martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 18

Dio un vistazo por la ventana junto al abogado para ver el paisaje, y se preguntó en qué se había metido. Cada kilómetro la alejaba más de sus cosas y de su auto, la alejaba más del respaldo seguro que le daba la ciudad y su gentío. Por el amor de Dios, ni siquiera tenía ropa para cambiarse. Pero podía jugar su juego; jugaría, porque no le quedaba otra opción.

Se aproximaron a la reja de entrada, resguardada por un policía de uniforme en cada uno de los postes. Paula no pudo evitar hundirse más en el asiento cuando bajaron la velocidad. No, no le habría gustado hacer esto ella sola, pero claro, tampoco habría manejado hasta la entrada principal. El conductor de la limusina bajó la ventana, mantuvo un breve intercambio con uno de los oficiales, y se abrieron las puertas.

—Ya ves que estás dentro sana y salva, tal como prometí. No es necesario trepar muros, cavar túneles ni nada por el estilo.
Paula se volteó para observar las puertas cerrarse de nuevo.

—Tiene un servicio de seguridad pésimo.

—Tenemos dos policías en la reja de entrada —dijo Hernán.
Con la vista al frente de nuevo, miró ceñuda al abogado.

—Y ni siquiera revisaron la maletera o a los pasajeros de la limusina. Si la idea es mantener a Alfonso a salvo, puede que quiera sugerirles que comprueben la identificación de todos y se cercioren de que no llevan a nadie como rehén antes de dar acceso. Sé que les dio mi descripción porque lo escuché en las noticias. Y aquí estoy sentada de todas maneras.

Pedro siguió mirando por la ventana. Paula tenía razón. La deferencia con la que lo trataba la policía era de esperar, dado el estatus que ocupaba dentro de la cerrada comunidad de élite, pero sería tonto depender de ella para nada que no fuera mantener la prensa fuera de su puerta. La noche pasada no habían impedido la entrada de su visitante… ni tampoco ahora.

—¿Preocupada por mí? —preguntó.

—Es mi billete para salir de todo esto —dijo ella, su voz sonó burlona una vez más.

—Bueno, trate de ser honesta conmigo.

—Haré lo que pueda.

—Gracias.

Hernán parecía desconfiado, pero Pedro sospechaba que ella decía la verdad. Aun así, pretendía mantener cierta distancia. Puede que la mujer irradiara más calor que el sol, pero estaba jugando, al igual que él. La única diferencia era que ella deseaba quedar libre, y él… la deseaba a ella.

—De vez en cuando llevo a cabo negocios en la finca —dijo—. También recibo invitados. Los invitados son de esperar. Y tiene que admitir que en este momento no va vestida como una ladrona, precisamente. —Aprovechó la ocasión para recorrer sus piernas con la mirada.
Si ella se dio cuenta de su observación, no dijo nada al respecto.

—Podría haber estado desnuda o llevar colgados dos cinturones con municiones, Alfonso, y no habrían parpadeado.

—Comprendido. Y ya que lo único que sé es su nombre de pila, puede llamarme Pedro.

—Yo decidiré lo que puedo hacer —replicó, aunque su tono se suavizó un poco—. Pero gracias por la oferta, Alfonso.
Así que había puesto algunos límites. Eso era interesante… y aún más intrigante.

Alex ascendió el largo camino de entrada y se detuvo, después rodeó el vehículo para abrirles la puerta. Paula salió primero, claramente aliviada de haber escapado intacta de la limusina. Pedro la observó cuando se volteó en los escalones. Probablemente, no había visto la finca a la luz del día.

—Si quiere se la mostraré más tarde.

—No eres su anfitrión, Pedro —susurró Hernán, mientras la seguían hasta la puerta principal—. Eres un objetivo. Y puedes pensar que es una belleza, pero yo no me confío en ella. Ya ha estado dos veces aquí. Sin ser invitada.

—Y ahora está invitada. Anda, te veré después en mi escritorio. Comunícame con Simón Preit.

—¿Preit? Tú…

—Hernán.

—Sí, ya sé. —Hernán atravesó el corredor y subió las escaleras, y desde allí lanzó una última mirada a Paula. Ella pareció no darse cuenta porque estaba muy ocupada deslizando los dedos por el jarrón de la mesa del recibidor.

—¿Por qué tiene un jarrón de ciento cincuenta años de antigüedad tan cerca de la puerta principal? ¿Este lugar está a salvo de cualquier intruso?

—Es…
Frunciendo el ceño, ella se acercó más para estudiar el dibujo, golpeando el borde con la punta de la uña.

—Ah. ¿Su propia falsificación?

—Me pareció que era bonito —dijo, sonriendo abiertamente e impresionado. Mauro había tardado cerca de una hora en descubrirlo—. Y era una réplica, para una recaudación de fondos. ¿Cuánto sabe de arte?

—Puedo decirle la lista de los más vendidos, pero prefiero las antigüedades. ¿Qué tipo de personal tiene aquí?

—¿Los ladrones no saben ese tipo de cosas antes de forzar la entrada?

—Se suponía que usted no debía estar aquí. Mientras no está en Buenos Aires, su personal de servicio consta de seis personas durante el día y dos durante la noche, además de la seguridad contratada, y una habitación donde a veces se queda su asesor de arte cuando lo hace trabajar hasta tarde. No sé quién entra y sale cuando está en casa.

—Una docena, más o menos, de personal a tiempo completo —informó—, aunque todavía no he pedido a la mayoría que vuelvan. La policía pensó que debía tener el personal mínimo imprescindible, y no quiero poner a nadie en peligro.

—Tiene sentido. ¿Tiene mayordomo?

—Sí.

—¿Se llama Héctor?

Pedro esbozó una sonrisa apreciativa. Estaba descubriendo rápidamente que el encanto que había visto en ella formaba parte de su carácter. Resultaba evidente que había descubierto cómo utilizarlo en beneficio propio, pero él no podía evitar disfrutarlo. Por otra parte, no podía olvidar lo buena que ella era en esto.

—Se llama Raymond. Y es británico si esa información le sirve de algo.

—Así que, ¿viajan con usted por el mundo, de una casa a otra?

Mientras hablaba, Paula salió despacio del recibidor y entró en la salita de la planta baja. Varios muebles antiguos albergaban diversas figuritas y platos de porcelana china, y Pedro la siguió para apoyarse contra el marco de la puerta. Ella parecía un poco más relajada sin la presencia de Hernán; dada su ocupación, comprendía por qué no le gustaban los abogados. De nuevo Paula recorrió con los dedos la veteada madera del escritorio del siglo xvii, como si tuviera que tocarlo para apreciar su valor.

La sensualidad de sus manos seguía distrayéndolo. Pero esto no era una cita; era una investigación criminal. Tomó aire lentamente, y observó la fluida elegancia de sus movimientos. Maldita sea, era hipnótica.

—¿Es así?
Pedro parpadeó.

—Perdone, ¿cómo dice?

—Los empleados, Alfonso. ¿Van con usted de un lado a otro?
Él se aclaró la garganta.

—Algunos, sí. A la mayoría, igual que a Raymond, los tengo todo el año en una casa en particular. Él se queda en mi propiedad de Devon. Hay mucho que mantener en buen estado tanto si estoy allí como si no, y algunos tienen familias y no quieren trasladarse. ¿Por qué?

—Llámeme desconfiada.

—¿De mi personal de servicio?

—No me diga que la policía no le preguntó nada de esto —dijo Paula, mirándolo por encima del hombro antes de desplazarse hasta el armario de la porcelana.

—Sí, lo hicieron. Sin embargo, ninguno de mis empleados encajaba con su descripción, y seguían concentrados en encontrarla.
Ella dejó escapar un suspiro.

—Ah, bueno. Para mi información, entonces, ¿cuántos de entre su personal sabían que regresaba a Buenos Aires antes de lo previsto?

—Solo la tripulación del avión, mi chófer, Alex, y el mayordomo, Reinaldo. Me hospedé en un hotel en Roma, para no tener que informar a nadie de adónde iba. Pero no fue nadie de mi personal.

—¿Qué hay de sus familiares?

—No.

—Bueno, yo no fui. ¿Qué me dices de amigos… personales en Roma?

—¿Se refieres a si tengo una “amiga” en Roma?

Él creyó que el rubor subía a sus mejillas, pero con el rostro de perfil no pudo estar seguro. Aquello lo sorprendió. Parecía tan mundana y capaz, sin embargo, tenía la capacidad de sonrojarse.

—Claro. ¿La tiene?



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HOLA!!! Ténganme paciencia con el tema de igualar el largo de cada capítulo jajajaja Espero que les guste :)
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GRACIAS

lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 17

Viernes, 4:33 p.m.

—No pienso subir a ese auto con usted. —Mientras estaban parados en la puerta de la tienda, Paula se dio cuenta de lo equivocada que había estado al pensar que Alfonso le resultaría menos atractivo a la luz del día y con testigos.

—Es una limusina —corrigió Pedro—, y no pretendo secuestrarla.

—Preferiría encontrarme con usted en su casa, cuando anochezca. —Aquello tenía más sentido para ella. Entraría y saldría a su modo, y tendría un poco de control sobre cuánto se involucraba en esto—. Ya conozco el camino.

—No va a entrometerse en mi casa otra vez. Y no la imagino pasando por delante de la policía en la reja de entrada.

—Me encantaría verlo —contestó Hernán.

Ella le sonrió con satisfacción, sin tener que fingir irritación mientras ellos seguían discutiendo en el Microcentro. Por marcado que fuera el instinto que le impulsaba a desear no estar al descubierto, no pensaba comprometer sus normas. Y, teniendo en cuenta que el calor masculino que emanaba Alfonso estaba haciendo que se le secara la boca, no cabía la menor duda de que necesitaba mantener un poco de distancia… y de perspectiva. Obviamente, ya no era la única cazadora involucrada.

—Todas mis posesiones terrenales están a unas dos cuadras de aquí. No voy a dejarlas ahí.
Alfonso comenzó a decir algo, pero luego cerró la boca de nuevo.

—¿Todas sus posesiones? —repitió un momento después, y ella sintió que lo había sorprendido. Posiblemente, la idea de que alguien fuera capaz de contar sus posesiones, mucho menos transportarlas en una bolsa, lo dejaba perplejo.

—Me temo que sí. —No era del todo cierto, ya que tenía un almacén alquilado a las afueras de la ciudad, alguno que otro refugio aquí y allá, y una considerable cuenta bancaria en Suiza, pero eso no era asunto suyo. Todo lo que necesitaba para subsistir día a día estaba en la maletera de su auto.

—Nos acercaremos a recogerlas.
Paula decididamente comenzaba a sentirse más la presa que el depredador, y eso no le gustaba para nada. Esta asociación había sido idea suya, no de él.

—Nada de eso —soltó—. Iré a su casa en mi propio auto u olvídese. No es necesario que me haga favores.

—Quiero hacerle favores —insistió Pedro, su cálida voz estaba ligeramente teñida de irritación.

—La gente no lo contradice con frecuencia, ¿no? —preguntó.

—No, no lo hacen.

—Acostúmbrese—repuso, sin tener la menor intención de ceder la posición de mando. Era posible que pudiera seguir al mando más tarde, pero con Alfonso quería establecer algunas reglas.

—¿Por qué no se limita a cooperar y agradecer que no llamamos a la policía, señorita Romero? —murmuró el abogado con los brazos cruzados. Recostado contra el lateral de la limusina, parecía un mafioso.

—¿No tiene alguna ambulancia que perseguir? —replicó, contenta de no tener que poner en práctica ninguno de sus encantos con el abogado—. ¿O tiene que estar disponible para limpiarle el culo a Alfonso?

—Yo me limpio solo, gracias —interpuso Pedro con suavidad—. Entre al auto.

—Yo…

—No pienso seguir discutiendo. En este momento está libre porque no he llamado a la policía. Recogeremos sus cosas y luego volveremos a mi casa e iremos al grano. Es todo lo flexible que estoy dispuesto a ser, preciosa.

Por un momento quiso preguntarle qué clase de asunto tenía en mente, pero, dadas las circunstancias, no le pareció prudente. Tenía razón en cuanto a tener ventaja. Aunque no había llamado a la policía, cuanto más tiempo estuvieran en Microcentro, más posibilidades había de que acabara esposada.

—De acuerdo.

—Entonces vámonos—dijo el abogado, su expresión se ensombreció cuando miró más allá de ellos—. A menos que quieras utilizar las noticias de las seis para invitar a Drácula o Hannibal a cenar.

Paula miró sobre su hombro, entornando los ojos contra el resplandor del sol. La imagen de una multitud de reporteros acercándose apresuradamente en su dirección la hizo gruñir. Sin molestarse en esperar a que alguien le abriera la puerta de la limusina, lo hizo ella misma y saltó adentro. «Nada de fotos. Jamás.» Una foto significaba que estas etiquetada, recordada y olvidada a conveniencia.

—Vamos —ordenó ella, deslizándose al centro del asiento, lejos de las ventanas.

—Y yo que creía que odiaba a la prensa —comentó Alfonso, sentándose a su lado.

Hernán ocupó el asiento contrario, y la limusina se internó velozmente con un ruido sordo entre el ligero tráfico. Paula no dejó salir el aire hasta que pasaron la última camioneta de prensa.

—¿Nos seguirán?

—Claro que sí. Imagino que ahora mismo tenemos por lo un séquito de camionetas siguiéndonos los pasos.
Ella frunció el ceño.

—Entonces, olvídese de mi carro. Después volveré por él.

—Mandaré a alguien a que lo recoja. ¿Con eso se sentirá más tranquila?

—Me sentiré mejor si soy la única que sabe dónde está.

—Está nerviosa, ¿no es así? —dijo el abogado, sacando una botella de agua de una refrigeradora empotrada bajo el asiento. No le ofreció una a ella.

—¿Lo persigue la policía? —respondió ella.

—No.

—Entonces cierre el pico.
Alfonso hizo caso omiso al intercambio de palabras, accionando en cambio el botón del pequeño panel de la puerta.

—Alex, llévanos a casa, por favor.

—Sí, señor.

Paula, con la mandíbula apretada con una combinación nauseabunda de nerviosismo, irritación y adrenalina, observó a Hernán levantar la botella y tomar un largo trago, las gotitas condensadas bajaron por su pulgar y gotearon sobre su corbata.

—¿Hay de ésas para todos, o él es especial?
Con lo que sonó una risita contenida, Pedro se inclinó para coger otra botella fría y se la entregó.

—Él es especial, pero aquí tiene.

—Me alegra que te diviertas, Pedro —farfulló Hernán—. Esto no era lo que imaginé cuando dijiste que querías su ayuda. En ese momento pensaba más en una llamada o dos… no en invitar al lobo al gallinero.

—Todas las gallinas de Alfonso están a salvo —contestó Paula—. ¿De verdad tiene que estar aquí? —Se giró hacia Pedro, quien la estaba observando con esa divertida expresión tan atractiva en su rostro.

—Por ahora, sí.

—Genial. —Había pretendido sonar más irritada, pero ningún hombre tenía derecho a tener un aspecto tan increíble tres días después de que una bomba hubiera estado a punto de hacerle volar en pedazos. Se incrementaron sus dudas sobre todo este asunto, y trató de ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago con un trago de agua. «¿Incertidumbre o deseo, Paula?» Con las ardientes vibraciones que rebotaban entre ambos, tenía una idea muy clara de qué se trataba.

—¿Qué le hizo cambiar de opinión sobre mí? —insistió.

—La curiosidad. —Se acomodó, igual de tranquilo y relajado con su caro traje azul como lo había parecido la noche anterior en jena y descalzo—. Así que, Paula, ¿tiene idea de quién podría haberse llevado la tablilla de piedra y colocado la bomba?
Paula se quedó petrificada con la botella casi rozándole los labios.

—¿La tablilla ha desaparecido?
Él asintió.

—¿Decepcionada?
Se lo merecía, supuso ella, y dejó pasar el comentario.

—Eso lo cambia todo. —Miró la expresión cínica del abogado con el ceño fruncido, tomó un poco más de agua y maldijo a Ian en silencio unas cuantas veces más. Y a quienquiera que lo hubiera contratado. Eso era lo que tenía que descubrir—. Cambia el propósito del delito. No cambia nada respecto a mí. Retomando esta cuestión, Alfonso, ¿sabe ya cómo va a ayudarme?

—Se me ocurren un par de ideas. Pero, a cambio, espero su ayuda. No le daré algo a cambio de nada. No es así como hago negocios.

—Yo, tampoco.

En realidad, sacar algo a cambio de nada era precisamente el modo en que prefería hacer negocios. Pero esto era cualquier cosa menos negocios. Todo cuanto había aprendido en la vida le decía a gritos que no podía confiar en él, que no podía confiar en nadie. Su libertad y su vida eran su responsabilidad. Sí, imaginaba casi con toda seguridad quién se había llevado la tablilla y, con toda probabilidad, colocado la bomba. Ian no iba a confesar, y ella no iba a delatarlo. No tenía ningún problema con acusar al jefe de Ian, pero necesitaba tiempo para encontrar al culpable antes de que la policía la encontrara a ella. Por tanto, había respondido a la invitación televisada de Alfonso, y ahora iba trepada en su limusina.
Pedro asintió, lanzándole una mirada.

—Todos nos esforzaremos por cooperar.

—Yo cumpliré con mi parte, pero me reservo el derecho de protestar y recordarte en un futuro eso de «ya te lo dije» —dijo Hernán, calmándose nuevamente con un poco de agua.

—Wow, cuanta ayuda —apuntó Paula.

—No tendría que decirlo si usted no hubiera forzado la entrada, señorita Buenos Modales.

—Pero seguiría teniendo un robo y una explosión, Harvard. Y a nadie que lo ayudara a descubrirlo.

—Yale. Y usted…

—Bueno paren, niños —interrumpió Alfonso—, no me obliguen a detener el auto.

Paula se recostó, y sonrió al abogado con gozo. Su padre debía de estar revolcándose en su tumba en ese preciso instante. Su hija iba en una limusina con un abogado y uno de los hombres más ricos del mundo. Sabía con exactitud lo que habría hecho su padre con esa oportunidad… robar a Pedro Alfonso sin pestañear y sin pensárselo dos veces. Sin embargo, esas ideas fueron la causa de que su padre pasara los últimos cinco años de su vida en la cárcel. Ella había aprendido a contenerse y a ser paciente, aun cuando él no lo era. Mirando nuevamente a Alfonso, decidió que lo de la contención iba a resultarle muy útil.


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HOLA!!! No se si lo habrán notado pero este capítulo fue bastante más largo que los demás ya que Sil lo comentó ayer :) 
Y también espero que disfruten de la relación de Paula y Hernán que la verdad que a mi me divierten bastante
¡Comenten por favor!
GRACIAS