Peter: ¿Y lo está pasando bien?
Ella titubeó, pero decidió decide la verdad pura y dura.
-Paula: Me gusta su país, pero la sociedad inglesa y sus normas me parecen un poco opresivas. Crecí en una zona rural donde gozaba de mucha libertad. No es fácil adaptarse.
Peter observó su atuendo.
-Peter: Está claro que le está costando abandonar la costumbre americana de arrastrarse entre las matas con su traje de noche.
Una risita brotó de los labios de Paula.
-Paula: Sí, eso parece.

Las cuadras se alzaban ante ellos. Cuando ya se hallaban muy cerca, un gato tremendamente gordo salió por la puerta, emitiendo un fuerte maullido. El caballero se inclinó para acariciar al animal.
-Peter: Hola, George. ¿Cómo está mi chica esta noche? ¿Echas de menos a tu bebé?
Paula depositó a Diantre en el suelo y el gatito saltó de inmediato sobre George.
-Paula: ¿La madre de Diantre se llama George?
Todavía agachado, Peter alzó la vista hacia ella y sonrió.
-Peter: Sí. Mi mozo de cuadra le puso el nombre. No se enteró de que era una gata hasta que la vio parir. Mortlin sabe mucho de caballos, pero me temo que sus conocimientos sobre gatos son escasos.
La sonrisa de Paula se desvaneció cuando reparó en las implicaciones de estas palabras.
-Paula: ¿Su mozo de cuadra? ¿Estos gatos son suyos?
Peter se enderezó lentamente, maldiciéndose para sus adentros por ser tan descuidado. Ahora este agradable paréntesis estaba a punto de terminar.
-Peter: Sí, son míos.
-Paula: Entonces ¿ésta es su casa?
-Peter: Sí, Bradford Hall me pertenece.
-Paula: Entonces usted debe de ser... —Se inclinó en una torpe reverencia— Perdonadme, excelencia. No me había dado cuenta de quién era. Debe de pensar que soy increíblemente grosera.

Él la observó enderezarse, esperando ver cómo sus ojos se achicaban en un gesto calculador, brillaban con codicia o centelleaban con el afán de sacar el máximo provecho de su encuentro inesperado con el «soltero más cotizado de Inglaterra». No vio nada de eso. Por el contrario, ella pareció auténticamente consternada y ansiosa por alejarse de él.
Qué interesante.

-Paula: Siento mucho no haber sabido apreciar vuestra fiesta —se disculpó la joven, retrocediendo unos pasos— Es una fiesta encantadora. Encantadora. La comida, la música, los invitados, todos son...
-Peter: ¿Encantadores? —aventuró él, servicialmente. Ella asintió con la cabeza y retrocedió unos pasos más. Él no despegó la mirada de su rostro. Los expresivos ojos de Paula mostraron una sucesión de emociones: vergüenza, desánimo, sorpresa... Sin embargo, él no detectó en ellos el menor asomo de timidez afectada o de cálculo interesado. Tampoco parecía especialmente impresionada por su ilustre título. No obstante, lo que lo fascinó fue la absoluta ausencia de coquetería en su comportamiento. Ella no estaba flirteando con él.

Tampoco había coqueteado con él antes, cuando aún no sabía quién era, pero ahora...
Pues sí, resultaba muy, muy interesante.
-Paula: Gracias por acompañarme, excelencia. Creo que ahora volveré a la casa —Retrocedió varios pasos más.
-Peter: ¿Y qué me dice de su vestido, señorita Chaves? Ni siquiera una americana osaría mostrarse en el salón de baile en ese estado.
Paula se detuvo y se miró.
-Paula: Supongo que no hay esperanza de que nadie lo note.
-Peter: No hay la menor esperanza. ¿Pasarán la noche aquí su tía y usted?
-Paula: Sí. De hecho, nos quedaremos varias semanas en Bradford Hall como invitadas de la duquesa viuda... —sus ojos brillaron con súbita comprensión— que es su madre.
-Peter: En efecto, lo es.

Peter se preguntó por un momento si su madre había concertado la visita con la esperanza de emparejarlo con Paula, pero desechó la idea de inmediato. Le parecía inconcebible que a su madre, tan convencional, se le pasase por la cabeza la idea de que una americana pudiera ser una duquesa aceptable. No, Peter sabía demasiado bien que su progenitora había puesto el ojo en varias jóvenes de rancio abolengo británico.
-Peter: Como usted se aloja en esta casa, creo que puedo resolver su problema —dijo— Le indicaré el camino de una entrada lateral poco usada que conduce directamente a las habitaciones de los invitados.
Ella le dirigió una mirada de gratitud inconfundible.
-Paula: Eso me salvaría sin duda del desastre social.
-Peter: Vamos, pues.

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